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Ucrania

Evgueni Kozhokin
Redacción
miércoles, 22 de febrero de 2006, 00:01 h (CET)
Hoy Ucrania enfrenta varios desafíos a la vez. El primero relativo a la política interior, fue secuela de la reforma política en Ucrania que desde el 1º de enero pasado convirtió de hecho la república de la presidencial-parlamentaria en parlamentaria. Surge la interrogante de si podrán las fuerzas políticas ucranianas de signo contrario llegar a un compromiso estable y formar un gobierno eficaz y profesional a raíz de las elecciones parlamentarias a realizarse en marzo próximo. El segundo y el tercero –tanto en política interior como exterior- reflejan la escisión de la sociedad y la élite, cuando una parte de Ucrania busca integrarse lo más pronto posible en la OTAN, mientras que la otra vota por el vector oriental de signo contrario.

La reforma constitucional retiró a Ucrania del sistema institucional característico para la mayoría de países de la CEI. La principal ventaja del cambio operado en el sistema político es que el actual modelo parlamentario protege en mucho mayor grado que el presidencial contra las tentaciones existentes en el espacio post-soviético de crear un sistema autoritario. Sin embargo, tal sistema está preñado del riesgo de que el país pueda caer en la situación caracterizada por crisis políticas reincidentes, mala administración y, a veces, por la ausencia de esta última. Los sistemas parlamentarios estables y bien gobernados siempre se relacionan con las estructuras partidistas existentes.

Por ejemplo, la Gran Bretaña es una de las democracias parlamentarias más eficaces con los partidos sumamente estables y hace mucho arraigados en la sociedad. En el caso de Ucrania es evidente que pasará mucho tiempo antes de que allí surja un sistema partidista más o menos estable. Pues ahora los partidos aparecen, desaparecen y en su lugar se crean en seguida otros nuevos. El “caos partidista” es precisamente un serio desafío para Kíev.

Según los datos de los sondeos sociológicos, un 27% de electores están dispuestos a votar por el Partido de las Regiones de Ucrania en oposición encabezado por el ex primer ministro Víktor Yanukóvich; un 20,2%, por el Bloque de Yulia Timoshenko y, por último, el 11,4% por la Unión Popular propresidencial “Nuestra Ucrania”. Además, el Partido Socialista de Ucrania (5,7%), el Bloque “Oposición Popular” de Natalia Vitrenko (4,8%) y los comunistas (3,7%) tienen buenas posibilidades de ser elegidos al parlamento. También es probable que en la Rada entren varios partidos más, cuyo ranking oscila alrededor del 2%, siendo de notar que el umbral electoral es bajo en extremo: tan sólo, el 3%.

De este modo, la configuración en el nuevo parlamento podrá ser muy complicada. Juzguen ustedes mismos: si las elecciones se realicen el domingo próximo, el Partido de las Regiones obtendría de 145 a 155 plazas; el Bloque de Yulia Timoshenko, de 123 a 133; el Bloque “Nuestra Ucrania”, de 60 a 70; el Partido Socialista de Ucrania, de 25 a 35; el Bloque “Oposición Popular” de Natalia Vitrenko, de 20 a 30, y los comunistas, de 15 a 20 plazas (en total, en la Rada Suprema de Ucrania hay 450 mandatos de diputado).

No cabe duda que en las elecciones parlamentarias que se celebrarán el 26 de marzo, ningún partido obtendrá la mayoría suficiente como para formar el gobierno propio. Por consiguiente, los triunfadores tendrán que crear una coalición e incluir en ésta a sus rivales de ayer que no gozan de confianza y de los que se esperan acciones imprevistas.

¿Podrán lograr los finalistas de esta rígida carrera preelectoral no sólo un compromiso, sino un compromiso estable? Tal es la interrogante, sin tener respuesta a la cual será prácticamente imposible pronosticar el enfoque por que opte el Kíev oficial con respecto al segundo y al tercer desafíos estrechamente entrelazados. Se trata de la intención de Ucrania de ingresar en la Alianza Euroatlántica y la Unión Europea.

El actual poder “color naranja”, por boca del ministro de Exterior a.i. Borís Tarasiuk, anunció por más de una vez su postura, conforme a la cual Ucrania aspiraría unívocamente a incorporarse a la OTAN y la UE.

Indudablemente, el ingreso en la OTAN responde a los intereses de una parte de la burocracia de Ucrania, comprendida la militar, ya que algunos generales y oficiales ya hacen conjeturas respecto a los puestos que puedan obtener en las estructuras de la OTAN, a cuál de sus hijos puedan enviar a hacer estudios en el Colegio de Roma de la Alianza, y al salario que cobren ocupando un sillón en Bruselas. Los atraen las perspectivas que se abren personalmente ante ellos debido al ingreso en este bloque militar. Esta motivación es muy seria teniendo en cuenta que los altos cargos militares ucranianos ven las ventajas obtenidas por sus colegas del mismo rango de Eslovaquia, Polonia y Hungría.

Al mismo tiempo, procede señalar que no todo el establishment de fuerza, ni mucho menos, apoya el más pronto ingreso en la Alianza. Los oficiales del Servicio de Seguridad de Ucrania (análogo al Servicio Federal de Seguridad de Rusia) y de otros departamentos comprenden que la incorporación a la OTAN sobreentiende cierta purga de sus filas.

Pero existe también otra faceta del problema del ingreso en la OTAN, que afecta los intereses de un número considerablemente mayor de habitantes. Es el problema relativo a la industria de guerra de Ucrania que sigue manteniendo considerables lazos de cooperación con el Complejo Industrial Militar de Rusia y Bielorrusia. Por ejemplo, las empresas ucranianas reciben de Rusia apreciable parte de accesorios, mientras que las armas fabricadas por ellas corresponden a los estándares soviéticos, ya que se elaboraban aún antes de desintegrada la URSS.

Por esta razón, es poco probable que la industria de guerra ucraniana pueda sobrevivir en el contexto de la militancia del país en la OTAN. El Occidente no está interesado en conservar un fuerte rival. En este caso el problema tendrá que ser resuelto no tanto en la clave política como en la estrictamente comercial.

Pese a lo provechoso, el mercado de armas es muy limitado. Y el desplazamiento de los rivales de éste se realiza por los métodos sumamente rígidos. Apenas Ucrania pierda, siquiera parcialmente, su soberanía en cuanto a los problemas de la política militar y militar-industrial, estará expuesta a la fuerte presión también mediante la compra y el cierre posterior de las empresas nacionales del Complejo Industrial Militar. A su vez esto conducirá a la reducción de los lugares de trabajo. Las empresas rusas también se verán obligadas a renunciar a la cooperación con sus actuales partners ucranianos por razones de la seguridad. De este modo, el problema del ingreso en la OTAN tiene no sólo la componente político-militar, sino también la socioeconómica.

A estas alturas, el problema del ingreso de Ucrania en la Unión Europea no figura en el orden del día. Es un problema de un futuro lejano. Hoy Ucrania, encontrándose en la fase de espera prolongada, resulta un rival plenamente evidente de Turquía, con la particularidad de que la situación de Ankara es más ventajosa, porque con esta capital ya comenzaron las conversaciones oficiales sobre su ingreso. Es posible objetarlo diciendo que aunque Turquía avanza hacia Europa, por el momento el resultado final no está a la vista. Esto es así, pero dicho proceso pone obstáculos a Ucrania, ya que es obvio que la UE no podrá recibir a la vez dos países tan grandes, cuyas economías, estructuras sociales, sistemas legislativos, fuerzas de seguridad, etc. se diferencian tanto del grueso de la UE. Además, cabe tener en cuenta el número de sus habitantes: casi 120 millones (70 millones en Turquía y 47 en Ucrania). El ingreso simultáneo de Turquía y Ucrania amenaza no sólo con rebajar considerablemente el nivel de vida de los ciudadanos de la UE, sino con una profunda crisis de toda la Comunidad de consecuencias imprevisibles.

Hoy Ucrania avanza por el camino recorrido a comienzos de la década del 90 por Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia. Entonces la clase política de estos países discutía vivamente el problema relativo a si no sería la mejor variante del desarrollo de estos países quedarse al margen de los bloques de la OTAN y la UE.

Verbigracia, para Polonia era un chance exclusivo de convertirse en un país muy importante de Europa. Vamos s suponer que hoy, pese a todas las dificultades y nuevos desafíos, en el mapa europeo exista un importante país democrático que no forma parte de ningún bloque y traza por cuenta propia su política. La práctica totalidad de Estados procuraría establecer buenas relaciones con éste. Allí estaría asegurado también el permanente interés práctico y la lucha por tal país se vería acompañada de esenciales concesiones económicas a su favor.

Este guión del desarrollo independiente neutral de Ucrania propiciará la estabilidad en Europa Oriental y Central, pero en modo alguno es de agrado de la cúpula gobernante que se niega a asumir la responsabilidad por el destino de su propio país.

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Evgueni Kozhokin es director del Instituto de Estudios Estratégicos de Rusia, para RIA Novosti.

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