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El problema suroseta

Alexei Makarkin
Redacción
martes, 21 de febrero de 2006, 00:05 h (CET)
La situación en materia de las relaciones entre Georgia y los “Estados no reconocidos” (Abjasia y Osetia del Sur) se ha visto en un callejón sin salida. El retorno de estos territorios a la jurisdicción de Tbilisi es imposible debido a la postura que mantienen tanto la élite como la población de estas repúblicas que tienen demasiados resentimientos y desconfianza, lo cual excluye toda posibilidad de negociaciones sobre la más amplia autonomía. Efectivamente, hasta las garantías internacionales no pueden convencer a los abjasios y osetas de que sus derechos no serán violados, si no ahora, al menos en perspectiva lejana. Estos pueblos vivían en paz y armonía durante décadas en la época de la Unión Soviética, pero luego en Georgia llegó al poder Zviad Gamsajurdia quien proclamó la consigna de un país único e indivisible. ¿Quién puede garantizar que dentro de unos años en Tbilisi no surja otro líder de ambiciones análogas y no se derrame sangre? Por eso cualquier Gobierno de Osetia del Sur o Abjasia que haga concesiones de principio a Georgia quedará barrido por la ola de la ira popular. Al mismo tiempo, la anexión de Abjasia y Osetia del Sur a Rusia sin consentimiento de Georgia tampoco es posible porque atentaría contra el Derecho Internacional.

Veamos si hay salida a esta situación. Es de pensar que este problema no admite soluciones simples pero sí se puede trazar un enfoque general del mismo. Lo definió Vladimir Putin durante su reciente conferencia de prensa. El presidente de Rusia manifestó en aquella ocasión: “Si alguien piensa que a Kosovo puede otorgarse la independencia estatal, entonces ¿por qué tenemos que denegarlo a los abjasios y los osetas del Sur?” Existen en principio dos formas de acción que puedan llegar a ser base para el comportamiento de Rusia. La primera es óptima y reside en la “universalización” del tema de arreglo de los conflictos homólogos: de Kosovo, Abjasia, Osetia del Sur. En este caso, los esfuerzos de la comunidad internacional pueden contribuir a la búsqueda de una solución que pueda servir de fórmula de compromiso.

Otra forma puede escogerse en caso de que no se haya logrado una fórmula de compromiso: en tal caso Rusia podrá reconocer unilateralmente las “repúblicas no reconocidas”. La práctica internacional ya tiene este precedente al que señaló Vladimir Putin: status de “República Turca de Chipre del Norte” reconocido oficialmente por Turquía. Esta circunstancia no le impide a Ankara ser miembro de la OTAN y candidato a miembro de la Unión Europea. Cae de su peso que esta variante no es óptima para Rusia pero, en caso de que no se logre encontrar un término medio (o, igual que antes, la comunidad internacional sigue distinguiendo entre Kosovo, Abjasia y Osetia del Sur), esta forma podrá cobrar un perfil concreto. Por supuesto que en tal caso Rusia debe tener en cuenta el hecho de que Georgia abandone la CEI. Por otra parte, en una situación en que las relaciones entre los dos países no pueden ser peores y cuando la parte georgiana hasta llegó a acusar de fascista a Rusia, esta decisión parece bien lógica.

¿Existen otras posibilidades? Como alternativa a estas soluciones puede servir la variante militar por la que parecen optar ahora los políticos georgianos que exigen la retirada de las fuerzas de mantenimiento de paz rusas desde Osetia del Sur. Resulta revelador que se trata únicamente de esta república que militarmente es más débil que Abjasia. Es una prueba más de que se prevé la variante militar de resolver el problema. Pero esa variante tiene dos obstáculos serios.

El primero es evidente: los mantenedores de paz se encuentran en Osetia del Sur de conformidad con el acuerdo de Dagomís de 1992, acuerdo que puede ser reconsiderado únicamente por decisión acordada de Rusia, Georgia, las autoridades de Osetia del Norte (que forma parte de Rusia) y Osetia del Sur. Es lógico que los líderes surosetas no acepten esta variante, mientras que la postura de Osetia del Norte sea análoga a la de Rusia. Por lo tanto, la decisión unilateral adoptada por las autoridades georgianas no es imperante para Rusia.

Pero, supongamos que Georgia denuncie el acuerdo de Dagomís y, valiéndose de la ayuda de la comunidad internacional, acuse a Rusia de ocupar parte de su territorio. Está claro que en tal situación las tropas rusas se verán en una situación difícil, y la situación podrá adquirir un carácter dramático. En tal caso es posible que la parte georgiana apele a la justicia internacional cuya decisión es difícil de prever.

Mas, supongamos que los cascos azules rusos se marchen. ¿Luego qué? Una guerra que, en principio, los georgianos pueden ganar y ocupar el territorio de Osetia del Sur. Pero la experiencia muestra que el éxito militar en conflictos de esta clase puede ser estable únicamente en el caso de que le sigue la purga étnica, a semejanza de la que a mediados de los años 90 realizó el presidente croata Franjo Tudjman. Pero ahora a la comunidad internacional le será mucho más difícil cerrar los ojos a semejantes actos, y acto seguido Saakashvili quedará desacreditado a los ojos de muchos de sus actuales admiradores en Occidente.

De modo que la purga étnica será difícil de realizar. En tal caso, el vencedor tendrá que enfrentar la perspectiva de una guerra de guerrilla, cuando la tierra arderá bajo sus pies. Si el pueblo georgiano y el propio régimen de Saakashvili necesita esta variante no deja de ser una pregunta retórica.

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Alexei Makarkin es analista de RIA Novosti.

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