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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Tortura

Santi Benítez
Santi Benítez
domingo, 19 de febrero de 2006, 23:51 h (CET)
Hace ya muchos años, en un viaje de regreso, di por casualidad con un cuadro de José Gutiérrez-Solana, llamado “El entierro de la sardina”. Me impresionó mucho aquella brutalidad expuesta, popular, carpetovetónica. Solana es el pintor de la Generación del 98, y sin embargo es una generación que adolece de esa falta de brutalidad expuesta, aunque Machado hace sus pinitos en “La tierra de Alvargonzález”. Bajo mi punto de vista el que más se le acerca es Pío Baroja en “Vidas sombrías”, aunque en sus memorias diga a las claras que nunca quiso amistad con Solana por sus “gracias de manicomio”.

Tiempo después de haber visto aquel cuadro suyo, me sorprendió mucho encontrarme con que también escribía, y escribía de la misma forma en que pintaba, de manera carpetovetónica. En su relato corto, “La sala de disección”, como diría su buen amigo Ramón Gómez de la Serna, escribió sobre los muertos y las muertas. El relato no trata sobre la manifestación de una muerte activa, sino, como tan bien explicó Javier Pérez Andújar, sobre la muerte inerte, a toro pasado, como en una fascinación por su huella cierta. En esto fue todo un precursor. A los occidentales ya no nos impresiona ver las huellas del paso de la parca, es algo que vemos todos los días a la hora del telediario. Aunque todavía nos sigue horrorizando la tortura. Puede que porque sea algo que intuimos pero no vemos. Nos horroriza el sufrimiento que precede a la muerte. Pero yo diría que es peor cuando ese sufrimiento no la precede, cuando la muerte no aparece, sino que ese sufrimiento se provoca de manera que la muerte no llegue. Y es que en eso consiste, como exponía aquel famoso manual de la Escuela de las Américas, una tortura bien hecha.

A veces los occidentales nos escandalizamos cuando nos enteramos de que nuestras democracias desarrollan este tipo de actividades al estilo del manual que antes nombré. Claro que, también como democracias, los supuestamente torturados pueden denunciarlo, a no ser que lleven puesto un mono naranja y la cárcel sea Guantánamo. Esperemos que la ONU no se haga la sueca y lleve hasta las últimas consecuencias su intención de que sea cerrada.

En nuestro propio país se vienen denunciando torturas, casualmente siempre a miembros de ETA. Y no es que esté en mi ánimo, ni mucho menos, defender a esa panda de alimañas, lo que si me gustaría defender es que el Estado de Derecho no debe usar, ni permitir que se use, ese tipo de prácticas, ni siquiera con estos animales.

Tampoco voy a decir que todas esas denuncias sean ciertas. No seamos ingénuos. Pero si es cierto que, por lo menos tres de los casos que he estado viendo, y he visto una verdadera montaña, si parecen tener veracidad. Otra cosa extraña es que la mayoría de estas supuestas torturas no se denuncian, aunque, eso sí, son detalladas en páginas de derechos humanos. Es decir, con impacto legal nulo. Por algo será. Quitando esa mayoría de casos que son expuestos por ahí para dar una imagen de luchadores por la libertad a esos asesinos, imagen de la que evidentemente carecen, los tres casos de los que hablo guardan en común que existen pruebas gráficas de les dejaron para el arrastre tras una somanta de palos. Y eso es algo que el Estado de Derecho no se puede, y no debe permitir. Sobre todo porque permitirlo pone en duda la capacidad del Estado para mantenerse dentro de la ley en la lucha antiterrorista.

Bajo mi punto de vista una de las soluciones más sencillas es grabar en todo momento los interrogatorios durante el periodo de incomunicación en virtud a la ley antiterrorista. No seré yo quien hable mal de la ley antiterrorista, ya que su eficasia es indiscutible, eso si, con todas las garantías para el detenido.

Y la razón para ello es simple, cuando una persona pone en duda los métodos del Estado de Derecho en la obtención de pruebas, testimonios o confesiones – si ello es necesario, que al Unai Parot ese lo trincaron con un coche lleno de explosivos, y luego, desde la cárcel, tuvo los bemoles de señalar objetivos de atentados, como demuestra la carta de marras encontrada por la policía francesa en el pisito de amor de la Goñi – digo, que cuando esos métodos son puestos en duda se pone en duda el total del Estado de Derecho. Y aquí viene el quiz de la cuestión. ¿Que tipo de credibilidad tiene el Estado de Derecho estadounidense cuando mantiene encerradas sin derecho a juicio a más de quinientas personas desde hace cinco años? Ninguno.

Este país nuestro, aparte de ser Europa, ha pasado por mucho para conseguir el nivel de libertades y derechos que tiene. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que aquí se vive mucho mejor, con gran diferencia, que en muchos países de nuestro entorno inmediato (aunque la izquierda rancia diga que esto es el imperio del neoliberalismo). Y eso es gracias, en gran medida, a nuestro Estado de Derecho. Y este debe ser tremendamente escrupuloso con su actuación. Y por supuesto perseguir con toda la fuerza de la ley y sin ambages a aquellos que pudieran pensar que llevar una placa o vestir un uniforme les da capacidad para cualquier otra cosa que la defensa de los derechos de los ciudadanos. Sobre todo cuando estos estén detenidos.

Buenas noches, y buena suerte.

Suena de fondo “... And justice for all”, de Metalica.

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