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¿Hace falta conocer la verdad sobre la muerte de Hariri?

Marianna Belenkaia
Redacción
sábado, 18 de febrero de 2006, 21:52 h (CET)
El 14 de febrero el Líbano ha conmemorado el primer aniversario del asesinato del ex primer ministro, Rafiq Hariri. Hace un año este crimen conmovió al Líbano y toda el área de Oriente Medio. Los analistas de Oriente Medio calificaron unánimemente de “terremoto político” lo que ocurrió. En rigor, la muerte de Hariri provocó una fuerte alteración del equilibrio de fuerzas en el área. Pero el resultado de esta alteración ha sido inesperado.

Un año después siguen sin respuesta los interrogantes de a quién convenía el asesinato del ex premier y, lo más probable, el primer ministro en ciernes. Cada día surgen más dudas de que esta respuesta pueda ser encontrada. También hay dudas de que si hace falta descubrir la verdad. Durante este último año la figura de Hariri ha devenido un mito, mientras que el hecho de su asesinato, una carta de triunfo en manos de diversas fuerzas políticas de las que no todas necesitan que los culpables del asesinato estén conocidos.

La muerte del ex primer ministro ha desequilibrado la situación política en el Líbano, ya de suyo precaria y, además, comprometido a Siria porque de parte de los allegados de Hariri justamente ese país recibe una lluvia de acusaciones de haber organizado el asesinato. Pero hasta ahora, a pesar de que la comisión internacional encargada de investigar el crimen trabaja ya desde hace más de medio año, no hay pruebas directas e irrefutables de que Damasco tiene la culpa. Y eso que la comisión centra toda su atención en la pista siria, sin considerar otras versiones de asesinato que, dada la extraordinaria figura de Hariri y una situación complicada tanto en el Líbano como en toda la región, pueden ser muchas y diversas, tanto de índole política como económica.

Como quiera que sea, Siria es la principal sospechosa del asesinato. Cabe recordar que el ex primer ministro fue asesinado en plena campaña internacional antisiria encabezada por EE.UU. La acusación más grave contra Siria se reducía a que ésta apoyaba a los terroristas en Irak. La mayor parte de la culpa por el hecho de que los norteamericanos no puedan poner fin al caos en Irak se atribuía al régimen sirio. Se le incriminaba también de la injerencia en los asuntos internos del Líbano (las tropas sirias se encontraron estacionadas allí durante casi 30 años) y de haber ejercido una influencia negativa sobre el arreglo del conflicto palestino-israelí, incluido el apoyo a los grupos extremistas palestinos. El “caso Hariri” llegó a ser un motivo oportuno para presionar a los sirios. Todo el mundo se acordó en seguida de las fricciones entre el presidente sirio Bashar Assad y Hariri que tuvieron lugar durante el último año de vida del libanés, prefiriendo olvidarse de que esas tensiones no eran un conflicto indirimible.

En la primavera de 2005, cuando a raíz de la creciente presión internacional sobre los sirios después del asesinato de Hariri, éstos retiraron sus tropas desde el Líbano, todo parecía indicar que Washington celebraba su victoria en la región. Junto con Irak, el Líbano llegó a servir para los políticos norteamericanos de ejemplo predilecto del éxito de la democracia en el Oriente Medio. Mas, pasados unos meses, se hizo claro que el triunfo había sido prematuro. Igual que Irak, el Líbano no llegó a ser una isla de paz y estabilidad. A la muerte de Hariri le siguió toda una serie de asesinatos políticos, llegando a su apogeo las enemistades de entre grupos etnconfesionales.

De hablar sobre los resultados del año en general, la democracia se tradujo en la llegada al poder de las fuerzas indeseables para Occidente. El triunfo del Movimiento de Resistencia Islámica (HAMAS) en las elecciones parlamentarias de Palestina, la aparición en el gabinete ministerial del Líbano de representantes del Hezbullah, hermano ideológico del HAMAS y el aumento de la influencia de los islamistas en Irak. En estas circunstancias, el intento de derrocar el régimen sirio equivale al suicidio.

Todo ello hace pensar que para EE.UU. no tiene sentido fomentar la tensión con respecto a Siria si Washington no quiere sembrar caos en otro país mesoriental y llevar a los islamistas al poder. Ello significa que EE.UU. no debe estar interesado en agravar las relaciones sirio-libanesas y en la búsqueda de la pista siria en el “caso Hariri”. Mas, por otra parte, la renuncia a la “versión siria” en el asesinato socavará los cimientos en que este último año ha descansado la política estadounidense en el Oriente Medio. Por lo tanto, la investigación del asesinato de Hariri puede durar hasta lo infinito, quedando un medio apropiado y cómodo de maniobra en el área.

En esta situación sólo cabe esperar que los libaneses se muestren lo suficientemente sabios. En todo caso, Rafiq Hariri, quien había hecho enormes esfuerzos para que los libaneses se olvidaran lo más pronto posible de las consecuencias de la guerra civil, no merece que su nombre se utilice para desestabilizar la situación en el Líbano.

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Marianna Belenkaia, de la Agencia RIA Novosti.

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