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Opinión
Etiquetas:   Sudamérica   Guerra  

Los últimos muertos de la guerra del Chaco

Las últimas víctimas de la guerra del Chaco fueron alcanzadas por las balas de la última guerra de Sudamérica, mucho más al norte de lo que la mayoría piensa
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
sábado, 27 de octubre de 2018, 01:14 h (CET)

Este 29 de Octubre se cumplen veintisiete años de la exhumación del cadáver del doctor Carl Weiss, médico otorrino que la historia oficial señala como asesino del Senador Huey Long. Curiosamente, hoy se ignora el paradero de sus restos, aunque se conservan reveladores datos forenses que sugieren su inocencia.


El ocho de Septiembre de 1935, Weiss había estado en el lugar y momento equivocado, de acuerdo a las versiones actualizadas de aquellos sucesos, y apareció ante la opinión pública como un pagote de un vasto plan conspirativo.

A mediados de 1934, Huey Long había sacudido el Congreso de Washington con sus denuncias y acusaciones relativas al conflicto bélico entre Paraguay y Bolivia, llamada por algunos medios norteamericanos como “La guerra olvidada”.


La mayoría de los historiadores coinciden hoy en que Weiss no fue autor de los disparos que provocaron la muerte del célebre Senador Long, pues el calibre del arma que había dejado en la guantera de su automóvil no correspondía con las balas homicidas.


La criminalística estaba en pañales, tanto como la reputación infalible del FBI que el maquiavélico J. Edgar Hoover intentaba forjar. Los pistoleros como Dillinger gozaban por entonces de más popularidad que las instituciones, y además, no hubo investigación federal alguna para esclarecer los hechos, a pesar de innumerables pedidos entre los cuales se contaban incluso los referentes del partido demócrata de Luisiana. Pero sabemos que nadie está obligado a declarar en contra de sí mismo.


Más allá de toda la nebulosa que envuelve a esta historia, los sucesos posteriores probaron que las acusaciones de Huey Long apuntando a los amos de las finanzas de Wall Street y a las corporaciones petroleras, tenían incuestionable fundamento.


Si no fuera así, el embajador en Brasil Hugh Gibson no hubiera sido enviado a Berlín por Roosevelt para que su puesto en la Conferencia por la Paz del Chaco, que se desarrollaba en Buenos Aires, fuera ocupado por Spruille Braden, notorio personero de empresas norteamericanas y con fuertes intereses en Bolivia.


La falta de escrúpulos de Braden es legendaria, y además, confesa. En sus propias memorias consigna que en medio de las negociaciones de Buenos Aires, cuando el Jefe de la comisión paraguaya (todavía Zubizarreta) cuestionó un documento lesivo a los intereses de su país, optó por volcar el café caliente sobre los insignes dignatarios: “Puse la punta del pie bajo la mesa de mibre y volqué todo, café caliente, jugo de naranja, agua helada, todo sobre la falda de Saavedra Lamas”. Braden narra que el futuro Premio Nobel argentino gritó de dolor, y aprovechando el incidente, tomaron del brazo al representante paraguayo y lo hicieron abandonar la reunión.


Este incidente propició que las negociaciones se prolongaran por treinta meses, al cabo de los cuales Zubizarreta terminaría reemplazado por José Félix Estigarribia, quien abandonó la embajada paraguaya en Washington para presentarse en Buenos Aires y avalar la actuación de Braden, quien por su parte se jactó en sus memorias de “haber despedido” al presidente de la comisión negociadora paraguaya.


La historia consigna que Estigarribia abandonó Washington por orden del Departamento de Estado, y no por instrucciones del ejecutivo paraguayo. Leslie B. Rout, autor de una tesis sobre estas negociaciones diplomáticas, deduce que Estigarribia había negociado el apoyo norteamericano para llegar a la presidencia paraguaya a cambio de avalar el acuerdo que impulsaba Braden.


En la madrugada porteña del 9 de Julio de 1938, en el más estricto sigilo, se firmaría el tratado favorable al imperio petrolero que incluía una cláusula de permanecer para siempre en secreto. En él Paraguay renunciaba a todo arbitraje y cedía a Bolivia un extenso territorio entre la frontera actual y el límite natural e histórico del Chaco al noroeste, el río Parapití, muy renombrado en la cultura popular paraguaya.


Se había consumado lo que historiadores paraguayos denominaron “el día de la infamia”, la traición que hoy es la mejor documentada de la historia paraguaya. Braden lo confesaría cuatro décadas más tarde: “Sólo la prensa y el público fueron engañados, pero ello era vital para restablecer la paz. Una vez logrado el acuerdo, ya no era necesaria mi presencia en Buenos Aires”.


La historia había confirmado la veracidad de las denuncias realizadas por Huey Long, cuatro años antes, en el mismo Senado de Washington. Una vez más, eran solo los muertos quienes habían visto mucho antes el final de la guerra.

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