Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La agresividad creciente

Jesús Ricart
Redacción
miércoles, 15 de febrero de 2006, 03:25 h (CET)
La cultura es muchas cosas: información, ilustración, enseñanza, tradición y todo esto incluye la represión de los instintos. Una persona culta es la que sabe callar y no se deja llevar por un encadenamiento tensional, pero a la vez y contradictoriamente no hay cultura sin tensión dramática. No hay cultura sin silencio, sin cosas calladas. Es un espeso manto que cubre de todo incluyendo inhibiciones patológicas y tragedias mascadas que se cuecen despacio.

La cultura es la gran gestionadora de la agresividad pero no la garante de su liquidación. Lo agresivo no está neutralizado, sólo excluido; en el mejor de los casos sublimado y en el peor está a la espera de saltar a la yugular del desafortunado que está de paso. Contra lo que se pueda creer hay una agresividad creciente. Sólo espera su oportunidad para manifestarse.

El borracho al volante no tolera el ligero error de otro conductor o su ritmo de velocidad menor y es capaz de provocarle para producir una accidente o detener el coche y directamente pelearse por un motivo nimio. El compañero de trabajo es capaz de ir a su trabajo con una escopeta de cañones recortados y asesinar a sus colegas. El cónyuge con el que se viene compartiendo la cama desde lustros puede asesinar a la pareja cuando ya no puede más y el compañero de escuela puede ser maltratado por otros que le han organizado un linchamiento en su honor. Vistas así las cosas parece que la cultura como la gran arma para contener los instintos primarios no sirve de mucho. Las escenas de ataques a indefensos son espeluznantes. La violencia es un material comercial tanto si procede de la realidad de las noticias del mundo como de las pantallas cinematográficas que enseñan como torturar sin dejar ningún sentimiento de culpa. La violencia en letras grandes o pequeñas, a escala de grandes conflagraciones bélicas (las invasiones de Afganistán e Irak ya llevan por saldo aproximado 150 mil muertes) o a escala de guerras cotidianas (el feminicidio es una de las causas de mortandad masiva) sigue siendo el pan nuestro de cada día. ¿A qué siglo deberíamos remontarnos para no encontrar ningún rastro de ello? La historia desde que es historia es un documento abierto de sus salvajadas. No encontraríamos un siglo entero de paz ¿De qué nos ha servido aprender de ella? ¿Hemos aprendido algo? A juzgar por las estadísticas de la fatalidad sigue predominando la violencia y lo que es más grave la violencia gratuita, ya que una buena parte de ella sólo sirve para mostrar la fuerza de los puños o la eficacia de una arma.

Junto a las catástrofes naturales, ya de por sí crecientes por el cambio climático hay que añadir las catástrofes deliberadamente humanas por su incapacidad de autoorganizarse en paz. Si no somos capaces de pautar conductas sosegadas de raciocinio los neonatos del futuro vendrán al mundo ya con el chip de ataque y dentellarán al personal asistencial de los paritorios y destruirán a la madre que los ha gestado.

Afortunadamente la selva de datos que demuestra la agresividad creciente es comparativamente inferior a los gruesos de población instalados en la tranquilidad y los deseos de paz. Pero esa no es ninguna garantía. Tradicionalmente han sido y son minorías con una gran capacidad de poder y mando que han manipulado a mayorías para abocarlas a acontecimientos de crueldad y destrozos.

El debate sobre la violencia es crucial para encontrar una nueva política social de concordia. Ese debate no se circunscribe a la adopción de medidas de coerción contra personalidades descontroladas y desquiciadas, pasa por la impugnación de aquellas causas ambientales y estructurales en el sistema socioeconómico que convierte a las personas en ejecutoras de comportamientos trastornados. Seguramente encontraremos una conexión entre la condición de esclavitud que por sus trabajos y roles viven y su reacción enferma contra sus entornos. A la cultura le toca comprender todo esto y no limitarse a reprimir las conductas indeseables.

Noticias relacionadas

García Bacca

Juan David García Bacca fue un filósofo, lógico, ensayista y traductor

¿Existe una contabilidad divina y exacta?

Como ninguna energía se pierde, después de la muerte del cuerpo físico la energía tiene que integrarse en alguna parte

Crueldad o justicia

¿Se acepta una justicia injusta?

Médicos, enfermos y políticos

“Ópera magna”: de cómo consiguieron enfrentar a los pacientes y sanitarios, externalizar la sanidad al sector privado, empobrecer la sanidad pública y retroceder más de treinta años en las coberturas básicas

Irrepresentativa

Si en algo coincide nuestra clase política, es que cada vez está más alejada del común de los mortales
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris