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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

La marea populista

Raúl Tristán

miércoles, 15 de febrero de 2006, 03:25 h (CET)
Si por algo debe distinguirse el deseo personal del que suscribe de conseguir para todos una España más habitable, más pujante, más preponderante en la esfera internacional, con un menor número de parados, con una mayor calidad de vida, sin la amenaza del terrorismo e incluso, llegando más lejos aún en esa buena voluntad, confiar en ampliar ese mismo modo de vida a otros países para, de esa manera, lograr algún día establecer un equilibrio mundial basado en relaciones de igualdad y de justicia, es por tener que admitir que, por encima de los intereses partidistas o ideológicos particulares de cada cual, debe regir en nuestro fuero interno una máxima de objetividad para con todas las opciones políticas existentes en el espectro patrio.

Esta reflexión me surge al hilo de las últimas declaraciones del expresidente Aznar, al respecto de los gobiernos de índole populista, de marcado corte radical virado a la izquierda marxista o comunista, e incluso indigenista anómala, que comienzan a dominar en ese maremágnum de creencias, corruptelas e ignorancias en que está deviniendo el diario acontecer de la vida politico-social de Latinoamérica.

Y es que, los numerosos países que conforman ese complejo entramado cultural que hemos dado en llamar Latinoamérica, tras una infinidad de desastrosas experiencias, todas ellas sangrientas, crueles, inhumanas, de sanguinarias dictaduras por parte de la más extrema derecha militar y golpista, han acabado por empujar irremisiblemente al pueblo llano hacia una desesperada carrera en pos de la democracia y el triunfo de los derechos y las libertades y en muchos casos hasta del reconocimiento de la idiosincrasia indígena, por el momento aplastada y obligada a una forzada sumisión bajo la amenaza permanente del exterminio, de la aniquilación, del genocidio.

Sin embargo, y llegados a este punto, debo convenir con Aznar en su punto de vista sobre la evolución sociopolítica de la que tratamos, aunque en otras cuestiones discrepemos abiertamente.

A decir del expresidente, el camino que está tomando Latinoamérica no es el correcto. Y coincido en esa visión, que es objetiva y razonada. No se trata ya de ideologías de izquierda contra derecha, estamos hablando de que la democracia real y estable no se alcanza de la noche a la mañana mediante el advenimiento de un líder de masas, de un hombre del pueblo cargado de superficiales buenas intenciones y de una verborrea de tintes reivindicativos a la antigua usanza. La democracia se gana en años de trabajo, de convivencia, de consenso, a base del continuado esfuerzo de unos y otros en respetarse mútuamente, no de forma instantánea, inmediata, por la llegada al poder de un visionario en cuya mochila sólo carga manidas frases que todo el mundo desea oír y tras las cuales no existe proyecto de futuro alguno que tenga visos de ser razonable y viable.

En la vieja y herida Europa, ese tipo de líderes, cuasiespirituales, dogmáticos, iluminados, hace ya un tiempo, aunque no tanto, que dejaron de ejercer su influencia y, por suerte para todos, no parece que los ciudadanos estemos dispuestos a tolerar el surgimiento de ningún otro.

Estoy de acuerdo en que se hace necesario abandonar la vía abierta a día de hoy, de apoyo a esos gobiernos.

No podemos ayudar a los cubanos, a los venezolanos, y a tantos otros, mostrando nuestro favor hacia unos dirigentes que no velan por su pueblo y que no lo conducen por sendas democráticas y de progreso, sino hacia nuevas formas de dictadura, tal vez más sutiles y engañosas, más taimadas, más agradables al paladar, pero en el fondo tan envenenadas como sus predecesoras.

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