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Etiquetas:   Crítica de cine  

'Dick y Jane, ladrones de risa': El show de Carrey

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
miércoles, 19 de abril de 2006, 22:29 h (CET)
En 1977 se estrenaba una película de lo más anodina titulada en nuestro país Roba Bien y No Mires a Quien. La protagonizaban George Segal y Jane Fonda, y venía a ser una versión cómica, pero trágica en sus resultados, del Bonnie and Clyde de Arthur Penn. Casi treinta años más tarde, el director Dean Parisot, a quienes los aficionados recordarán por su delirante labor en Héroes Fuera de Órbita, recupera la misma trama para confirmar lo que ya muchos sospechábamos: que la tan cacareada crisis del cine made in Hollywood no se debe a la irrupción de Internet o al auge creciente del DVD, sino a una falta de ideas desopilante que obliga a los productores a recurrir a la historia del cine para remakear cualquier cosa cosa que se ponga a tiro, independientemente de que el material de partida sea un pestiño, como ocurre con Dick y Jane.

Tal premisa resulta muy significativa por cuanto pone de relevancia que a los responsables de la película les interesa bien poco la historia o sus personajes. Estando Jim Carrey de por medio, los beneficios de taquilla están asegurados, y en consecuencia... ¿por qué preocuparse de crear un producto digno? La ley del mínimo esfuerzo aplicada al cine. En el caso de Dick y Jane, Ladrones de Risa, esta ley implica ceder todo el protagonismo de la función a la estrella, que aprovecha la oportunidad para desplegar sobre la pantalla uno de los mayores alardes de egolatría cinematográfica que este cronista haya presenciado desde los buenos tiempos de esa actriz solipsista llamada Barbra Streisand.

El propio Carrey se ha encargado, en calidad de co-productor de que nadie le haga sombra a lo largo del metraje. Él acapara todos los planos, él se arroga el derecho único y exclusivo de hacer reír al espectador y él, sólo él, termina por convertir el film en un despropósito cargando demasiado las tintas sobre sus dos legendarias virtudes: la habilidad para la comedia física y sus dotes camaleónicas.

Me gustaría dejar claro en este punto que no tengo nada en contra del bueno de Carrey. De hecho, soy un gran admirador de su trabajo (y no sólo de sus interpretaciones contenidas en Man on the Moon, El Show de Truman u Olvídate de Mí, que es el límite que ningún crítico respetable debe traspasar jamás). El problema de Dick y Jane, aunque pueda parecerlo a primera vista, no está en Jim Carrey, sino en que la historia, pretenciosa en sus ambiciones de crítica social, no se presta para que el actor haga de los suyas. Tan flagrante es esta falta de equilibrio entre trama y estrella que, por momentos, uno tiene la sensación de que el personaje principal, lejos de ser Jim Carrey, es otro intérprete con ataques súbitos y compulsivos del síndrome de Jim Carrey. Dicho de otro modo, al viejo Ace Ventura no le queda más remedio que intepretarse a sí mismo para que la película no se hunda en su propia miseria.

Sólo desde este punto de vista tiene algún sentido que Dick y Jane, Ladrones de Risa, haya recaudado cien millones de dólares sólo en Estados Unidos, pues histrionismo al margen, tanto su narrativa, sustentada sobre secuencias musicadas de montaje harto repetitivas, como su arritmia tonal y estructural (el film oscila entre la parodia barata del inicio de Cinderella Man y del cuerpo central de Bonnie and Clyde, sin lograr en ningún instante la simbiosis), deberían ser motivos más que suficientes para optar por otra sala, siempre y cuando, eso sí, en ella no se esté proyectando Princesas.

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