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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El guirigay político

Mariano Estrada (Alicante)
Redacción
sábado, 11 de febrero de 2006, 22:21 h (CET)
Como vemos casi todos los días, la política da extraños bandazos. Hasta hace poco, Zapatero y Carod, eran uña y carne, como también lo eran Zapatero y Maragall. Ahora, Zapatero se ha ido al nocturno con Artur Mas y ha dejado en la cuneta a Maragall y a Carod, el de la corona de espinas, el que debiera estar sin duda en la Selección Catalana de Patines. Por su parte, Artur Mas, que fue crucificado como Cristo por Maragall, en razón de tres clavos por ciento, se unió al Tripartito por la espinosa cuestión del Estatut, mucho más importante que la corrupción, por descontado; pero de pronto ha abandonado a Maragall y a Carod para irse a zapatear con Zapatero en el tablao de las sardanas. Uno de izquierdas, supuestamente radical, otro de derechas, oligarca sin posibles matices. Polos opuestos, abrazo inevitable. Ya había habido feeling anteriormente, pero la nocturnidad fue la ocasión decisiva, la que les permitió revolcarse juntos en los apuntes del alba. “Habemus acuerdo global” -gritaron al unísono- y a Puigcercós le temblaron las piernas y se le removieron los cimientos: aquellos que taparon entre todos con hormigón en un barrio de Barcelona: el barrio donde Juan Marsé situó una novela que fue llevada al cine ¿No nacería allí el cine de barrio de Parada y fonda?

Seguimos. El señor Rodríguez Ibarra, después de acostumbrarnos al desaforado Grito de Munch, ha vuelto mansamente al redil y ahora dice "diego" porque cree que los nacionalistas han perdido (se ve que Mas se ha pasado al Piqué). En cuanto a Pepe Bono, el gutural de la Mancha, aparece y desaparece, como el Guadiana, según soplen los vientos. Ahora no se ajunta con Maragall y dice que le respalda Zapatero, pero Zapatero, como él sabe, tiene muchos acuerdos y no pocos renuncios... ¿Y dónde está Paco Vázquez, el gallego contrario al Estatut? Pues lo mandan a recomponer los desaguisados con el Vaticano, que es un estado y una banca y una gran influencia sobre la voluntad de los votos ¿Y Guerra? Muy en su papel, presidiendo la Comisión Constitucional y tratando de unir lo desparejo, el aceite (de los gays) y el vinagre (de los solterones), que de ambas cosas hay en los partidos mayoritarios de esta España inconforme y pendiente de mejor vertebración ¿Y Felipe? Pues ahí, en sus negocios, dicen las malas lenguas, pero tratando también de socavar la autoridad de Zapatero, ese chico que se mete en todos los charcos pero que no sabe salir de ninguno, para que todo sea un mal sueño y volvamos al lugar del que acaso no debimos nunca salir sin estar previamente consensuados y preparados para el devenir y sus necesarias imbricaciones con el presente, es decir dispuestos a cambiarlo todo para que en realidad cambie muy poco: lo justo para que podamos seguir discutiendo por nuestras diferencias y nuestros hechos diferenciales en lugar de celebrar nuestros acuerdos y nuestras ardorosas coyundas.

A mí, desde el comienzo de esta historia, Alfonso Guerra me ha parecido el político más razonable de todos. Al contrario que Peces Barba, a quien tal vez le ha tocado bailar con la más fea. No obstante, en sus últimas declaraciones, en las que discrepa de López Aguilar a propósito del referéndum de Mariano Rajoy y algunas otras cosas relacionadas con las víctimas del terrorismo, le veo mucho más acertado. Pero la fiesta continúa, ya veremos en qué punto queda. Sabemos por donde sale el pipí, y el kaká, pero no sabemos por donde va a salir el pepé ni la despechada cosechadora republicana, con su separadora de pajas, de granos, de voluntades y de territorios.

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