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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Unión Europea   Política  

¡Qué fácil es ponerles el Sambenito a quienes piensan distinto!

Preocupan a los gerifaltes de la UE que vuelvan a surgir nuevos partidos
Miguel Massanet
miércoles, 10 de octubre de 2018, 08:39 h (CET)

Puede que haya alguien que siga pensando que los movimientos que están apareciendo en Europa surgen por generación espontánea, sin que existan causas que puedan dar una explicación razonable de los motivos que hacen que más gente de la que se podría suponer se sienten a gusto dentro de ellos. Cuando Alemania en los años 30 después de que Adolf Hitler sufriera varios sonados fracasos en sus intentos de hacerse con el poder y de varios intentos de acabar con su vida por parte de las fuerzas de policía estatal, especialmente en lo que se denominó el pusch de Munich, una acción llevada a cabo por los miembros de la NSDAP que fracasó y varios de los compañeros del líder alemán murieron bajo las balas de las fuerzas del orden público y de las que se libró él gracias a la fidelidad de sus compañeros que no dudaron en sacrificar su vida para proteger a la de su Führer. Un enfrentamiento que pretendía, por medio de las tropas SA nazis de Himmler, hacerse con el poder en Baviera, entrando en Munich para apoderarse del Ministerio del Reichswehr. El líder alemán tenía dos objetivos: vengarse de las condiciones draconianas que el tratado de paz de Versalles, 1919, impuso a la Alemania derrotada y, la otra, acabar con el poder de los comunistas. Allí, en Baviera, la misma donde en la actualidad ha tomado cuerpo lo que se denomina el nuevo partido de extrema derecha alemán, fue donde se iniciaron las primeras reacciones ante el avance imparable del comunismo en Europa.


Hoy preocupan a los gerifaltes de la UE que vuelvan a surgir en Austria, Alemania, Italia y Francia nuevos partidos, a los que se clasifica como de ultraderecha que, sin duda, han surgido del peligro que, una vez más, se cierne sobre las viejas naciones europeas que, unidas por intereses comerciales comunes, interesadas en eliminar fronteras, buscando encontrar medios para limar asperezas entre ellas e intentando aplicar una normativa común que tienda a crear una Constitución suprema europea, que esté por encima de las estatales; algo que no siempre el Parlamento de la CE consigue solucionar. Los primeros intentos han fracasado, los nacionalismos en el viejo continente continúan siendo muy poderosos y los errores que han venido cometiendo los dirigentes de la UE, a lo largo de los años de existencia de la comunidad, no han logrado eliminar las trabas que todavía existen entre los distintos países de la unión que les permitan crear una Constitución común a toda ella. Sus diferencias han dado lugar a que, países como la GB, hayan decidido abandonar la comunidad para volver a sus viejas costumbres aunque, en este caso, la moneda inglesa, la libra, se había mantenido frente al euro. Existen instituciones en la CE que tienen por misión velar por los derechos que los ciudadanos comunitarios y sus organizaciones, como es el caso del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (y el Tribunal General) que están facultados para tratar de denuncias, demandas contra instituciones europeas o de las naciones que la integran formuladas por quienes entienden que los tribunales locales no han resuelto convenientemente sus problemas. Como es natural, este organismo supranacional no siempre acierta en sus resoluciones, entre otras razones, porque en su composición hay magistrados de varios países, algunos de los cuales no pueden evitar dejar traslucir sus prejuicios políticos en el momento de emitir su opinión.


En estos momentos Europa ha tenido que afrontar, aparte del brexit inglés, la avalancha de refugiados políticos que le han llegado del Este con motivo de la guerra provocada por el EI en varias de las naciones de Oriente Medio, como Siria, Irak y Yemen que han provocado éxodos de sus ciudadanos que, en número de millones, se han trasladado en multitud hacia las fronteras de los países europeos situados más al este, provocando las primeras disensiones entre los gobiernos de estas naciones, que no pueden hacer frente a un número tan elevado de huéspedes, y las naciones europeas que son partidaria de darles asilo a todos pero que, mientras intentan organizarse, les piden a aquellos que los tienen en sus fronteras que resistan y paren la entrada indiscriminada de migrantes. Una situación absurda, fomentada por las izquierdas que les darían entrada a todos (cuantos más sean más votos de miseria para ellos) y por aquellas organizaciones que piensan que permitiendo la entrada de migrantes los países están en condiciones de ocuparse de alojar, dar trabajo, proporcionarles seguridad social, enseñarles el idioma y permitirles ejercer sus propias religiones; aunque se sepa que algunas de ellas fomentan, precisamente, la eliminación de aquellos que no profesen la suya.


A los que piensen que la migración se ha de controlar, no permitir entrar a todos los que lo piden si no están en condiciones de integrarse normalmente con el resto de ciudadanos, que es necesaria una criba que evite la entrada, camuflados entre los demás, de criminales, terroristas, personas violentas, activistas o agitadores que, una vez admitidos en el país de admisión, se conviertan en un problema, no sólo para las autoridades del Estado sino que, incluso, para los ciudadanos que deban de convivir con ellos. Es evidente que, una parte de la sociedad, los califica de poco hospitalarios, carentes de sentimientos o, todavía peor, xenófobos. Sin embargo, vean el ejemplo de la ciudad de Barcelona, bajo la autoridad de la alcaldesa, comunista y antisistema, señora Colau, protectora de manteros que hacen la competencia a los comerciantes que pagan sus impuestos, y convertida en una decidida defensora de que, Barcelona, se convierta en el refugio de cuantos inmigrantes decidan instalarse en ella.


En consecuencia, siguiendo su política, esta ciudad se ha convertido en una de las que ha aceptado mayor número de inmigrantes y, entre ellos, como no podía ser de otra manera, a unos cuantos cientos de menores que, como es sabido, deben ser tutelados por las administraciones locales. Pues bien, la señora alcaldesa Colau se ha encontrado con la realidad viva, que hace que no existan lugares donde acoger a tantos jóvenes que, por su dejadez, su incapacidad para prever lo que sucedería y su falta de previsión, los desgraciados menores que han llegado a Barcelona se ven obligados a dormir en bancos, en el suelo, en las comisarías de policía y en lugares indignos por culpa de una señora, incapaz y abrumada ante la avalancha que se le ha venido encima y que, como es evidente, ha desbordado todos los lugares donde podrían ser acogidos estos jóvenes migrantes.


A estos grupos, a los que se los maltrata verbalmente acusándoles de xenófobos, extremistas, inhumanos, fascistas, egoístas o nazis, van a tener que enfrentarse las autoridades europeas que, por su parte, no supieron calcular los efectos de su falta de previsión cuando, sin tomar las debidas precauciones, sin reforzar las fronteras del este, sin calcular la clase de migrantes que llegarían a Europa, mezclados con aquellos que venían a pedir asilo político ( los únicos que habían decidido admitir para dales cobijo) sin conocer los que cada país estaba en condiciones de recibir; aceptaron que llegaran a millones y, antes de que las naciones destinatarias de los migrantes dijeran a los que se comprometían a acoger, decidieron los cupos que, obligatoriamente le correspondían a cada una de ellas, sin tener en cuenta su situación económica, el desempleo que tenían, el idioma con el que deberían entenderse, la asistencia sanitaria que se les podría dar o la misma situación política por la que estuvieran atravesando aquellas naciones que, por distintas circunstancias, su situación interna estuviera en una posición delicada que no convenía agravar con la presencia de nuevos ciudadanos que pudieran desestabilizar al país. Se los critica, se los sataniza y se los acusa de desleales sólo porque piensan distinto y, en ocasiones, no tienen argumentos para desautorizarlas.


En Alemania, la señora Merkel cometió la imprudencia de abrir los brazos a todos los inmigrantes que quisieran entrar en el país. Hoy en día está sufriendo los efectos de aquella, poco meditada, determinación y se encuentra de, de nuevo que, desde Baviera, se le recrimina que dejara entrar a personas que no se han sabido integrar con el resto de alemanes, que han atacado brutalmente a sus mujeres y que, actualmente, han conseguido que, una gran parte del pueblo alemán, se manifieste en contra de ir recibiendo a más personas que no sean útiles al país y aporten beneficios a toda la comunidad. Resulta muy fácil, muy compensatorio y muy reconocido socialmente el ser una persona acogedora con las personas que vienen de fuera; es muy demagógico y evidentemente muy remuneratorio políticamente el defender la entrada de todos aquellos que huyen de sus país, por ejemplo, del continente africano, porque allí se estima que hay una población de 1. 278 millones de habitantes, una gran parte de ellos viviendo al borde de la miseria repartidos en 54 países.


¿Está Europa en condiciones de seguir absorbiendo todos aquellos africanos que hayan decidido que, como en su país no consiguen medrar, van a huir a Europa, donde los europeos han conseguido un nivel de vida mejor (trabajando, naturalmente) que van a compartir con ellos? ¿Cuántos millones de estos mil doscientos millones de habitantes africanos, podría quedarse en España, antes de que se hagan los dueños del país? O ¿es que la actitud belicosa, amenazante, prepotente y descarada de estos 600 manteros que se han hecho fuertes en Cataluña, contra los cuales ni los guardias se atreven a intervenir, mientras perjudican a los comerciantes que, a diferencia de ellos, pagan sus impuestos y sus alquileres para poder tener abiertas sus tiendas; es la que se va a consentir que mantengan?


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, nos cuesta entender cómo, todavía, hay países de la UE que no se hayan dado cuenta de que, el ascenso del populismo comunista y la entrada indiscriminada de inmigrantes (en la frontera sur de España, cada día entran más de 500 de estos migrantes) constituye una amenaza para la estabilidad de la UE. ¿Habrá algún día en el que se deba decir que ya no caben más o bien, aquellos que viven en mansiones de 600.000 euros y se llaman comunistas, como es el caso de Pablo Iglesias, van a continuar pidiendo el libre acceso de más migrantes, siempre que, en su fabulosa mansión del selecto barrio madrileño en el que la tiene, no le coloquen a ninguno de ellos?

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Julio Loras Zaera 14/oct/18    19:03 h.
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