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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Naciones de derecho y de valores

José Carlos Navarro (Mérida)
Redacción
martes, 7 de febrero de 2006, 02:35 h (CET)
La escenificación de la crisis de valores de la Unión Europea ante el órdago islámico que se concierta en distintos países árabes por el asunto de las caricaturas de Mahoma, hacen dirigir la atención al Santo Padre. El Vaticano dice que el ejercicio del 'derecho a la libertad de pensamiento y expresión' no conlleva 'ofender el sentimiento religioso'. La oficialidad vaticana apunta que 'las ofensas cometidas por personas individuales o por órganos de prensa no pueden imputarse a las instituciones públicas de ese país'. Y este es el Cordero de Dios, que predica el respeto hacia todos y sobremanera a las creencias religiosas.

Cuando se incendian las embajadas sirias de Dinamarca y Noruega en Damasco por este motivo, fruto de la supuesta propaganda hecha en países árabes por imanes nacionalizados europeos, significa que algo falla en el rasero de medir la justicia. Las naciones de Derecho, como son las que componen Europa, no deben transigir ante ataques de las que ni siquiera lo son, menos aún la de ciudadanos nacionalizados en sus territorios que ni siquiera respetan el Derecho del país de acogida. No es de recibo la permisividad ante la burla, sorna y ninguneo al cristianismo en Europa, y una falta de respeto a la islámica -de un ente privado- suponga la cesión presionada por la violencia ante otros valores que no son nuestros.

Libertad sí, pero como dice el refrán, aquí y en Pekín. No entender eso es la deriva moral y de concepto que hace fracasar a Europa, en unos momentos en los que el mundo de la información es crucial para entender el significado actual de la separación entre Iglesia y Estado, dentro del amparo a la primera por la pertenencia a ésta de la mayoría de los ciudadanos europeos. Empecemos por proteger nuestros valores dentro del marco de la libertad de expresión, para así proteger el del resto de civilizaciones. Así, de esa manera, no serán las otras civilizaciones las que nos impongan, ante la debilidad moral de las institituciones que nos rigen y gobiernan. Una Europa que se tape los ojos ante la concepción cristiana será pasto de la invasión moral, como lo fueron Roma y Bizancio por los bárbaros.

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