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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Desfachatez en la ciudad

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 5 de febrero de 2006, 23:22 h (CET)
Son tan habituales las faltas de respeto en los colectivos actuales, que adquieren carta de una normalidad chabacana, posturas de descrédito para cualquier grupo, mas no por eso tienden a refrenarse. El descaro o la insolencia se palpan, se intuyen , o se sufren a nada que percibamos el acontecer de la vida diaria. Además, la repetición de esas lindezas genera un aprendizaje sui generis en franca progresión. Habrá que admitirlo, la insolencia ofrece un futuro prometedor. ¿De qué?

Todo comienza ya desde las primeras aproximaciones, acontezcan estas en el autobús, tiendas o en cualquier otra agrupación de gente. Me refiero al trato displicente entre los implicados, probablemente favorecido por la desconexión previa, con el escaso conocimiento entre sí de esas personas. En todos los sectores sociales se detectan estos comportamientos. No tarda uno en observar esos tonos burlescos o despreciativos... hacia los demás.

La frialdad desde los mostradores hace recordar la frase de Larra, con una modificación oportuna, "NO vuelva usted mañana", pero ¿dónde iré?, lo más probable será encontrar otras actitudes similares, es un tono que se lleva. También desde este lado de los mostradores se ejerce una intolerancia prepotente, ante equivocaciones con los cambios, olvidos o despistes; no suelen faltar los furibundos, o como mal menor esas actitudes chulescas de perdonavidas. Una verdadera gozada al alcance de cualquier convecino.

Quizá algunas personas prefieran caminar por las aceras pensando en la placidez del momento, tampoco estos se van a librar de encuentros inesperados con el descaro ajeno. Desde las alturas pueden adornarnos con desperdicios o suciedades; con una furia desatada se sacuden los más variados objetos -mantas, sábanas, zapatos-, echando al viento todas las partículas adheridas, al viento y a las aceras. ¿Creerán que les importa quién pasa por esa zona? ¿Sólo sacuden a determinadas horas? ¡Nada de eso! Ni aspiradoras, ni gaitas, los desperdicios a la calle, al margen de los transeúntes, ancianos o niños. Las avalanchas sorprenden en el momento más inesperado, ni siquiera con el aviso aquel de ¡Agua va!. También en estos comportamientos surgen extravagancias, ¡He visto lanzar bolsas de basura!, como si de la petanca se tratara. Es posible que tuvieran estropeado el ascensor, obturada la escalera, o licuada la mollera, que todo puede ser.

Hoy mismo hay una carta al director en un periódico local de Vitoria. Un señor de 87 años, atosigado por un veloz ciclista de aceras, le recrimina; la respuesta del ciclista no se demora, le amenazó levantando la bicicleta sobre la cabeza del anciano, le escupió en la cara y se marchó. No hay ley, ni vigilancia que pueda cubrir todo esto.

El repertorio de insensateces está rebosante de ejemplos, y muy variados. Una de sus lamentables realidades radica en el alarde de SUCIEDAD, no es una botella rota o un descuido, es la actuación encaminada a emporcar unos rincones o fachadas determinados. Vomitonas, meadas, heces; pinturas, bebidas, o restos chamuscados, forman parte de este rico muestrario. Se tiene a llamarlo vandalismo juvenil, pero a veces son restos de materiales por reformas u otros desperdicios, sin haberse molestado en llevarlos al depósito adecuado, ni efectuar tampoco una simple llamada al servicio de recogida.

Como una extensión de lo anterior se desarrollan escenas con un comienzo de tintes bucólicos; con las mejores apariencias -incluso abrigos de pieles-, o bien otras más desenfadadas, proliferan los sujetos o sujetas que sacan a estirar las piernas a sus animales de compañía -aquí, sobre todo, perros-. Aceras y jardines se convierten en los aliviaderos de estos animales, generalmente enclaustrados el resto del día. ¿Recogen los dueños los excrementos? ¿Podrán pasar niños por esos jardines? ¿Algún empleado trabajara entre esas reliquias? Silencio... se pasea al perro... y miremos hacia otro lado. La desfachatez adquiere rasgos de elegancia despreocupada.

Otra faceta impresionante. Miren por donde, llegué a pensar que los servicios municipales compraban el material de segunda mano. No veo ni una papelera entera, hasta las de puro hierro están desvencijadas; los contenedores desequilibrados, deformados, o medio quemados; los bancos -de asiento-, todos tienen un tornillo o una pieza de menos; áreas de juego infantil que son una filigrana, padecen destrozos para los que se requiere mucha fuerza. Con una predilección especial para el material nuevo, asombra la rapidez en el deterioro, si no desaparición, o lanzamientos a distancia.

No me quisiera olvidar de dos fenómenos dignos de revisión psicológica. Uno lo componen esos elementos ARBORICIDAS, de actividad cobarde por lo nocturno de sus actuaciones, y despreciables por sus efectos. Con la cantidad de temporales, ozono, ventiscas y demás, ninguno tan eficaz como estos vendavales humanos. Ramas y troncos de diversos grosores tronchados y desgajados. A lo largo de una calle, ya son mayoría los árboles mutilados o descuajeringados del todo.

El otro fenómeno es más benigno si ustedes quieren, pero más intrincado para poder valorarlo. Se trata de los REVISORES de CONTENEDORES. No hablo de aquellos traperos, recogepapeles o ropavejeros, ya, ya. Escarban y buscan ¿Qué? Un papel oficial, una factura, alguna satisfacción para su curiosidad enfermiza. Hay mucho morbo en estas actitudes pendientes de identificar objetos o datos ajenos. Ya sólo falta crearles un programa televisivo apropiado para que expongan sus hallazgos y circunstancias. ¿Cómo definir esta actitud?

Otro día podemos entrar a una valoración de como afrontan las ciudades sus servicios de limpieza, mobiliario urbano, etc. Ese es otro asunto, pero la evidencia es que las conductas referidas dejan en evidencia la pretendida civilización y consideración hacia los demás. Aparecen también ideas que intentan controlar actitudes poco cívicas, las más recientes como la normativa de Barcelona, o la orden de revisar las basuras para ver la procedencia y así descubrir a los insolentes.

Ahora bien, como no acertemos con el matiz cultural adecuado, esto va para largo. Y cómo acertaremos, si la despreocupación es notoria y autosatisfactoria. En fin, la fascinación urbana de los comportamientos.

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