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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXXIII)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
miércoles, 8 de febrero de 2006, 00:49 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción

Resumen de lo publicado: Soberano don Nadie acude a la Fiscalía General del Estado, para comunicar su autodeterminación de renunciar al Estado de Secuestro, que le mantiene sin ningún poder real, le niega en la práctica los pocos derechos que le reconoce y le impone sin embargo obligaciones y exacciones económicas. Está dispuesto a negociar las condiciones de su liberación y a pagar un rescate por el fin de su cautividad, si fuera preciso, aunque cree que el Estado le debe dinero. Por el camino, Soberano, doña Soberanía, don Alonso Quijano, Pero Grullo y el Lector Intruso observan que se acercan hasta ellos diversos grupos de otros lectores de esta novela, que desean acompañarles para conocer el final de la embajada. Uno de los lectores arenga al grupo del siguiente modo:

Capítulo XXIII (continuación)

–¡Basta de la malversación de los ricos predios y pastos públicos, donde una marabunta de administradores sin escrúpulos han instalado sus propios comederos privados, para solaz y disfrute de sus paniaguados estamentales...! ¡Si son servidores del pueblo, que nos sirvan y obedezcan, como dice maese Pero Grullo, y que no posean mejores y mayores prerrogativas que nosotros, que somos sus empleadores y quienes abonamos sus salarios!

Otras voces prorrumpieron en parecidas consideraciones, al calor de la gente que se iba congresuando en torno a nuestros héroes; otros más alabaron el discurso de don Alonso, en donde había establecido las diversas clases de vasallos, según el número de sus derechos, si bien carentes de potestades, y en el que había entonado su esperanza en la llegada de la libertad, cuando el hombre libre sea dirigente de sí mismo y director de los derechos que decida concederse y codirigirse participativa y conjuntamente; otro aun, por fin, fue más lejos que ninguno, puesto que, tras reclamar un instante de silencio, se expresó en los siguientes términos:

–Estimados condueños de lo público y compañeros de infortunio todos. He aquí que el sistema en el estamos nos despoja así de nuestros bienes privados como de las prerrogativas que debieran correspondernos en tanto que soberanos de lo público... Ni gozamos de soberanía sobre nuestra propia persona, ni disponemos tampoco de poder alguno sobre los bienes y funciones públicas que nos expropian nuestros administradores...

¿No es hora ya de acabar con esta estructura de poder inicua, en donde unos somos los propietarios reales, pero condenados a la inacción y a la impotencia, al tiempo que nuestros subversivos servidores se encuentran insubordinados y alzados sobre nosotros mismos?

¿A quién pertenece un ser humano, sino a sí mismo? ¿Quién otro puede ser su soberano? ¿A quién puede corresponder la decisión de lo que es de todos, sino a todos? ¿Por qué se sigue privatizando lo público, pues, en la voluntad particular y autárquica de algunos...?

Cada cual somos soberanos de nosotros mismos y como tales hemos de actuar, pero ciertamente os digo que, posteriormente, garantizada esa propiedad de nuestra personas y de nuestros bienes personales, es el terreno de la propiedad pública el que sigue siendo tan privativo de algunos como durante el Antiguo Régimen...

La propiedad pública de lo público es el campo donde no se ha avanzado nada desde entonces, sino que seguimos sin las garantías y los mecanismos necesarios para establecer que las propiedades y facultades públicas sean efectivamente de todos, y no la propiedad privativa de algunos autarcas, como antaño y como ahora mismo.

¿Qué han hecho las Constituciones verticalistas para proteger lo público de sus depredadores internos, esos que actúan desde dentro del Estado? Yo os lo diré, amigos míos: absolutamente nada... Pues bien, de igual forma que la propiedad privada sí está ampliamente regulada en las Constituciones decimonónicas vigentes, es preciso constituir todas las garantías imprescindibles para preservar la propiedad y la gestión públicas de lo público, y en este campo de acción veo yo más posibilidades verificativas a ese nuevo Poder Social de la Gente que en otro ninguno.

Estas últimas palabras hicieron que Pero Grullo se diera una palmada en la frente y, desde entonces, se puso a meditar sobre las carencias en torno a esas facultades públicas, que los regímenes viejos seguían privatizando en la voluntad señorial de los menos, como antaño. No obstante, ya se habían aproximado hasta el grupo otros muchos concurrentes, por lo que don Soberano decidió reanudar la marcha hasta la Fiscalía General del Estado, donde pensaba solicitar su libertad o, en caso contrario, dejar constancia que a partir de ese momento pensaba considerarse, de manera fehaciente y probada, en flagrante estado de secuestro.

–Hágalo usted así, sin omitir palabra –le expresaron sus acompañantes–. De esa forma, caerán las máscaras formales que les llevan a concedernos simples permisos teóricos y dádivas menudas, que no son sino nuevos eslabones de la cadena con que nos atan: sólo los que a ellos les convienen y los que después más fácilmente pueden ningunearnos y vaciarnos de sustancia. Pero no nos consienten ejercer ningún tipo de poder director, esos se los reservan todos ellos, a tenor de la antigüedad de este Régimen al que estamos sometidos.

O la libertad o el secuestro. Pero no la falacia de la cautividad con algunos consentimientos... ¡Poder director para el pueblo...! ¡Nosotros concederemos a las autoridades algunos derechos, y, a diferencia de sus patrañas, nosotros sí respetaremos el pacto, o serán las autoridades quienes podrán abandonarnos!

A lo que otro de los congregados replicó:

–Nuestro es el presupuesto público y, por tanto, el mejor interés por el buen gobierno de lo que a todos nos concierne. ¿Sobre quién imperarán los verticalistas, si los gobernados decidimos darnos de baja...?

Pidió en aquel punto maese Pero Grullo un instante de calma a la concurrencia, porque le había parecido escuchar, cerca de unos matorrales que por allí había, un sonido y un quebrarse de hojas que ya le eran conocidos... Se acercó hasta el seto próximo y allí, apartando las ramas más gruesas, contempló la figura dolorida de alguien que presentaba síntomas de acabar de sufrir una caída peligrosa.

–Otro lector rezagado –explicó Pero Grullo a la cofradía, al tiempo que se agachaba hasta la víctima del aparatoso accidente para prestarle los cuidados que necesitara–.

–No hay tal, maese Pero Grullo. No soy lector –anunció la víctima, mientras intentaba vanamente ponerse en pie, cosa que no consiguieron hasta varios minutos después ni los solícitos propósitos de Pero Grullo ni los de otros concurrentes, que habían acudido a socorrerle–.

Poco a poco, con más lentitud de la que desearía, se fue reponiendo el accidentado, hasta el extremo de que Pero Grullo, viendo que no tenía roto nada grave, decidió finalmente interrogarle.

–¿Y puede decirnos voacé, en tal caso, quién es y qué hace por estos parajes en actitud tan desairada?

Titubeó un instante el accidentado, pero, como viera que eran muchos los allí congregados, y que efectivamente los más próximos le estaban observando con la misma requisitoria intranquila en sus miradas, se atrevió a presentarse:

–Soy el narrador, maese Pero Grullo –dijo, a modo de disculpa–. Estoy conociendo los entresijos de esta historia y he venido a juntarme con ustedes, si la ilustre concurrencia me lo permite, porque en algunas cosas de las que exponen ustedes, en este y en anteriores capítulos, debo confesar que he llegado a interesarme. Si no hubiera inconveniente, me gustaría seguir los próximos acontecimientos más de cerca, porque se prometen abundosos e intrigantes.

–Mire voacé que aquí ya somos muchos –respondió Pero Grullo– y no sé si está en condiciones de seguir nuestros pasos.

–Haré lo posible por contenerme el dolor y no retrasar el tránsito de la comitiva hacia la embajada prevista.

No estaba muy conforme Pero Grullo con que se incorporase al grupo el recién llegado, en vista de lo penoso de su estado y de los evidentes signos de entumecimiento e hinchazón que se había provocado con la caída. “Más le valía a voacé acercarse a algún hospital o hasta que alguno de nosotros le acompañara, porque varios golpes de los que exhibe tienen pinta de muy traicioneros”, le dijo. Pero como quiera que el herido porfiara y que la comitiva se estaba retardando por unas cosas y otras, al final se determinó que hiciese lo que le placiera, libremente, y que si su gusto era el de incorporarse al grupo, entre ellos no veían mayor contraindicación ni inconveniente.

Aún solicitó otro favor el lesionado, mientras reprimía en lo posible los síntomas de baldamiento y magulladura con que los diversos esguinces y luxaciones le estaban mortificando, circunstancia que no se le ocultaba a ninguno de los presentes, y fue que se le permitiera ir a recoger unos utensilios que necesitaba para realizar mejor su trabajo.

–Un instante tan sólo y volveré con papel y pluma, que se han quedado encima de mi escritorio. Por ventura creo que necesitaré tomar abundantes notas de la embajada que ahora comienza.

Con el ánimo suspenso y todo el apresuramiento que pude darme, para no incomodar a la comitiva más de lo necesario, regresé hasta mi oficina, donde tomé los útiles imprescindibles, y en pocos momentos retorné hasta el grupo, ya con el mínimo instrumental en la mano.

–Está bien. ¡En marcha! –gritó con voz resuelta don Soberano, una vez que se había recuperado la normalidad–.

El cortejo de ciudadanos libres reanudó su camino en dirección a la Fiscalía General. El séquito iba presidido por don Soberano, a cuyo lado resplandecía como nunca su esposa y complemento necesario, doña Soberanía. Junto a ellos, efectuaban los honores don Alonso Quijano, el impar caballero de la Libertad, y maese Pero Grullo, su fiel escudero y amigo. Más atrás, un tropel de soberanos se venían sumando al acompañamiento.

Y aun parece que cuando iban a perderse ya en la lejanía, los cuatro paladines tornaron un instante la vista atrás y sus manos se elevaron a lo alto, hacia los más rezagados, y con un gesto enérgico y raudo les invitaron a sumarse a la comitiva.

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Fin de la novela “Soberano don Nadie”. La continuación es propia de los seres libres que la hayan leído y entendido, para no demostrar mayor necedad que el supuesto necio Pero Grullo, aunque el cronista de esta singular y verdadera historia promete una Segunda Parte.

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'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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