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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Mago soso, novela sosa

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 8 de mayo de 2006, 05:18 h (CET)
El mago Hans Chans acude a un Congreso en Panamá, una reunión internacional de ilusionistas hábiles con la chistera, los espejos mentirosos, los dobles fondos y los serruchos trucados. Pero Chans tiene un problema: él no es un ilusionista, sino un mago auténtico, dotado de poderes únicos que le permiten convertir en reales todos sus deseos. Y lo que Chans anhela es aprovechar sus cualidades, convertirse en el número uno, ganar dinero, ser famoso, exhibir la mejor magia que nadie representó jamás encima de un escenario, dándole la apariencia de un truco normal. Pero, ¿cómo hacerse pasar por un mago cualquiera? ¿Cómo resistirse a poner en práctica todo lo que pulula en su mente? ¿Cómo no ejercer de rey Midas? ¿Cómo soslayar las consecuencias que ello puede acarrear?

Este es el planteamiento que el argentino César Aira (Coronel Pringles, 1949), nos sugiere en las primeras páginas de su novela “El mago”, reeditada recientemente en nuestro país. Un punto de partida sugestivo en verdad, atrayente, que obedece a la máxima de los grandes escritores: colocar a alguien en un lugar donde no encaja y ver los equívocos y situaciones que se provocan.

Pero en este estupendo inicio, descubrimos ya la primera cojera de su novela. Magos genéticos no hay. Existen personas sesudas, solitarias y laboriosas, a menudo tuteladas por maestros expertos, que aprenden las artes mágicas como otra ciencia cualquiera, metiéndole horas al estudio y lectura de libros sobre la Magia y experimentando fórmulas y hechizos ancestrales. Poco a poco, César Aira va diluyendo todas las expectativas que había despertado en nuestra curiosidad lectora. Chans, acompañado por su guía en el congreso, el panameño Pedro Susano, se introduce por senderos intrascendentes: la visita al Canal de Panamá, al zoológico, al mercado, a una cafetería. Además Susano se nos revela como un cicerone torpe, parco en palabras e inexperto. Así que “El mago”, aunque contiene buenos momentos (la escena con el Ministro de Cultura, la del espejo donde Hans Chans descubre que va vestido de mago todo el día o el aceptable desenlace final), se va convirtiendo en una novela sosa, como el propio protagonista, al que le viene como anillo al dedo el adjetivo catalán “cagadubtes”.

Como ejercicio introspectivo, “El mago” no cuaja y, como novela, naufraga en el tedio por momentos. Aira ha echado mano de un estereotipo que, a mi modo de ver, no funciona pues intenta contraponer a su personaje con los magos tradicionales sin que lleguemos a saber nada de ninguno de ellos durante todo el relato. De este modo resulta imposible establecer una mínima comparación entre uno y otros.

Creo que la literatura debe ofrecer cosas que no encontramos en lo cotidiano. Me produce tristeza constatar que la manida frase “la realidad supera a la ficción” se cumple una vez más. Si una novela, un cuento o un relato breve no supera nuestra vida diaria sumergiéndonos en un mundo distinto, original y cargado de sensaciones novedosas, pregunto: ¿para qué leer? Y respondo: mejor vivir, ¿no?

En algún rincón de Internet he leído que el propio Aira, a propósito de “El mago”, manifestó que «el motor de la novela fue la idea de que pedir deseos y hacerlos realidad puede resultar peligroso por los efectos colaterales incontrolables a que pueden dar lugar”. A mi juicio, el motor al que alude el escritor argentino falla, le falta chispa y provoca en el lector algún que otro bostezo. En la Red también he encontrado que Aira tiene la necesidad de probar siempre cosas nuevas. “Lo que más me gusta es tener la libertad suficiente para experimentar. Ahí está la gracia de escribir». Si “El mago” es un experimento más, es preferible que siga probando, que lo intente de nuevo. A fin de cuentas no todos los experimentos que un escritor pone en práctica consiguen el objetivo propuesto.

Lástima. Tenía ganas, muchas, de leer alguna novela de este escritor argentino que, salvo por unos giros muy concretos (vos, podés, tenés, rubro, tipear), parece más un plumífero peninsular. Quizá por ello me sienta un poco decepcionado. En general, la literatura sudamericana me seduce fácilmente. No hace falta citar nombres. En mi lista están todos los que le gustan a cualquier lector medio y algunos más. En el ámbito literario argentino, Roberto Arl, Ricardo Piglia y el maestro Borges son los antecedentes con los que me he enfrentado a “El mago”. Quizá por ello me sienta un poco decepcionado.

Para quienes deseen adentrarse en el universo literario de César Aira, en España, además de “El mago” pueden encontrar un buen número de sus novelas: “Emma, la cautiva” (1981), “Canto castrado” (1984), “Una novela china” (1987), “El bautismo” (1991) “Cómo me hice monja” (1993), “La mendiga” (1998), “Cumpleaños” (2000) y “Las noches de Flores” (2003).

Ojalá mi próximo acercamiento a la obra del escritor de Coronel Pringles -qué nombre tan sugerente para una ciudad— resulte más afortunado. Ojalá.

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“El mago”, de César Aira. Editorial DeBolsillo. Octubre, 2005.

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