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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Felicidades a La Vanguardia

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 3 de febrero de 2006, 04:27 h (CET)
Hubo un tiempo en el que, a primera hora de la mañana, me encantaba madrugar para bajar a la calle y acercarme al horno a comprar el pan recién horneado, después me acercaba al quiosco de la esquina y compraba el periódico, recién llegado y con aquel olor a tinta que incluso te dejaba los dedos pringados del negro de las letras impresas. Aún hoy, en la época en que Internet nos permite leer sin necesidad de movernos de casa la prensa de todo el mundo, me gusta madrugar y seguir con mis viejas costumbres aunque cada día el pan huele menos a pan y los diarios ya no nos ennegrecen los dedos con la tinta desprendida de las palabras. En fin, que soy un lector de diarios desde mi más tierna infancia.

En mi casa los mayores leían “La Vanguardia Española”, entonces todavía se llamaba con ese calificativo que le pusieron las tropas vencedoras en el denominado Año de la Victoria. Dentro de la penumbra de la censurada prensa española de la época este periódico barcelonés era como un oasis en el que poder leer entre líneas las opiniones de sus colaboradores y, por encima de todo, según me contaba mi abuelo años más tarde, leer las crónicas de guerra de sus corresponsales nada sospechosas de amor a lo germano que es lo que en aquellos años se llevaba. Los escritores de La Vanguardia y sus redactores siempre estuvieron a favor del bando aliado, esperando que con su victoria las cosas podrían cambiar en España. Años más tarde yo me pasé a leer “Pueblo” donde su director, Emilio Romero, escribía unos “gallos” que, llenos de demagogia, nos hacían creer que el periódico del sindicato vertical estaba a favor de los obreros. Pero siempre seguí leyendo a los columnistas de La Vanguardia”, y hoy, cuando ya han pasado muchos años y las nieves del tiempo han dejado huella en mi pelo sigo leyendo cada mañana a los viejos y nuevos columnistas del diario barcelonés.

La Vanguardia cumplió ayer 125 años y eso es un motivo de alegría para cualquier devoto lector de prensa. Desde aquel 1 de Febrero de 1881 en que los hermanos Godó lanzaron a la calle el periódico han sido cuatro las generaciones que han pasado por sus páginas. Cuatro generaciones de redactores, lectores, anunciantes y suscriptores( hoy son más de 60.000 los que siguen recibiendo el periódico en su casa). También han sido muchos los colaboradores, de todos los colores del espectro político, que han llenado sus páginas. Clarín y la mayor parte de la generación del 98, Tapies, Ramón Trias Fargas, Joan Fuster y sus corrosivos escritos, Baltasar Porcel que todavía sigue cada día deleitándonos con sus disquisiciones, Fabián Estapé que nos enseñó mucha economía con sus escritos, o los más jóvenes como Quim Monzó o Francesc- Marc Álvaro.

Entre sus primeros directores encontramos a Miquel del Sants Oliver o a Gaziel. Durante los tres años de la guerra incivil las instalaciones del periódico fueron incautadas primero por la Generalitat catalana y más tarde por los órganos pertinentes de la República. Y a partir del 1 de Abril de 1939 el periódico fue obligado a añadir la coletilla de “española” en su mancheta. En aquellos largos años de silencio, miedo y terror no podía haber nada, y menos en Catalunya, que no fuera español. Coletilla que se mantuvo hasta el 11 de Agosto de 1978 día en que el periódico volvió a ser tan sólo “La Vanguardia”sin ningún añadido espurio. Durante veinte años fue su director Luis de Galinsoga, nombrado directamente por Franco, y a pesar de los esfuerzos de este hombre, anticatalán a ultranza, el periódico siguió siendo el mismo y tan sólo bajó en sus ventas cuando este director, nombrado por Franco, se atrevió en 1959 a insultar a todos los catalanes cuando después de asistir a una misa, en catalán, pasó a la sacristía y le dijo al oficiante “ sepa usted que todos los catalanes son una mierda”. Los suscriptores se dieron de baja en su mayoría, el periódico aparecía con sus hojas destrozadas por las Ramblas, y las ventas bajaron de manera ostentosa. Así que Franco no tuvo más remedio que con su magnánimo dedo cesar a quien había nombrado veinte años antes. Desde entonces siempre han sido buenos periodistas y directores solventes los que han pasado por la redacción de “La Vanguardia”. Tan sólo citaré a dos, Manuel Aznar Zubigaray, abuelo de José María Aznar, que dejo el cargo para seguir en la carrera diplomática y Horacio Sáenz Guerrero que fue quien se rodeó de un buen plantel de colaboradores que le daban credibilidad al periódico.

Así que, feliz cumpleaños y larga vida a “La Vanguardia” un periódico en el que tienen cabida, como en este Diario del Siglo XXI, todas las opiniones que sean respetuosas. Algo que es difícil de encontrar en este tiempo donde parte de la prensa se ha instalado en el insulto y la descalificación.

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