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Etiquetas:   Crítica de cine  

'¿Cuánto me amas?': el arte y el precio de amar a Monica Belucci

Pelayo López
Pelayo López
domingo, 26 de marzo de 2006, 22:17 h (CET)
"¿Cuánto?". Con esta pregunta comienza un episodio más del particular submundo de la noche de Bertrand Blier, en este caso centrado en las prostitutas del Pigalle. "Me amas". Así termina el variopinto y surrealista recorrido por este universo en el que un oficinista, al que sin embargo le ha tocado el gordo en la lotería, decide contratar, mediante una proposición ¿in-decente?, hasta que el dinero y también su delicado cuerpo aguante, a una escultural prostituta. Humor negro, demasiado negro en ocasiones -en un tema tan extendido en la actualidad, sobre todo entre las personas de cierta edad: la soledad-, escenas surrealistas a más no poder, unos diálogos y una escenografía que, por momentos, se muestra más teatral que cinematográfica, por no hablar de la luz blanquecina que profundiza esta sensación, y el coro griego que componen la vecina contenida, el "chulo" elegante y los compañeros de oficina metomentodo -al más puro estilo "Aquí no hay quien viva"- y que recuerda a los tintes sicóticos de Woody Allen en su "Poderosa Afrodita" -¿alguna semejanza?-.

Algunos tomarán buena cuenta de la "matrícula" de Blier para salir en dirección contraria cuando tengan ante sí un nuevo título del veterano realizador, que parece finalizar un círculo cerrado inicado hace casi 30 años y que le ha llevado a ganarse ese manido sobrenombre de "viejo verde" por buena parte de la crítica y de los aficionados, eso sí, sin llegar al cúmulo de Tinto Brass. En 1977, Blier ganaba el Oscar con "¿Quiere ser el amante de mi mujer?", un camino en el que ha reincidido porque después llegaron otros títulos como "Demasiado bella para ti" o "Tú me hiciste mujer", y si mezclamos todos estos títulos en un amasijo obtendremos la esencia de esta tragicomedia. Por cierto, le podemos ver en la película como el primer cliente de la prostituta que se quiere ir a las Seychelles. Quizás debería pensárselo, la compañía, eso ya es cosa suya. Aunque ahora que caigo -espero que no sea así, tocamos madera-, no sabemos si el rotundo cuerpo de la protagonista le causó al director algún que otro estrago como a varios de los personajes de la película, y es que más de uno tiene un soplo, en estricto sentido literal, al ver las curvas sinuosas de Doña Monica.

En resumidas cuentas, una especie de "Pretty Woman" en la que Richard Gere y Julia Roberts son sustituidos por Bernard Campan -un cómico francés muy famoso en su país, pero que aquí sufre las mismas consecuencias que otros humoristas patrios cuando han decidido dar el paso cinematográfico- y sobre todo por el alma -y también cuerpo ¡cómo no!- mater -nunca mejor dicho, puesto que en el rodaje tenía que hacer cortes para amamantar a su recién nacida hija- de la película: Monica Belucci. Aunque alguno han definido ya a "la Belucci" como un maggiorata, si ese término presupone únicamente un cuerpo para el deseo y el pecado se equivocan. Este papel de prostituta, en la línea de otras europeas como "la Deneuve" en "Belle de jour" o "la Loren" en "Matrimonio a la italiana", demuestra que la italiana, además de un cuerpo impresionante, tiene en su haber una importante retahíla de registros, tal y como ha demostrado sobradamente en "Astèrix y Obèlix", "La pasión de Cristo" o "Malena", dos cintas con las que este papel guarda ciertas similitudes. Ambos están escoltados por un insulso Gerard Depardieu y por un siempre en la línea de sus películas con Guediguian, Jean-Pierre Darrousin.

Y es que ya se sabe, nadie ha dicho que amar sea fácil, ni siquiera a Monica Belucci. Aunque eso también va en el lote. No todo va a ser felicidad, porque ¿quién habló de felicidad?. Si estuviésemos en la España de los ´70, en resumidas cuentas, sería típico cine del destape, así que allá ustedes. Seguramente les merecerá más la pena emplear el dinero en ver alguna de las películas españolas presentes en los Goya, si no lo han hecho ya. Y eso que hablar de la ceremonia nos llevaría tiempo. En definitiva, como dice uno de los boquiabiertos compañeros de trabajo del protagonista: ¡Qué belleza de mujer".

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