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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXXII)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
miércoles, 8 de febrero de 2006, 00:49 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción

Resumen de lo publicado: Soberano don Nadie ha pronunciado ante la muchedumbre de todas las naciones y razas su famoso “Sermón de la Montaña” en el que ha condensado en “diez bienaventuranzas” las enseñanzas de Pero Grullo para alcanzar la democracia real, resumidas en un nuevo precepto democrático que engloba los anteriores. Después de ello, Soberano don Nadie se encamina definitivamente hacia la Fiscalía General del Estado, para comunicar en dicho lugar la autodeterminación que ha adoptado.

Capítulo XXIII. (Final)

Donde Soberano acude a darse de baja en el Estado de Secuestro en el que era nadie y observa que le siguen muchos lectores que también se sentían nadie hasta entonces

–¿Y considera voacé que las autoridades entenderán que una entidad o asociación que obliga a pertenecer a ella forzosamente, sin posibilidad de escapatoria, y extrayéndole al asociado impuestos económicos, no admitiendo ni para lo uno ni para lo otro la voluntad del forzado, es una asociación claramente tipificada como fuera de la ley, amén de estarle privando de su libertad al cautivo que mantiene en obligatorio estado de secuestro? –inquirió Pero Grullo–.

–Entenderlo sí lo entenderán –respondió don Soberano–; pero no se rendirán ni ante la evidencia: les va en ello su sueldo de funcionarios y sus privilegios políticos... Peligrarían sus cómodos estipendios, si la ciudadanía pudiera marcharse, para fundar otro orden de cosas y de valores, ante la clamorosa elocuencia de la ineficacia de los servicios del Estado y el habitual maltrato y pigricia con que se castiga a los obligatorios secuestrados.

Los juristas, sin duda, mirarán hacia otro lado, que es lo que hacen los juristas cada vez que un asunto tipificado como delito lo practican los políticos que les pagan. ¡Esa es la condena eterna de los juristas, que deben ejercer toda suerte de ventriloquias legales, para preservar sus carreras políticas, al servicio de sus amos...!

–Mucho emplea usted aún la palabra “jurista” –corrigió Pero Grullo–. Recuerde que estamos ante la familia de términos mentecaptatorios por excelencia y que ése no es sino el latinismo entenebrecedor con que les enalteció el absolutismo del Antiguo Régimen, cuando en sencillo castellano no pasan de “leyeros”.

–De leyeros políticos. Así es, en efecto –rectificó don Soberano–, porque sólo en ese género de leyes son peritos, no en las leyes científicas, sino en los caprichos volubles decretados por quienes les dictan su pensamiento, a cuya conveniencia acomodan sus dictámenes posteriores, por los motivos nutriciales que acaban de describirse. ¡Grande es su ciencia: pensar lo que en el BOE les ordenan que piensen!

Nada espero, pues, de estos leones domados, que enseñan sus fauces a los enemigos del poder, según la orientación del látigo que les mueve el dictamen y el premio final que les hayan prometido. ¡Desalmados muñecos de ventrílocuo!

En cuanto al resto de las mafias covachuelistas que triscan y pacen en los ricos comederos públicos donde sacian su voracidad todas las autoridades presupuestívoras... tampoco espero nada. Necesitan la indefensión y la cautividad de los forzados a apacentarles y a obedecerles, luego tampoco querrán entender que su dominio y bienestar se asienta sobre la dominación y el malestar de los sometidos... Por eso, a pesar de que yo les exponga mi voluntad manifiesta y mi libre determinación de no asociarme con ellos, aplicarán contra mí su fuerza represiva y me mantendrán subyugado bajo sus abusos y ordeñamientos crematísticos.

¡La covacha tira mucho, de manera que también mirarán para otro lado; preferentemente, a mi cartera, que es de lo que se trata en todos los secuestros...! ¡No iba a querer otra cosa de mí el Estado de Rececho! Cazarme para imponerme exacciones económicas y receptar los motivos, para que parezcan más nobles.

Ninguna esperanza tengo depositada en ellos. Me seguirán extorsionando, contra mi voluntad, con la excusa de prestarme servicios, que ni recibo en el grado que costeo ni deseo recibir... Todos nosotros podría procurárnoslos de otro modo más económico y más eficaz, si lográramos escaparnos de sus abusos y de sus prepotencias, para fundar un orden democrático de lo público.

Sí, todos podríamos hacerlo, caso de que alcanzásemos a sacudirnos de encima a estas mafias que se escudan en los servicios que prestan para imponer su ley y sus tributos. ¡Esa fue siempre la coartada de las aristocracias para extraer sus impuestos, los servicios que prestaban! Y esa sigue siendo en nuestros viejos días de este Régimen Antiguo que padecemos, la misma que la de todas las mafias eternas para exigir tributos a quienes extorsionan, por la fuerza... La de todas ellas, oficiales o no oficiales, delictivas o no delictivas... pero sólo porque sus leyes ya son “legales”.

Dos cosas sí me intrigan más que ninguna otra, Pero Grullo –le dijo confidencialmente–:

La primera curiosidad consiste en la coartada legal que fingirán esta vez para decirme de otro modo aquello que me estarán diciendo: que eso de la libertad está muy bien en los papeles, pero que en realidad y en la práctica les pertenezco a ellos, como simple proveedor forzoso de sus palaciegos graneros... Sé que estoy adscrito a su cómodo bienestar, igual que el resto de los súbditos forzosamente cautivos bajo su injusto imperio... Pero, ¿qué humareda y añagaza mental pretenderán mostrarme para justificar lo que ellos mismos comprenden que es injustificable, es decir... que yo sea propiedad de ellos?

Hasta estaría dispuesto a pagar por mi rescate, ciertamente, si esa fuese la condición exigida, aunque, más bien, si echáramos cuentas, yo saldría acreedor de ellos. Pero les perdono hasta sus deudas.

–El “derecho de Conquista” de estos conquistadores lo tienen por tan absoluto que ni siquiera admitirán el rescate de las naciones tributarias, ni de uno sólo de sus individuos. Entrañaría el fin de su modelo, porque en poco tiempo sería tan rentable organizarse de otro modo que se les vaciarían sus cárceles y ellos tendrían que empezar a ser productivos, sin imperar ni legislar ya sobre los conquistados –musitó para sí Pero Grullo–.

–¿Cómo dices, Pero Grullo? No he entendido esto último.

–Nada. Cosas mías que a veces se me ocurren.

–Otra cuestión me intriga –continuó Soberano–. ¿Qué pasará una vez que yo haya abierto esta brecha? ¿Cuántos más querrán recuperar su libertad para ser, para decidir, para disponer de poderes efectivos, para determinar los servicios que quieren recibir y el modo de establecerlos y de verificarlos? Para no seguir siendo un don nadie humillado por mis presuntos tutores y mandado señorialmente por mis presuntos criados.

–Temo que si la costumbre arraiga los días de este sistema de ficciones estén contados –advirtió Pero Grullo, esta vez en voz alta, subrayando convenientemente el primer término de la hipótesis o prótasis–. Aunque otra posibilidad veo más sencilla para que se cumpla la apódosis.

Hela aquí: quizá no sea preciso que la costumbre arraigue tanto... Tal vez, sólo tal vez... baste con que la simple amenaza crezca. Acaso ante la posibilidad de perder a un buen número de sujetos impositivos, hastiados de los incumplimientos de los administradores, se atenúe la dictadura del Estado y consideren factible renunciar a una parte de sus privilegios, ante el riesgo de perderlos todos.

–Curiosa posibilidad, maese Grullo, sobre la que más adelante trataremos –replicó don Soberano–. Ahora debemos centrarnos en la cuestión que nos ocupa, para ir poco a poco, y paso a paso.

La comitiva que, un poco más atrás en aquellos momentos, acompañaba a don Soberano en su inquebrantable decisión de autodeterminarse libremente estaba compuesta por doña Soberanía Ninguneada, que atendía con suma curiosidad la aventura emprendida por su marido, con la convicción de seguir sus pasos exactamente, como éste diera con una rendija por donde alcanzar la libertad, que también anhelaba; por don Alonso Quijano, a quien aquellas frases de don Soberano comparándose con un cautivo, llevado forzosamente por las sendas que no quería recorrer, le recordaban pasados y tristes infortunios, hasta el extremo de querer prestarle todo el auxilio que pudiera; y por el Lector Intruso, que había reaparecido poco antes, afirmando a nuestros héroes que aquella aventura ante la iniquidad, por nada del mundo querría perdérsela.

Fue precisamente el Lector Intruso el primero que dio la voz de atención a la comitiva, indicándoles que volvieran la vista atrás, porque se acercaban hacia ellos muchos otros personajes:

–Se trata de bastantes personas de entre las que estuvieron con nosotros en la alocución de la colina –proclamó el Intruso– y otros muchos lectores como yo, con quienes ya venía hablando para que se sumaran a nuestra marcha, los cuales al parecer han dejado atrás sus miedos y recelos y han decidido añadir sus fuerzas a las nuestras.

–Son personas como voacé, señor Lector, y como don Soberano, que también desean empezar a sentirse alguien –dedujo Pero Grullo–.

–Así es, en efecto, en las últimas conversaciones que he mantenido con otros lectores, ya bastantes de ellos estaban decididos a involucrarse en la narración cuanto fuese preciso y querían acompañarme. Ahora veo que, en verdad, han sido muchos quienes han determinado incluirse en la acción y marchar a autodeterminarnos por nosotros mismos.

Casi alcanzaban ya los primeros contingentes de los recién llegados la altura de nuestros personajes, entre muestras de gran contento por parte de algunos e incluso algún vítor aislado a Pero Grullo que poco a poco se fue incrementando, cuando de entre los visitantes se alzó una voz que se expresó de esta forma, con toda rotundidad y fuerte convicción, arengando a la muchedumbre:

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Última entrega de la novela: sábado, 4 de marzo.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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