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El colmo de la democracia

Pelayo López
Pelayo López
martes, 31 de enero de 2006, 00:51 h (CET)
El jueves por la noche, el presidente del Gobierno comparecía en un medio de comunicación de reciente creación, Canal Cuatro en concreto -curiosamente los colores corporativos tanto de la cadena de televisión como del PSOE coinciden-, para mantener una entrevista con uno de los periodistas de este país con una trayectoria más dilatada en el tiempo y solvente en profesionalidad. Hablamos de Iñaki Gabilondo, hasta hace poco responsable del magazín matinal líder de audiencia a nivel nacional en la cadena SER. Como no podía ser de otro modo, entre los temas abordados -la situación en el País Vasco, la economía, las relaciones internacionales, el ¿descontento? militar...-, tuvo el papel protagonista el acuerdo PSOE-CIU sobre la reforma del Estatuto de Cataluña. Por un lado sus contenidos, por otro las posturas y reacciones que ha vivido el entorno durante todo este proceso, incluso antes de que se aprobase en su momento en el Parlamento catalán un proyecto diferente al que ahora parece será aprobado en el Congreso de los Diputados.

Sin embargo, para hablar hoy me he reservado un asunto que también fue abordado casi de manera continua y de soslayo en cada pregunta durante dicha entrevista -por cierto, la formalidad y corrección del trato de usted acaba por perderse inconscientemente cuando el trato cotidiano es de tú, y si no que se lo pregunten tanto al periodista como al político-. Casi en cada réplica Rodríguez Zapatero encontró tiempo para dedicarle unas palabras al principal líder de la oposición. Es curioso ver al nuevo ejecutivo insistir en los errores atribuidos al anterior gobierno popular, es decir, reprochar lo acontecido en el pasado y vanagloriarse de los refutables logros haciendo caso omiso de lo todavía mucho por realizar. Pero lo realmente más grave es la maleabilidad -no sólo de manejable sino también de ¡malicia!- con que se hace uso de la Constitución, el cáliz de nuestro altar democrático a propósito de encíclicas vaticanas.

Ya se sabe que es de tontos tirar piedras contra el tejado propio, pero aún así se dan numerosos casos. ¡Allá cada cual! Y en este asunto... lo dicho, cada cual que se haga cargo de su techumbre. Nos hemos acostumbrado a decir y a escuchar tanto la palabra Constitución que el significado se esfuma en el aire -nunca mejor dicho en los tiempos que corren- poco a poco, al tiempo que va cumpliendo años y haciéndose mayor, aunque a algunos inmovilistas les parezca que no es así. Y yo me pregunto, si los problemas derivan de una mayor profundidad, ¿por qué tratar de solventarlos en superficie y no yendo a la raíz? Si fuésemos a la raíz, los militares podrían opinar y por iniciativa popular podría refrendarse cualquier asunto de interés nacional. Entienden bien, no es que sea populista, me considero más bien societario -defensor de la voz de la sociedad, aún cuando los gobernantes se saben electos por los ciudadanos pero se consideran tales por alguna instancia superior-.

Y la raíz, en este caso, es la propia Constitución. Normalmente no suelo coincidir con las tesis populares, pero es que uno trata de ser lo más objetivo posible, y si se coincide con unos u otros es indiferente. Se ha escuchado recordar al presidente del Gobierno en numerosas ocasiones que los Estatutos llevan vigentes en torno a dos décadas, y que el escenario de aplicación de los mismos, la sociedad de nuestro país, ha cambiado, por lo que también deben ser modificados. ¿No es precisamente la misma situación que vive nuestra Carta Magna? Si realmente vivimos en una sociedad que se autoalaba de ser plenamente democrática, ¿no es hora ya de que los militares puedan expresarse libremente como cualquier ciudadano?, ¿no han demostrado en todo este tiempo su lealtad al país, o sólo sirven para oír, ver y callar? ¿No es también cierto que la máxima expresión de la democracia es el voto ciudadano? ¿Por qué excluirlo entonces de decidir en asuntos tan importantes como el que ahora se suscita? ¿Por qué somos los ciudadanos los que siempre tenemos que pagar los errores de los políticos? Perdonen mi exasperación, pero me parece el colmo que algunos tachen un referéndum, aunque sea basándose en leyes, de antidemocrático o anticonstitucional. Si es así, lo miren por donde lo miren, quizás la que no funciona es la Constitución.

Y aún podríamos hablar de democracia en relación a las elecciones palestinas y al triunfo del movimiento radical Hamas, elegido por el pueblo y sentenciado ya a ser ignorado por Israel y Estados Unidos. Claro está que hablamos de una formación que habla también con el sonido de las armas, algo a lo que se suele llamar terrorismo y contra lo que el Presidente Bush tiene su particular cruzada. ¿Será quizás esta su próxima diana? Esperemos que no, que Hamas dedique sus esfuerzos al diálogo y a la política, que aunque profusamente ineficaz, es un camino más adecuado para una sociedad. Pero eso es harina de otro costal.

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