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Música

Etiquetas:   Festival BarnaSants   -   Sección:   Música

La dulce memoria de Ismael Serrano

El cantautor madrileño abre su gira por Cataluña con un concierto en L' Hospitalet
Redacción
jueves, 20 de julio de 2006, 03:47 h (CET)
Ismael Serrano llegó al Teatre Joventut de L' Hospitalet de Llobregat para calmar el virus del miedo con una elegía a la memoria y su amnesia que bailaban los jubilados con un vals. La fragilidad de la inocente y pequeña caperucita, que duerme cuando su padre le cuenta otra vez las historias de antaño. Mientras, va creciendo y se pregunta qué será de ella, unos dicen que la aman y no estará sola, pero sucede que a veces todo es mentira. Ahora que ha terminado el concierto, ya nada es lo que era, aparece de nuevo el vértigo de la rutina junto al sol y amanece un día igual que los cien anteriores. Es tiempo de planear nuevas huidas, poner a salvo nuestras jóvenes y frágiles soledades, deseando que Ismael encuentre el camino de regreso, y el “volveré temprano” se convierta entonces en una cita que alimente el recuerdo.

Eduardo Cassano - Nerea Carvajal / Enviados especiales
El primer fin de semana del XXI Festival de BarnaSants contó con la sensibilidad del madrileño Ismael Serrano, que deleitó durante tres horas al público del Teatre Juventut de L’Hospitalet de Llobregat. Era su segunda noche consecutiva, pero no escatimó esfuerzos para reivindicar la memoria durante las tres horas que duró el concierto. Después de las dos primeras horas, ofreció hasta seis bises a un público entregado que no se movía de sus asientos cada vez que se despedía por última vez.

El concierto fue de lo más íntimo, sólo él y Freddy Marugán con las guitarras. El lugar, muy acogedor, idóneo para la ocasión. Un teatro que visitó por tercera vez y siempre ha llenado, y al que esperaba volver en más ocasiones.

Durante todo el concierto no dejó de recordar la importancia de la memoria, la misma que muchos parecen haber olvidado. Cada canción tenía su pequeña introducción, desde Caperucita, explicando su visión optimista de Chile y la reciente elección de una mujer como presidenta, Michelle Bachelet, hasta El vals de los jubilados, que introdujo con una pequeña y triste historia acerca de la soledad de la tercera edad.

Una chica le pidió el número de teléfono tras los aplausos de Ahora. El público reía cuando un desconcertado Ismael reconoció que “no lo esperaba, me ha dejado sin palabras, y eso es difícil”. Tras las risas, le respondió “apunta: 112…” y sonaron los acordes de Cien días.

Además de presentar su último disco “Naves ardiendo más allá de Orión” y repasar su discografía, regaló a los asistentes tres versiones de las canciones de otros artistas; Y si amanece por fin de Joaquín Sabina, de la que comentó que “me encanta la chulería madrileña que imprime la canción”, Rabo de nube de Silvio Rodríguez, uno de sus referentes, y finalmente cantó Mi enfermedad, en el penúltimo de los bises.

El público aplaudía con cierta timidez al principio, pero a medida que transcurrían las canciones a los aplausos les acompañaban unas voces que se sabían a la perfección cada una de las letras. Cada vez que pronuncia “Subcomandante Marcos” o “Che Guevara” en sus canciones, aplaudían con más fuerza que nunca.

Uno de los momentos más emotivos de la noche fue durante la canción Caperucita, donde el público cantaba junto a Ismael, que tras advertir la situación silenciaba la voz para escuchar la comunión total de los asistentes, que se completó con una merecidísima ovación.

Durante una de sus canciones más clásicas, Vértigo, Ismael se metió al público en el bolsillo al asegurar “no sé el frío que hará fuera, pero aquí se está muy bien”. A partir de ahí el público se entregó por completo, gracias en parte al repertorio que vendría, cuando sonaron los acordes de Últimamente, otra de sus canciones más queridas.

Fue entonces cuando llegó el momento de la despedida, la primera de todas. Agradeció el calor del público y toda la gente que hizo posible su presencia sobre el escenario, al Festival BarnaSants y la Diputación de Barcelona que ha organizado una pequeña gira por otras poblaciones de la provincia.

Después de los cuatro primeros bises, se encendieron las luces del teatro y comenzó a sonar la música que invitaba a los presentes a marcharse, pero no fue así. Ismael volvió a aparecer para alegría de los que no dejaban de aplaudir, sorpresa de los que estaban saliendo y decepción para los que se enteraron después de haberse marchado.

Al terminar el concierto, una niña de no más de siete años secaba sus lágrimas en el regazo de su madre. Puede que tuviera sueño y no la dejaban dormir, o puede que no. Tal vez estaba triste al saber que Caperucita lloraba cuando se hacía mayor, sin entender todavía el motivo. Puede que si que lo hubiera comprendido, y junto al mensaje de Ismael por mantener viva la memoria, de repente, cayera esa noche en sus manos la responsabilidad de permanecer viva en las siguientes generaciones las dos memorias de Ismael Serrano: la que él recuerda a nuestra generación, y la nueva que crea en cada disco, en cada canción, que ella debería recordar a la suya.

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