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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Munich': La ira de Dios

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
domingo, 26 de marzo de 2006, 22:17 h (CET)
De todas las películas filmadas por Steven Spielberg hasta la fecha, Munich es sin duda la más controvertida de todas. En ella el director de Cincinatti nos narra, con su habitual dominio del ritmo y la puesta en escena, la represalía orquestada por los servicios secretos israelíes tras el ataque sufrido por el equipo olímpico judío a manos del grupo armado palestino Septiembre Negro en el transcurso de los Juegos Olímpicos de Munich 72.

Eric Bana es el cabecilla de un comando de chiste compuesto por un francés, un alemán, un americano y un inglés que, con la ayuda de una misteriosa organización no menos hilarante, recorre europa en plan road trip sanguinolento liquidando a los responsables de la acción terrorista. Como si se tratase de un viejo film de atracos, Spielberg pone sobre el tapete, con un estilo visual directamente inspirado en los clásicos del espionaje setentero (French Connection, Los Tres Días del Cóndor, Odessa etc...), una estructura narrativa salpicada de elipsis y de flashbacks, y por más de dos horas, los absorbentes devaneos ajusticiadores del grupo asesinato tras asesinato. En otras y políticamente incorrectas palabras, divertimento puro y duro a la vieja usanza.

La diferencia entre las fantasías de espionaje político de antaño y la propuesta del realizador de Tiburón, estriba en que los acontecimientos que aborda son reales, frescos, y de una importancia capital para entender el mundo moderno, y ello le obliga a andar con pies de plomo a lo largo de todo el metraje a fin de pergeñar un producto que satisfaga a todos. Sin embargo, cualquiera que haya leído algo sobre Munich en los últimos meses sabe que Spielberg ha fracasado de lleno en el intento. De un lado, los palestinos acusan a la película de justificar de manera maniquea los asesinatos selectivos, en tanto que el ala más radical de la política israelí la acusa precisamente de todo lo contrario.

En mi opinión, que estimo más neutral que la de ambos bandos y que la de Spielberg mismo, el director no pretendía otra cosa más que articular un honesto discurso parapacifista acerca de la violencia. De hecho, si algo nos queda claro al aparecer los créditos finales, es que la violencia no conduce a ningún nado porque, como decía el buen Gandhi, sólo engendra violencia. Es un mensaje que se escucha de manera tal vez demasiado explicita (por no decir postiza) a lo largo de todo el film y que da fe de las intenciores conciliadoras del cineasta. Pero buenos propósitos al margen, no cabe duda, a nada que analicemos Munich en profundidad, de que son los Israelíes quienes salen mejor parados del envite. Por estar rodada desde el punto de vista judío o por lo que sea, tan sólo ellos muestran sentimientos contradictorios, remordimientos morales o cuestionan lo que hacen (con el matiz importante de que no cuestionan si lo que hacen está bien o mal, sino tan sólo su utilidad o sus consecuencias). Flota en este sentido sobre Munich una justificación tangencial de la violencia como único, aunque futil, recurso, algo que acerca a Spielberg, de manera inesperada, a la Historia de Violencia de David Cronenberg.

Tal cosa puede que incomode a quienes crean haber visto en la película una alegoría apátrida de la necesidad de una paz estable en Oriente Próximo, pero a quien estas líneas escribe, más que la honestidad impostada o no del director, le incomodan otros dos aspectos. En primer lugar, la escasa armonía existente entre las secciones del film más documentales, realistas, duras, y aquellas otras que se aproximan peligrosamente a la plasticidad siniestra del cine de atracos y espionaje; y en segundo lugar y más importante, la obscenidad moral de ciertas estratagemas de edición, como por ejemplo, una polisémica secuencia en la que Spielberg establece un montaje paralelo de dudoso gusto entre el agente Avner haciendo el amor con su mujer, y la violenta resolución de la crisis de los rehenes. Pese a todo, si usted es de los que disfrutan con las tramas de venganza, o en su defecto de los que paladea cada pregunta sin respuesta que el cine le plantea , no debería perderse este valiente pero irregular film.

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