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Etiquetas:   ¡OJO AL DEPORTE!   -   Sección:  

¡Qué bárbaro!

Carmen Denébola
Redacción
lunes, 30 de enero de 2006, 00:49 h (CET)
Llevo varios días pensando cómo es posible que la sociedad española haya avanzado tanto y algunos parece que sigan viviendo en Atapuerca. Esta idea empezó a fermentarse en mi cabeza el miércoles a eso de las 22’44 cuando vi la imagen del asistente de Megia Dávila sangrando de rodillas sobre el césped de Mestalla. Después de la incertidumbre por saber que había pasado y la incredulidad porque todavía siga pasando, sólo fui capaz de decir “¡Qué bárbaros!”.

No empecé a darle vueltas al asunto hasta que recordé que bárbaro también fue el partido de Kobe Bryant en el que marcó 81 puntos. Y entonces me preguntaba cuál sería la raíz histórica para que usásemos la misma palabra en dos contextos tan diferentes. Los primeros en usar esta palabra fueron los griegos que llamaban así a todo aquel que no fuese griego. En Roma los bárbaros eran extranjeros, crueles, enemigos, groseros, incultos y salvajes.

Nada, la historia no me servía para sacarme de dudas. Así que recurrí al Diccionario de la Real Academia. La primera acepción es el individuo de cualquiera de los pueblos que invadieron el Imperio Romano y el resto de acepciones: fiero, cruel, arrojado, temerario, inculto, grosero, tosco, grande, excesivo, extraordinario, excelente, llamativo, magnífico… y de repente “loc. interj. ¡qué bárbaro!: Indica asombro, admiración o extrañeza”.

Finalmente he llegado a mi propia conclusión: nuestra sociedad siente simpatía instintiva por los marrulleros que se salen con la suya. El que tira la moneda no es más que un ser incapaz de controlar sus impulsos, su instinto y su agresividad. Alguien que se jacta de su desprecio absoluto hacia el otro, y esa es la mejor manera de no cambiar nunca. A este individuo le acompaña una reputación de osadía y coraje como si sus comportamientos infantiles fueran hazañas. Se salta las normas para demostrar que es capaz de ello y no por una convicción. Si no hay público, si no hay ante quien alardear “el que tira la moneda” no tendría razón de existir.

El partido se ha suspendido y los perjudicados son los aficionados que pagaron y no van a ver, el Valencia que juega en casa como si fuera en otro lugar y el Deportivo que jugaba con uno más y el aplazamiento da descanso al rival. A veces pagan los que no deben, pero si no aceptamos este comportamiento y denunciamos a quien lo sigue, es posible que algún día dejemos de escuchar que los partidos se juegan a puerta cerrada o que hubo incidentes entre los aficionados en los aledaños del estadio. Megia Dávila actuó muy bien, pero ojalá no se tomasen medidas sólo cuando el dañado es un árbitro o un linier.

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