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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Debates compulsivos

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 30 de enero de 2006, 00:43 h (CET)
Sin ninguna duda, estamos ante un contraste curioso. En los ámbitos actuales resulta inusual eso de reunirse para un debate exhaustivo sobre los asuntos acuciantes, argüimos o lamentamos esa ausencia a la hora de tomar decisiones. Frente a esa imagen, a nivel mediático sucede todo lo contrario, a cualquier hora se programan debates. ¿Discusiones? ¿Simple suelta de chascarrillos?

No se trata ya de ponerlos de manifiesto, su proliferación está de moda y no encuentra impedimentos, nos encontramos ante la invasión de estos foros para unos debates peculiares. Hoy, son una realidad cotidiana. En torno a una mesa o plataforma para darle un formato, se congregan los protagonistas, preferentemente habituales y dicharacheros. En ocasiones se añaden participantes foráneos -público, llamadas-, y algún experto de forma ocasional y breve.

En estos tiempos las audiencias dictan las directrices, quizá se deba a ese factor la obsesión por asuntos del momento, sucedidos recientes, alarmas o escándalos. En esa elección ayudará también la relación de los temas con algunos personajes famosos, la consideración de asuntos escabrosos, etc. A todo ello se suma la repentización, adquiere carta de naturaleza esa salida brusca de las opiniones, con el añadido de los improperios y provocaciones. Condicionantes frecuentes y muy propicios para provocar y mantener la atención.

En la primera mitad del siglo XX, André Bretón y los surrealistas propusieron el sistema de la "escritura automática". Rayas o palabras dibujadas tal como a uno le venían a la mente, sin elaborar el razonamiento; a partir de esos resultados pretendieron descubrirnos nada menos que el subconsciente, el motor de la vida.

En los debates compulsivos al uso, van brotando unas expresiones de este jaez, automáticas, poco reflexionadas. Vale la impresión que primero les ilumina, las opiniones menos fundamentadas se equiparan con los mejores criterios, y así la bola de nieve esperpéntica prolifera. Es un jolgorio en el cual se equipara todo, si no al peso, sí a fuerza de decibelios.

Con estas maneras de proceder se ponen de manifiesto dos ideas importantes. Los misterios no se van a resolver, tampoco los problemas arduos, permanece muy lejano el contraste científico; por lo tanto lo mejor es dejarlos de lado, no abordarlos siquiera. ¿Para que mencionar las profundidades? Se impone la mentalidad uniformista por defecto, se aplica la opinión monda y lironda, el valor no importa puesto que no se va al fondo del problema. El objetivo predominante es el puro entretenimiento, la diversión dicharachera. ¡Cómo nos puede extrañar que nos globalicen sin tregua!

Son formas de debatir que tambien acaecen en otros escenarios, parlamentos, mesas redondas o elípticas. Se confunde la actitud democrática, pendiente del número de opiniones, sin la consideración precisa de los argumentos. La facilidad incrementa esta frivolidad en las actuaciones. Será lamentable, pero así pueden decidirse obras públicas, medidas educativas, e incluso posiciones de cara a la promoción o censura de determinadas líneas científicas.

Resuena un guirigay ensordecedor que aplaca cualquier intentona de mayores planteamientos, dando lugar a una liberación de impulsos poco controlada, si es posible con puyazos o grescas para mantener la tensión. Suele aducirse un talante de liberalidad para aceptar todas las opiniones ya que están abiertos a todos los horizontes. Y es verdad, porque como no precisan ninguno, todos caben. Es como aquel que dice, el Alcoyano tiene más futuro que el Barcelona, naturalmente, el Alcoyano es todo futuro, mientras que el Barça ya llegó tan alto que más futuro le será difícil. Pero mientras estamos debajo.

No tendría demasiada importancia si todos estos debates insustanciales versaran sobre aspectos INDIFERENTES para las gentes afectadas. Sería una forma de perder el tiempo, pero sin generar malas consecuencias. La realidad es distinta, y peor, cuando los costes del debate en cuestión se abonan con dinero público. ¿Cuál no lo es? Y algunos se pagan bien.

Cambia el enfoque en esta valoración, si los temas y foros generan REPERCUSIONES sobre las personas o la sociedad. Como citaba, de esa guisa es habitual que se decidan cuestiones de urbanismo, fiestas, costumbres, niveles educativos, donde la comodidad facilita las cosas, para no entrar en otros meollos más espinosos.

Estos estilos de debate generan a veces SECUELAS subliminales graves. Unas veces poco escondida su intención, otras muy a las claras. Cito un ejemplo habitual en diversas cadenas televisivas públicas y privadas, todo ello mezclado con una pluralidad de contenidos que abruma, dificultando el esclarecimiento. En una pretendida selección "neutral" de participantes surge una floración de opiniones en la que se deja patente que las drogas deben disponerse para un uso particular y libre; para ello, simplemente bastará que no participen, o poco, los buenos conocedores del asunto. Para una audiencia juvenil o de sectores más predispuestos será fácil colegir la mentalización obtenida. De forma frívola e intrascendente se coló el mensaje. ¿Creen que les importa quienes pueden salir perjudicados de esto?

No es suficiente la libertad de expresión para llegar a un buen conocimiento de las circunstancias vitales. ¡Si sólo fuera cuestión de hablar! ¿Dónde queda el filtro adecuado? Es que sin ese filtro, esas peroratas se diferencian poco de las de mis periquitos; puestos en ese plan les voy a poner de nombre, Sócrates y Atenea.

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