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Un Dios justiciero

Macarena López

lunes, 30 de enero de 2006, 00:43 h (CET)
'¿Está usted listo para escuchar lo que tanto ha esperado? Moción concedida, usted es un hombre libre'. Estados Unidos, cuna de la libertad y también su tumba. Así comencé hace algún tiempo uno de mis artículos, y es la frase perfecta cada vez que va a criticarse al gran imperio, al Nuevo Continente. Cuando se sabe de ciertas noticias, el que más y el que menos se acaba planteando principios básicos, pensamientos que pueden crear un gran conflicto interno personal. Parece ser que no es aquel mundo, el de EEUU, precisamente el que más respeta los principios individuales.

Tras veinticuatro años manteniendo su inocencia, acusado de violación de una madre y su hija de doce años, sale en libertad, habiendo pasado más de media vida entre rejas. Con una prueba de ADN que ha conseguido demostrar que no cometió los delitos que se le imputaban, logra ver la luz, cuando ha estado todos esos años sólo alimentándose de la oscuridad propia de cualquier cárcel. Florida le juzgó y ahora el país le saca. Parece irónico, quien te condena y te castiga, ahora te da tu libertad.

Hagamos un planteamiento: un hombre acusado de violación llega al juicio y presenta pruebas que respaldan su inocencia, pero no más fuertes que las que le declaran culpable. Es como si la prueba del ADN se hubiese inventado ayer y no pudiese alguien tener derecho a hacérsela. Si alguien la pide será porque estará muy seguro de su inocencia, ¿resultado?: nos ahorramos años y años de prisión, media vida desperdiciada entre los muros de una cárcel, sometido a quien sabe cuántas vejaciones y humillaciones –todos sabemos como está el panorama si cruzamos el charco, lo que no quiere decir que aquí todo sea al estilo pacífico-. Por independiente somos importantes, pero en cuanto vivimos en comunidad ya no importan nuestros derechos. El de allí es un sistema plagado de errores, dentro una sociedad contaminada, con continuos lavados de cerebro que no vienen de ahora, que tienen su germen en el pasado. Lo de ese mundo debe ser normal: un país donde la vida de las personas parece como si no importaran tanto, donde la pena de muerte se sigue manteniendo, y un lugar en el que mucha gente, miles de personas, esperan en el corredor a ser ejecutadas. Muchas mantienen su inocencia, pero ninguna tiene la oportunidad de demostrarla.

Todo esto me recuerda algo, parece que estamos ante la figura de un ‘dios justiciero’, que primero se encarga de condenar, y luego da la cara como el mejor de los jueces para decir que la justicia existe y que al final se acaba imponiendo sobre la mentira. Lástima que falsedad y verdad se críen en el mismo huerto y que para que florezca la luz sobre la oscuridad, esta última tenga antes que morir. El problema no es que muera o no, el problema es cuánto tiempo tardará en enfermar la mentira, o mejor dicho, cuánto tiempo llevará que el resto se dé cuenta de la enfermedad.

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