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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Niños

Santi Benítez
Santi Benítez
lunes, 30 de enero de 2006, 00:43 h (CET)
Cuando nació mi hijo Pablo –¡hace ya nueve años!– su madre, que fue la que puso toda la carne en el asador, mantuvo una compostura admirable a lo largo de las horas de dilatación y el asalto de las contracciones. Yo me limitaba a intentar darle conversación entre contracción y contracción, secarle la frente y darle la mano cuando llegaban. Si hay algo en esta vida que demuestra la impotencia del ser humano, y en especial la del género masculino, en un proceso natural que le atañe, aparte del envejecimiento, claro, es el parto.

Fue a la hora y media de llegar a la maternidad, más o menos, cuando apareció una auxiliar preguntando si íbamos a querer epidural. Yo hubiera aceptado hasta una botella de alcohol etílico para dar un par de lingotazos, pero con respecto a la epidural tenía poco que decir. La madre me había dicho durante todo el embarazo de que quería que el parto fuera natural, pero llegado el momento de la pregunta me miró y creo que vio mi cara de sufrimiento, porque, aunque las señoras no lo crean, el sufrimiento que se siente viendo a alguien que quieres pasándolas canutas, sin que puedas hacer nada, es bastante alto. Así que firmó la petición. Sobre unos diez o quince minutos después de ponérsela las contracciones, en palabras de ella, pasaron a ser simples molestias. Me pidió los cascos y a mi me mandó fuera a que me fumara un par de pitillos.

Cuando se inventó al anestesia, era concretamente éter, una de sus primeras aplicaciones lógicas fue el parto. Y aunque parezca increíble levantó gran polémica ya que en la biblia dice “parirás con dolor”. La iglesia hizo campaña desde los púlpitos, no crean que eso es algo moderno, advirtiendo del gran pecado que suponía intentar burlar el mandato divino. Claro, como los curas y las monjas no dan a luz, o eso dicen, pues el resto a pasarlas canutas. La polémica la solventó la reina Victoria que dio a luz bajo los efectos del nuevo anestésico. Y ya saben ustedes lo poco dada que es la iglesia a enmendarle la plana a según que poder. Así que las amenazas de excomunión a las madres que utilizaran aquel invento del demonio quedó en agua de borrajas.

Lo que es increíble es que hoy día, en pleno siglo XXI, la iglesia siga teniendo el peso específico que tiene en cuanto a la regulación legal en la aplicación de adelantos científicos en relación a la salud de las personas. Los políticos lo llaman “implicaciones morales” para no tener que llamarlas por su nombre, implicaciones religiosas. Y aquí la cuestión es que pasa con aquellos a los que la iglesia no nos importa, o a aquellos católicos que entienden perfectamente que eso no implica tener que hacerle caso a la iglesia. Institución que ha demostrado y demuestra que la vida de sus fieles en este mundo no importa tanto como que se preparen para la vida en el otro. No voy a poner aquí declaraciones de altos jerifaltes eclesiásticos sobre el SIDA porque me da vergüenza ajena.

Uno de los campos en los que con más terquedad se está poniendo como excusa lo de la “implicación moral” es en el del estudio de las células madre, en donde su aplicación en accidentes medulares ha dado resultados verdaderamente sorprendentes en laboratorio pero que su estudio en seres humanos sigue pendiente de una regulación legal que no parece llegar nunca, entre otras cosas por la presión que ejerce la iglesia en cuanto a estas cuestiones. Y con ello volvemos a la vieja polémica de preguntar cuales son esas dichosas “implicaciones morales”. De todas formas, lo que están haciendo los padres es enviar a Bélgica a congelar el cordón umbilical de sus hijos, ya que la evidencia científica va en la dirección de que las células madre que contienen servirán en el futuro para curar muchas más cosas que los accidentes medulares. Lo hacen los que pueden, claro, que al final este tipo de falta de decisión política siempre la pagan aquellos que no se lo pueden costear.

Quitando lo evidente del desperdicio que supone la no regulación legal para el capital humano en investigación y desarrollo en nuestro país, también está claro que el desperdicio de vidas humanas frente a la poca sensibilidad política ante el sufrimiento de los enfermos, teniendo en cuenta que nuestro sistema sanitario es mayoritariamente público, no es de recibo ya que el retrazo en esta toma de decisión política sólo beneficia a las industrias farmacéuticas y a las empresas privadas que si dan ese tipo de servicios médicos en el extranjero.

Existe en la red una petición de firmas – Atienda señor Rajoy, que esto es una iniciativa popular con enjundia y no otras tonterías – para que se permita el estudio con células madre sin restricciones. Su dirección es http://www.barcelonaradical.net/forum/viewtopic.php?t=352 . De paso no estaría mal saber cuantos de nuestros políticos están usando estos servicios de conservación de cordones umbilicales en congelación. Con toda probabilidad nos llevaríamos una desagradable sorpresa.

Si por un lado nos escandalizábamos el otro día cuando un líder de Hamás decía que occidente tiene sus constituciones y que ellos tenían el Corán, no es menos escandaloso que nuestras leyes dependan de la resolución de supuestas implicaciones morales que no son otra cosa que el lastre que ese fundamentalismo cristiano, que deberíamos superar de una puñetera vez.

Suena de fondo “Vive y deja vivir”, de Jarabe de Palo...

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