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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXXI)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
miércoles, 8 de febrero de 2006, 00:48 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción

Resumen de lo publicado: Don Quijote, Pero Grullo y Soberano don Nadie caminan en dirección a la Fiscalía General del Estado, donde éste último va a comunicar su libre determinación de no seguir perteneciendo a dicho Estado, a causa de sus falsos derechos inalcanzables y de sus muy veraces imposiciones reales. Sin embargo, un lector que llevaba tiempo siguiendo sus aventuras ha llegado a involucrarse tanto en el asunto que cae encima de la narración, anunciando que conoce a otros muchos lectores que desean saber cómo terminará la gestión de don Soberano: si conseguirá o no separarse de ese Estado. En caso afirmativo, cree el lector que otros muchos imitarán los pasos de don Soberano, separándose de un Estado de ficciones y abusos que no les satisface. De hecho, el lector ha conseguido juntar a otros muchos lectores que se arremolinan para escuchar la que será la primera alocución de la vida pública de Pero Grullo.


Capítulo XXII


En el que don Soberano y la muchedumbre llegan a algunas conclusiones provisionales

Llegó el día concertado para la primera alocución pública de Pero Grullo, en la que nuestro héroe debía elevar el nivel de sus evidencias, pero sin renunciar a la lógica aplastante con que había sembrado toda su trayectoria. Y éste era el problema, que Pero Grullo temía tanto no ser entendido por la concurrencia que su angustia iba en aumento, temblaba todo su ser, pidiendo a sus amigos que, si era posible, apartaran de él aquel trance y hasta por momentos parecía sudar gotas de sangre. Tan apurado le vio que el intruso lector quiso tranquilizarle de este modo:

–No debe preocuparse, maese Pero Grullo: quienes me acompañan son lectores como yo, que han conocido la tragedia íntima que acompaña a su personaje, aunque también conocen sus pensamientos y están por ello ansiosos para que se los exponga, libre y detalladamente... Venza usted antiguas e innecesarias timideces, que no demuestra cuando ensarta esa ristra de obviedades menores, a la que nos tiene tan acostumbrados.

–Ese el dilema, amigo lector –confesó, cada vez más apurado y empequeñecido Pero Grullo–. La gran concurrencia que aquí se ha congregado no me intimidaría en absoluto si las cosas que se me pidieran fuesen las simplezas que están a mi alcance, como ya me han demostrado en tantas ocasiones.

Sin embargo, es cuestión distinta la que se me exige. Derribar debo los mitos sin base ni fundamento bajo los que el poder les tiene adocenados, desde la cuna a la sepultura... Siendo así que los poderosos no dejan ni un sólo día de adoctrinarlos en el error y en las patrañas, de ponerles vendas en el entendimiento, de programar constantemente sus grises existencias, para que crean en lo increíble... ¿no habría de tener yo cierto recelo ante la magnitud de la empresa que se me solicita..? ¡Están tan acostumbrados a confiar en quienes dan continuas pruebas merecer desconfianza que me aterra la perspectiva de esta mi primera incursión en la vida pública...! ¿Podré conseguir que analicen las mentiras y los fraudes de lenguaje y de concepto en que viven perpetuamente engañados, pero que conforman su mundo intelectivo completo?

No sé si puedo triunfar en mi propósito. No sé, ni siquiera, si debo intentarlo, o si sería preferible que todo continuara como hasta aquí... Ellos, seguros, envanecidos y fatuos de sí mismos, entre sus fraudes; yo, relegado al papel de necio, por decirles siempre las verdades.

Dudo, pues, que deba hacerlo. Y, porque tampoco es seguro que me convenga, no tengo la certidumbre de que quiera exponerme a ese riesgo.

–Tuya es, amigo Pero Grullo, como la de cada individuo, la soberanía para decidir tu vida sin presiones ni condicionamientos –intervino don Alonso-. En exclusiva función de su inteligencia y de su voluntad, a cada ser humano corresponde decidir su destino... Nadie puede, pues, suplantar tu albedrío en este trance, porque en eso consiste el preciado bien de la libertad, en carecer de interferencias y coacciones para pensar, expresarse y actuar.

Aunque también debo exponerte mi convicción de que el andante caballero de sí mismo no puede quedar preso del temor, si anhela alcanzar esa libertad. Y ello, en ocasiones, sin hacernos perder la ecuanimidad del juicio en torno a nuestras propias fuerzas, requiere la tarea de echarse sobre los hombros las limitaciones personales, para vencerlas y desbordarlas, al modo en que los antiguos caballeros andantes se enfrentaban a potencias muy superiores a las suyas, aparentemente, para demostrarse al cabo que el espíritu humano puede vencer los temores infundados que le atenazaban.

–Mucho me pedís, don Alonso, y no sé si yo, en mi poquedad, pudiera convertirme en andante caballero de mí mismo, o resignarme a ser para siempre mi propia y vilipendiada caricatura.

–Levante usted ese ánimo, maese Pero Grullo –intervino el lector, con impulsos renovados–. Mire que quienes ya le conocemos, como debe conocérsele, confiamos en usted y en el sentido común que siempre manifiesta en sus argumentaciones.

Le recordaré a usted una cosa para que se precie en lo que vale, maese Pero Grullo: comparte usted con Dios, como ya le dijo en su momento don Alonso, una de las cualidades más altas, la de atinar siempre, la de no errar en sus juicios, tan prudentes, hasta el extremo de decir siempre la verdad.

Estas palabras obraron el efecto contrario que pretendía el lector, porque a partir de ese instante Pero Grullo determinó irrevocablemente no concurrir ante el público que se estaba agrupando junto a nuestros personajes... Era demasiada responsabilidad la que le pedían, y el no se sentía capacitado para ello.

La insistencia de algunos de sus amigos y el sentirse arropado por todos, especialmente por don Alonso Quijano, que le animaba para que abandonase sus miedos antiguos, no fue bastante para que Pero Grullo renunciase a su decisión de evadirse de aquel compromiso, sino que determinó no enfrentarse personalmente a los congregados.

A lo sumo, consistió en que fuera Soberano don Nadie quien hablase en su nombre a los congresistas, opinando que, por otra parte, era a él a quien más concernía tomar el uso de la palabra en aquellos momentos. Por añadidura, el señor don Nadie y él se conocían desde mucho tiempo atrás, habiendo conversado frecuentemente sobre todas estas cuestiones. De manera que, tras indicarle Pero Grullo algunos puntos básicos, fue finalmente don Soberano quien se encaminó hacia lo alto de la colina, a cuyas laderas se habían ido situando los lectores convocados.

A derecha y a izquierda, sin importar colores ni tendencias, la multitud se disponía a escuchar las solemnes perogrulladas, que inauguraban la vida pública de nuestro héroe, tan distintas de las anteriores, que le habían hecho famoso, pero tan evidentes como aquéllas para quien tuviera el don de una sencilla inteligencia, no encizañada por siglos de programaciones mentecaptatorias...

Estaba ya el pueblo congresuado en la falda de la colina, con don Quijote y Pero Grullo más próximos a la cima, cuando Soberano se levantó de entre ellos y, dirigiéndose a la muchedumbre, les dijo, en estos términos pactados:

–Bienaventurados los que tienen hambre y sed de Justicia, porque ya sabemos que no puede tomarla por su mano ningún estamento de señorías... Y también que su nombre en la Tierra no pasa de ser el de “Politiley”, variable, mudable y volátil, según quien la decrete y administre.
Si la escriben y dictan señorías oclusas, sin ninguna oxigenación externa... todos los vicios serán posibles en ella, como bien a las claras han demostrado eternamente las aristocracias, o su equivalente actual, las nomenclaturas autárquicas.

Nada más inicuo e injusto que una minoría de aristócratas autosuficientes que se apropian de la Justicia para su estrato, y desde allí la imponen a la gran mayoría, sojuzgándoles desde arriba...

Ya no habrá Justicia, desde ese instante, porque la Equidad habrá sido vulnerada tanto como la Igualdad ante la ley: unos no estarán ante la ley sino sobre ella, despachándola desde el Tribunal más Alto. Y, por suma, la Igualdad para la ley, hacia la ley, sobre la ley, desde la ley... será también el inicuo patrimonio robado por unos pocos, inequitativamente respecto a casi todos.

Sabed, pues, desposeídos de la Justicia, que veis y sufrís el ejercicio endogámico de los próceres, que aquello de lo que os desposeen ninguna relación guarda con este sagrado principio que alberga el corazón humano, sino con la Politiley... Ellos también saben que la Justicia huyó al cielo y que sus politileyes procercráticas son inicuas y parciales: sólo sirven para justificar los apoderamientos absolutos de quienes se las apropian.

Desconfiad, por tanto, de quienes dictan desde la minoría las leyes políticas, autárquicamente, porque defenderán sus intereses señoriales. Desconfiad de quienes las jurisdictan desde su estamento privado, nombrados y enaltecidos por los césares, porque saben que su reino es inicuo. Desconfiad de quienes se revisten con los ropajes políticos que les entrega el Estado e imponen su doctrina, pero niegan que su tarea sea política. Y desconfiad de todos aquellos que se denominen “juristas” para apartarse de lo “legal”, que habría de pertenecer a todo el pueblo, porque intentan engañaros o quizá también ellos estén engañados previamente, por su seguimiento ciego de los fraudes del poder al que les obliga su oficio, contrario al libre razonamiento y al uso de las leyes de Lógica.

Bienaventurados quienes entiendan que el pueblo debe gobernar efectivamente lo público, porque ellos podrán ser llamados con propiedad demócratas.

Bienaventurados quienes sepan que los representantes deben representar verdaderamente a los representados, y no suplantar o traicionar los mandamientos populares, lo cual les convierte en simples suplantadores o traidores, porque ellos no serán engañados.

Bienaventurados quienes asuman que el pueblo debe participar en el establecimiento y en la gestión de sus aportaciones al erario público, porque ellos habrán abandonado el viejo esquema de las imposiciones tributarias que los ejércitos vencedores impusieron siempre a los pueblos sojuzgados por ellos... Y, además, sólo así se evitará el dispendio y la malversación de lo público, el despilfarro y la mala asignación de recursos, y el derroche y la corrupción económica que ha sido y será siempre consustancial a un sistema impositivo de los unos sobre los otros, mientras no se modifique.

Bienaventurados quienes establezcan Tribunales Democráticos de Cuentas Públicas, porque esos pueblos serán hartos de beneficios y comenzarán a hacer saber a sus servidores públicos que son simplemente sus asalariados obedientes, diligentes y productivos... Sin que los subordinados puedan malversar ya lo que no les pertenece, ni decidir impunemente sobre lo que no es suyo, ni nombrar a sus amigos y cómplices para presuntos Tribunales fiscalizadores, desde los que, participando de las bicocas del poder de los pocos y de las altas remuneraciones con que les compren, dictaminen que no ocurre nada anormal en un Estado donde todo es apariencia, latrocinio y fraude.

Bienaventurados quienes decidan por sí mismos los sueldos y dietas que deben percibir sus representantes, porque habrán conseguido reducir a éstos al papel de servicio que siempre debieron tener, como asalariados dependientes del pueblo soberano, y a sus órdenes.

Bienaventurados quienes escojan, seleccionen, evalúan los méritos, establezcan las obligaciones y verifiquen el rendimiento y cumplimiento de sus deberes de todos sus servidores públicos, porque sólo ellos serán servidos.

Bienaventurados quienes establezcan Comisiones Independientes de Investigación, ajenas a los investigables, para todos los asuntos públicos que deban investigarse, porque sólo ellos conocerán la verdad.

Bienaventurados quienes comprendan que el Poder Social de la Gente debe constituirse, como propietarios del hecho público, porque ellos serán llamados dueños de la Tierra que les pertenece... Y porque el poder de los pocos, privilegiados, nunca llega a separarse, aunque finjan que se distancian en varios los poderes, ya que se compactan de inmediato en amparo de sus ventajas estamentales.

Bienaventurados quienes sepan que su primera potestad como propietarios del hecho público es la de reservar la partida de presupuesto que se requiera para nutrir esas Comisiones Independientes de Investigación, que verifiquen incluso los actos de los órganos constituidos del Poder Social, porque ellos verán la democracia, la separación de poderes y la sujeción de todas las autoridades a los mandatos del pueblo, sus autorizadores legítimos y lógicos.

Las palabras de don Soberano eran escuchadas en silencio por la muchedumbre, aunque ya algunos de los más fervorosos asentían con la cabeza. Mientras tanto, Pero Grullo, ante argumentos tan evidentes y palpables, no dejaba de extrañarse que, sin embargo, las razones expuestas constituyesen una revolución integral respecto a países y pueblos que creían haber alcanzado democracias “profundas”, siendo tan notorio que no habían progresado apenas nada respecto al esquema y a la estructura del funcionamiento público de cualquier tiranía pretérita.

Aún proseguía la alocución de don Soberano ante la multitud de los congregados, a quienes declaraba en esos momentos:

–Un nuevo criterio democrático os doy: uníos todos los pueblos del mundo los unos a los otros como propietarios del hecho público que sois, para que todos los servidores del pueblo os obedezcan diligentemente y sean merecedores de los salarios que perciben de vosotros.

Al César lo que es del César: la obediencia de los mandatos imperativos que quiera ordenarle el pueblo que le paga y mantiene; y a nosotros... lo que es de nosotros: la propiedad del hecho público o república.
Las enseñanzas que os he expuesto, todas ellas dignas de maese Pero Grullo, se resumen en una: “Del rey abajo, todos... nos han de obedecer”.

Porque nosotros, el pueblo pechero, somos quienes sostenemos económicamente al Estado, no siendo los césares ni los ministros, ni los funcionarios ni el primero o el último de nuestros servidores... sino nuestros simples y dependientes asalariados.

Y ya que gozamos de la fortuna de contar hoy entre nosotros a maese Pero Grullo, le preguntaremos a él mismo cuál es ese motivo palmario, esa razón especial por la que sólo el rey no nos debe obedecer.

A las palabras de don Soberano, que tan directamente le había comprometido, no tuvo más remedio Pero Grullo que levantarse pausadamente de entre el público. Aunque, por fin, y recordando que no quería ofrecer una falsa idea de solemnidad sobre su persona, acabó irguiéndose raudamente, de un brinco. Después, ante el silencio expectante de la muchedumbre, precisó:

–Porque el rey somos nosotros.

Su mano recorría serenamente a la multitud congregada, la palma abierta y protectora, acariciándola con el gesto y con los ojos. Circundó con ella a todos los asistentes, sin dejar de amparar a nadie, alejados y próximos, ancianos y más jóvenes, seres de uno y otro sexo y toda raza, fervorosos e incrédulos, hacedores en común de lo público en cada una de las naciones del mundo. Y luego su mano descendió con lentitud, hasta quedar tranquilamente, ante la gente, sin más adorno que su rostro en sosiego.

Sonreía.
____________________

Penúltima entrega de la novela: martes, 31 de enero.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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