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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Arriaga 2006: Nuestro Mozart

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 28 de enero de 2006, 22:07 h (CET)
¿Quién es este joven músico que osa acercarse comparativamente al gran genio que ya invade los mejores escenarios y que tal que ayer cumplió 250 años de su nacimiento? Pues, es ni más ni menos que Juan Crisóstomo de Arriaga, compositor vasco-español, quien curiosamente nació el mismo día del año que Mozart pero con una diferencia de 50 años, en 1806, se cumplen ahora por tanto 200 años de su nacimiento. Lo que son las casualidades, tanto Mozart como Arriaga llevaron vidas dramáticas paralelas y una infancia muy similar rodeada por la creación y la música.

Además, se dan una serie de casualidades, nacer el 27 de enero les hará llamarse de la misma manera, Juan Crisóstomo Jacobo Antonio, el vasco y Joannes Chrysostomos Wolfgangus Theophilus Amadeus, el salzburgués; pero tal coincidencia no es tan extraña, viene de la costumbre de la época de bautizarse con la onomástica del día y acompañarla al nombre original pensado por la familia. Lo que sí es casualidad es que ambos tocaran el violín con sólo 3 años, que ambos tuvieran a su padre como primer profesor que les lleva a conciertos y otros espectáculos, que ambos compusieran su primera ópera con 13 años, que los dos murieran tan jóvenes, con sólo 20 años el español, y con sólo 35 el austriaco, con lo que se puede afirmar que también fueron dos compositores en potencia; si enfermedades como la tuberculosis y la fiebre reumática no hubieran hecho acto de presencia, hoy tendríamos una extensa obra de estos dos músicos gemelos en el tiempo que de niños jugaban y dibujaban en solitario mientras llenaban los pentagramas de poemas y dibujos además de con sus notas mágicas. Y es que la corta vida del compositor español no pudo dar para mucho, Juan Crisóstomo nos dejó una veintena de obras religiosas, sinfónicas y dramáticas, entre ellas un octeto, una sinfonía y una ópera.

Una casualidad importante de los malos tiempos vividos por los dos niños prodigio y grandes artistas es que sufren la pérdida de familiares directos, ambos forman parte de familias numerosas que se ven mermadas por la desgracia y las enfermedades, pierden a varios de sus hermanos y a su madre siendo jóvenes, Arriaga con 12 años, Mozart, con 22.

El romanticismo de la época acompaña al joven bilbaíno, durante su corta vida se preocupó de aprender y componer rápidamente, como si ese afán fuera premonitorio de los cortos años que le quedaban por vivir. Se marchó a Paris, muy niño y en sólo dos años pasó de ser alumno a profesor, conociendo milagrosamente todos los secretos de la armonía. Y allí fue donde murió en 1826. Su música tiene connotaciones del mismo Mozart y de otros compositores europeos de la época.

Mientras escucho la obertura de su única ópera Los esclavos felices, ópera en dos actos para flautas, oboes, clarinetes, fagotes, trompas, timbales y cuerdas, partitura incompleta, desgraciadamente comida por las ratas del desván donde la dejara su padre en un baúl junto a sus pertenencias parisinas, me llega la frescura de su juventud y de su arte y pienso que su historia siempre será comparada con la de Mozart, vean si no más casualidades: En la ceremonia de boda de los Príncipes de Asturias, en la Comunión, ambos sonaron juntos, el último día del año sonaron juntos en televisión, en el concierto de la Orquesta Sinfónica de Radiotelevisión Española y ambos sonarán juntos en los actos de celebración del Año Jubilar Lebaniego de Cantabria. Puede que ese fuera su destino desde que a los 40 años de su fallecimiento, Emiliano Arriaga, sobrino nieto del compositor rebuscase en el olvidado baúl sus partituras haciéndonos llegar sólo parte de sus reducidas obras.

En la portada de la obra de encargo de la Sociedad Filarmónica de Bilbao, el niño Arriaga se preocupa de escribir el siguiente poema, donde se aprecia a un tímido adolescente: “De Orfeo la Sociedad / Armonía me inspiró / y melodía sembró / dulzuras en tierna edad. / Hoy brota su amenidad / y aunque lleno de rubor / grato ofrece mi candor/ a la gran Filarmonía / una nueva sinfonía / obra aún de mi temor.”

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