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Etiquetas:   Entrevista  

'La muerte es la gran generadora de historias'

Alonso Cueto, escritor
Redacción
lunes, 24 de julio de 2006, 17:22 h (CET)
La segunda semana de noviembre de 2005 recibimos la noticia de que el último Premio Herralde de Novela fue otorgado al escritor peruano Alonso Cueto por su novela 'La hora azul'. Este galardón es el justo reconocimiento a una persona que ha sabido llevar una carrera literaria amparada en la honestidad, la consecuencia y el compromiso férreo con la página en blanco. Desde su casa en el distrito limeño de Miraflores accedió a esta entrevista que en estos momentos presentamos.

Foto: Pelícano / Dominique Favre
Gabriel Ruiz-Ortega / Siglo XXI

Hoy en día no son pocos los escritores que anhelan emigrar y así tentar suerte en un mercado tan difícil como lo es el español, pero lo que me llama la atención es que tú has ingresado en ese mundo editorial escribiendo desde Lima. ¿Existe alguna relación con esta ciudad o con Perú en especial?

Mi elección de vivir en Lima es tan misteriosa como cualquier otra. Podría decirte que me interesa recoger el habla de los personajes. Encuentro interesante observar los movimientos de emergencia social en el Perú de estos tiempos y que nuestro país es un productor natural de las historias turbulentas y tensas, de las que se alimenta cualquier escritor. Todo eso abonaría a favor de la elección de vivir aquí. Sin embargo, hay muchas otras razones para vivir en el extranjero. Al final ninguna de las elecciones importantes en nuestras vidas tiene una explicación. Son opciones que se toman sin saber por qué. Sólo sabemos, creo, las razones por las que tomamos las decisiones más cotidianas. Pero las otras (elegir a la persona con la que nos casaremos, el lugar donde viviremos, la profesión a la que nos dedicaremos), creo que no tienen explicación. Sí creo, sin embargo, que me interesa siempre pasar temporadas cortas o largas fuera de mi país justamente porque desde fuera puedo a veces observarlo mejor.

Es imposible no notar el rigor de investigación de tus dos últimas novelas, ya sea en la figura de Fujimori y su mafia, y lo que significó la guerra interna llevada por Sendero Luminoso y MRTA. ¿Cuánto le debes a tu experiencia como periodista?

Le debo mucho pero te diré que mi interés por la política y la historia se debe también a que la imagino como una gran escena en la que se juegan las pasiones más encendidas. Fujimori, Montesinos y cualquier personaje de la vida pública son parte de un teatro de representaciones en el que las ambiciones, los celos, las traiciones y las lealtades se ponen en juego, a veces en situaciones límite. Cuando uno observa a los personajes de nuestra historia se da cuenta de que el poder es la gran droga que aqueja todavía al hombre contemporáneo. En eso el siglo XX se parece al XIX. El sueño de ser emperador no ha muerto. Allí tienen a Hugo Chávez para recordarlo. Por otro lado, todos vivimos en unas relaciones de poder y somos definidos por ellas. Siempre hay alguien a quien obedecemos y alguien a quien mandamos.

Uno de los detalles que siempre me ha llamado la atención de tu narrativa son los personajes femeninos, tanto la vengativa Gabriela ('Grandes Miradas') como la sufrida Mirian ('La hora azul') están cobijadas por una sombra de sensualidad, inteligencia, resentimiento y soterrada violencia. ¿Crees que la mujer ha tenido un papel primordial en este par de etapas históricas incomodísimas para los peruanos?

Sí, las mujeres justamente porque no tienen el poder son los motores de la historia. Como no tienen un poder que perder, se lanzan contra el poder y logran amenazarlo y cuestionarlo. En el Perú, la gran heroína de la década del noventa es María Elena Moyano, que se enfrentó al poder de Sendero Luminoso. Por otro lado, el mundo emocional de las mujeres siempre me ha fascinado porque me parece mucho más complejo que el de los hombres. Es un mundo más contradictorio, con dudas y dilemas, y mucho más vasto. Las mujeres son más capaces que los hombres de desarrollar una vida interior. Es un terreno extraordinario para un escritor.

Sabemos bien que cuando escribimos una novela podemos explorar infinitos senderos, sean estos temáticos y estilísticos, pero luego de leer 'La hora azul' me es imposible desligar un mensaje moral muy asociado a la falta de memoria colectiva. ¿Crees que una de las tantas fronteras que tiene la literatura es la de preservar la memoria, aún así esta no sea su fin?

La memoria está hecha de palabras porque no hay material más imperecedero. En realidad, el único deber de un escritor es el de aprovechar las historias que circulan a su alrededor y convertirlas en historias propias. Lo que más me interesó cuando fui a Ayacucho fue escuchar las historias de la gente. Todos tenían muchos episodios que contar precisamente porque la muerte había estado tan presente en sus vidas. Sin excepción, todas las personas con las que hablé tenían amigos o parientes muertos. Una señora, Paula Socca, que aparece en la novela, había perdido en la guerra a su marido y a sus seis hijos y ahora camina sola por Vilcashuamán. Creo que ninguno de nosotros podemos imaginar una experiencia así. La muerte es la gran generadora de historias. En realidad, creo en lo que le hago decir a uno de mis personajes. El arte surge en su plenitud sólo cuando la muerte ronda cerca.

Fujimori y el terrorismo. ¿Desde cuándo nace tu interés por esta clase de tópicos?

Siempre me interesó lo que pasa en el Perú. Sin embargo, cuando escribí mi primer libro, 'La Batalla del pasado', en 1983, la realidad social me interesaba poco como tema literario. Me parecía que sólo iba a involucrarme con la intimidad de los personajes y sus relaciones, y no con nada que tuviera que ver con su contexto social o político. Esto empezó a cambiar en los años noventa cuando me di cuenta de que el material que nos da la realidad es infinitamente rico para un escritor peruano. Lo que para una sociedad puede ser un infierno es un paraíso para un escritor.

Me gustaría saber si tu próximo libro seguirá la misma senda de tus dos últimas novelas, ¿o ya te cansaste de tanta mugre, o consideras que aún hay demasiado por exprimir?

Estoy escribiendo una novela sobre dos mujeres que se encuentran veinticinco años después de salir del colegio. Es un encuentro en el que una le increpa a la otra todo aquello que sufrió cuando era una niña. La historia no está ligada a un contexto social específico pero sí tiene que ver obviamente con ese proceso de socialización que es la escuela, donde ya se establecen los grupos que dominan, los que sufren y los que se mantienen al margen. Un salón de clase es una minisociedad.

¿Cuáles han sido los referentes literarios o la tradición literaria en la que han descansado estás dos últimas novelas?

Un libro que me interesó mucho fue 'Nocturno Hindú' de Antonio Tabucchi, un autor al que aprecio mucho. En general, por otro lado, tengo una gran devoción por Henry James que me parece que es el escritor que describió mejor que nadie la épica de la conciencia.

Con una importante trayectoria encima, ¿cómo tomas el haber ganado el último Herralde?

El Herralde es un premio del que me siento muy orgulloso por la calidad de la editorial, la de los jurados donde hay escritores que admiro mucho como Vila-Matas, y por el nivel de los ganadores anteriores. Me siento muy honrado de haberlo ganado.

Y por último, y saliéndonos del tema, ¿cómo ves a los nuevos narradores hispanoamericanos?

Creo que hay magníficos escritores, muchos de ellos amigos míos. Sería injusto mencionar sólo a unos cuantos. Hay una línea de escritores que se han mantenido escribiendo novelas realistas, incluso situadas en contextos políticos, como Carlos Franz. Hay otros que han optado por la creación de un universo suprarreal de gran calidad, como Mario Bellatin. Creo que en estas dos líneas la literatura latinoamericana siempre va a encontrar nuevos escritores pues nunca hubo más estímulos y más lectores para un escritor que en la actualidad.

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