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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Vida sin sentido

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 26 de enero de 2006, 03:04 h (CET)
La muerte violenta de una sin techo en un cajero bancario de Barcelona por tres jóvenes y la posterior ampliación informativa de los agresores, hace poner la piel de gallina. La ocupación del tren Niza - Lyon por un centenar de granujas en la madrugada del domingo 1 de enero de 2006 'excitados y visiblemente muy ebrios', que sembraron el terror en el convoy, robando, intimidando, violando a dos muchachas y amenazándoles de muerte sí hablaban, son hechos violentos propios de personas cuyas vidas no tienen sentido que desgraciadamente se repiten con excesiva frecuencia. Cuando se origina uno de estos acontecimientos que saca a la gente de su sopor, las autoridades afectadas se apresuran a anunciar medidas coercitivas para frenar la ola de salvajismo que amenaza la seguridad ciudadana a escala planetaria. A pesar de los buenos propósitos con los que las autoridades competentes quieren tranquilizar a la ciudadanía, lo cierto es que actos vandálicos siguen alimentando el morbo de los telespectadores de ciertas cadenas televisivas.

Nuestro tiempo se caracteriza por la anarquía. No me refiero a la filosofía política que enseña que la sociedad puede funcionar perfectamente sin la existencia de gobiernos que la controlen. Me refiero a la anarquía familiar que se da por la ausencia de la autoridad paterna que ponga fin al desorden filial. Son muchos los padres que apenas conocen a sus hijos, que ignoran lo que hacen y desconocen dónde pasan su tiempo. El libro de Proverbios tiene la finalidad de hacer 'entender sabiduría y doctrina, para conocer razones prudentes, para recibir el consejo de prudencia, justicia, juicio y equidad. Para dar sagacidad a los simples, y a los jóvenes inteligencia y cordura' (1:2-4). No es fácil conseguir este propósito que de enraizarse en la conciencia juvenil mejoraría ostensiblemente la tranquilidad ciudadana. Para hacerlo, Dios se presenta en la imagen de un padre que aconseja a su hijo amenazado por los peligros que le rodean en el mundo en que vive.

El primer problema en que se encuentran los padres es la anarquía en la que quieren vivir los hijos. Desde los primeros momentos de su existencia los niños quieren hacer la suya e intentan imponer su voluntad con el pataleo característico y las rabietas que frustran. Esta actitud díscola se agrava con el paso del tiempo y la adquisición de más experiencia en hacer fechorías. Por ello, la conversación que el padre quiere tener con su hijo comienza así: 'Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre, porque corona de gracia serán a tu cabeza' (vv.8,9). Dios apela a la conciencia del hijo para que se someta a la autoridad paterna. Ésta, a pesar de que en determinados momentos ha de ser coercitiva, tiene que estar basada en el hecho de que el hijo la acepte de buen grado porque, haciéndolo reconoce que Dios la ha otorgado a los padres. Esta subordinación filial no es perjudicial para la salud emocional del hijo obediente porque no anula su personalidad. Todo lo contrario, la perfecciona al reconocer el orden jerárquico instituido por Dios para bien de los hombres. Los beneficios que se desprenden de la obediencia filial, el texto sagrado lo representa con la 'corona de gracia' que cubre la cabeza juvenil.

El abogado de los tres muchachos implicados en el asesinato de la sin techo barcelonesa dice que el menor de edad participó en el derramamiento de sangre inducido por los otros dos. El consejo del Padre celestial que quiere influir para bien del hijo es: 'Hijo mío, si gente sin escrúpulos te quiere engañar, no consientas. Si te dijesen: Ven con nosotros, pongamos asechanzas para derramar sangre, acechemos sin motivo al inocente' (vv.10,11). Este consejo brota de unos labios de un padre angustiado por el comportamiento de su hijo. Reconoce que no puede ser permanentemente su sombra protectora y por lo tanto, apela a su conciencia para que cuando se encuentre separado de sus padres actúe de manera que no afee a su personalidad comportándose de manera contraria a los preceptos divinos tan necesarios para que su vida tenga sentido. El clamor angustiado que brota de los labios paternos ante la posibilidad de que su hijo no haga caso de los consejos es: 'Hijo mío no andes en camino con ellos. Aparta tu pie de sus caminos, porque sus pies corren hacia el mal, y van presurosos a derramar sangre. Porque en vano se tenderá la red ante los ojos de toda ave, pero ellos a su propia sangre ponen asechanzas, y a sus almas tienden lazo. Tales son los caminos de todo el que es dado a la codicia, el mismo expolio, les roba la vida' (vv.15-19).

Las preguntas que nacen de los consejos que Dios quiere impartir a los hijos presentándose en la figura de un padre son: 'Los padres biológicos ¿son conscientes de su responsabilidad educativa? ¿Qué se entiende por responsabilidad educativa? ¿Solamente impartir conocimientos culturales? En parte, sí. Los padres tienen la responsabilidad de compartir con sus vástagos los conocimientos culturales adquiridos y los que les pueden proporcionar la escuela. Pero su responsabilidad educativa va mucho más allá de la mera transmisión de valores culturales. Tienen que transmitirles la sabiduría que los convierte de homínidos que se dejan guiar por la fuerza bruta, en humanos dirigidos por principios morales y éticos que hacen que su comportamiento sea para su propio bien y el del prójimo. Aquí se encuentra el fracaso educativo que lleva a que se puedan producir situaciones como las que se indican al comienzo de este escrito.

Hay un eslabón perdido que se tiene que encontrar si en verdad se desea transmitir una educación integral. Hemos visto que la educación eminentemente cultural falla estrepitosamente. Le falta el elemento espiritual que la completa y perfecciona. Para que se pueda transmitir formación integral, primero es necesario poseerla. Para que la cosa sea así es imprescindible que los padres crean en Dios. No en un dios desconocido incapaz de transformar a los padres y a los hijos. El Dios que puede cambiar para bien el sistema educativo no es otro que el Padre de nuestro Señor Jesucristo que mediante los padres biológicos que han creído en Él les encarga la misión de compartir con sus hijos los principios morales y éticos que evitarán que su descendencia se deje engañar por gente sin escrúpulos que la presionar a hacer fechorías.

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