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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Smoke o no smoke

Santi Benítez
Santi Benítez
jueves, 26 de enero de 2006, 03:04 h (CET)
La primera vez fue por una casualidad. Íbamos camino de un descampado en el que habíamos construido un caseta, nuestro lugar secreto donde jugar a ser mayores. Si lo pienso con detenimiento me doy perfecta cuenta de que eso de “construir” es un eufemismo, porque desde luego, arrimar cuatro tablas entre sí apuntalándolas con piedras no puede ser llamado construcción. Es más, aquello era una verdadera trampa mortal de la que alguna que otra vez tuvimos que sacar a uno de lo nuestros al venirse abajo. Fue camino de aquella trampa a la que a veces llamábamos fortín, otras castillo, otras caseta, que encontramos un paquete de tabaco arrugado que contenía como unos nueve pitillos. No había pasado una hora y ya estábamos echando humo en el interior de nuestro fortín infantil.

Mentiría como un bellaco si dijera que la experiencia fue agradable, fue una experiencia asquerosa. El tabaco era del que usaban los obreros de la construcción, recio, prieto, de ese que sino jalas con asiduidad no se mantiene encendido. Tenía uno la sensación de estar chupando un madero del que salía un humo casi sólido, que hacía llorar los ojos, picar la lengua y, en imitación peliculera, si lo dejabas salir por la nariz tenías la impresión de que intentabas sacar una lija del ocho por las fosas nasales. Y sin embargo, aunque la experiencia en si fue asquerosa, lo que rodeó el acto fue muy placentero; el estar juntos haciendo algo que se suponía no debíamos hacer, las risas al ver las caras de desagrado, la sensación de trasgresión al realizar un acto propio de mayores produce un recuerdo de hermanamiento que no se olvida con facilidad.

Fue la primera vez que encendía un pitillo, encenderlo, que no fumarme.

Me fumé un pitillo por primera vez algunos, no muchos, años más tarde. Sentado en una acera, mientras jugaba al ajedrez. Yo era muy malo, sigo siéndolo, y en la pandilla todos fumaban, chicas incluidas, así que pedí un pitillo, me acerqué a la chica que me gustaba –la novia del matón del grupo, es el sino de mi vida– y le pregunté si tenía fuego. Ella encendió el mechero, yo hice zoco con mis manos tocando las suyas y volví al juego. Repetí la operación durante cuatro noches seguidas. La quinta estaba enfrascado en una partida bastante interesante que se convirtió en una de esas raras ocasiones en las que vi caer el rey contrario. Cuando me levanté del suelo me di cuenta de que la chica me observaba de reojo. Así que crucé la calle, compré una caja de tabaco –la marca que fumaba ella–, me acerqué y le ofrecí uno. Ella puso el mechero, al fin y al cabo las mujeres siempre ponen el fuego. Estuvimos hablando toda la noche mientras fumábamos. Aquello me valió un beso de despedida -de esos que se dan con intención de que lleguen a la mejilla y terminan tocando el lateral de la comisura de los labios-, una soberana paliza por parte del matón de la pandilla y el asqueroso hábito de fumar.

En la película 'Estado de Sitio', en un diálogo entre dos de los actores, uno de ellos que hacía de arabo americano que trabajaba para el FBI, dice observando un bar de esos guetos tan neoyorquinos en el que se agrupan negros, o hispanos o, en este caso, árabes que fuman y beben té: 'Mi gente, los últimos fumadores sin complejos de la Tierra'. Creo que empecé a ser consciente de lo jodido que se estaba poniendo el poder fumar allá a principios de los noventa, cuando en los andenes al aire libre del metro de Londres comenzaron a proliferar los carteles del cigarrillo dentro de un círculo rojo tachado con una banda del mismo color. Es obvio que nadie les hacía caso, pero ahí estaban. Después estuve en sitios en los que fumar o ser fumador pasivo no era algo que preocupara demasiado fuera de que, de noche, se viera la lumbre de la brasa.

En esta España nuestra fumar se ha convertido en poco más que un delito. Entiéndaseme. No me parece mal. Sí, sí, no me parece mal. Estoy completamente de acuerdo en que el alcohol y el tabaco se graben con todos los impuestos que sean. Si por una parte me cabrea sobremanera que el pan, el gas, la electricidad o el agua suban mientras los sueldos parecen crecer a ritmo de niños famélicos, por otro, que el tabaco y el alcohol sean caros me parece muy bien. Es más, yo animaría a que su precio subiera aún más. Comer y calentarse en invierno es necesario, fumar no y beber tampoco. Esta ley antitabaco que entró en vigor el uno de enero me parece un gran avance para preservar la salud de aquellos que no fuman y de paso convencer a algunos fumadores de que lo dejen. Pero claro, aquellos que no fuman se pensaban que con esta ley lo que se iba a conseguir es que estuvieran donde estuvieran no iban a tener a su alrededor ningún cigarrillo encendido.

Los bares y pubs que frecuento, no todos, pero si una inmensa mayoría, han colgado en sus puertas el cartelito de “Aquí dentro se permite fumar”. Y ya me he gozado alguna que otra trifulca de un no fumador – Estos suelen ser reconvertidos, es decir, fumadores que lo han dejado, y ya se sabe eso de que es peor un converso convencido que un creyente de toda la vida – gritándole a alguien que porqué demonios tiene que estar tragándose su humo. Normalmente los fumadores reaccionamos instintivamente con un “disculpe” y apagando el pitillo en el cenicero aún estando en un espacio en el que se pueda fumar – Eso del fumador energúmeno es algo muy raro que explotan mucho los no fumadores. Es como la imagen holiwoodiense en la que los malos siempre fuman y los buenos beben agua, eso sí, Perrier.

Una de esas trifulcas me la gocé en el bar Sataute, un sitio pequeño y limpio en el que se reúnen los obreros de la construcción a almorzar, y durante la mañana los trabajadores y trabajadoras de las tiendas cercanas se toman el café y desayunan. Lo regenta Don Juan, Juanito siempre tratado de usted. Hombre orondo que rayará con creces las seis decenas cargando sobre su labio superior un bigote años treinta de puntas afiladas y la socarronería propia de alguien que lleva cuatro de esas decenas detrás de una barra. Yo siempre me siento, cuando está libre claro, en una mesa cercana a un ventanal, pido el café, me leo el periódico y fumo unos cuantos pitillos. Y fue desde esta atalaya desde donde observé cómo entraban dos señoras de ciudad y, mientras una pedía dos cortados -uno con leche condensada y leche desnatada (¿...?) y otro con muy poca leche evaporada 'si puede ser' (la cara de Juanito era todo un poema)-, la otra buena mujer miraba a su alrededor nerviosa, parando sus ojos en todas las manos que empuñaban cilindros alquitranados nicotínicos que soltaban humo por doquier. La pobre mujer no lo aguantó más y empezó a decir en voz alta, bastante alta, ese discurso preparado, siempre el mismo, sobre la poca vergüenza, el derecho de los no fumadores, la ley antitabaco y lo idiota del hábito de fumar. Juanito, antes de que empezara a describir los estertores agónicos de un familiar, amigo o vecino que seguro había muerto de cáncer del pulmón, le preguntó: 'Usted no fuma, ¿no?'. 'Yo lo dejé hace tres años'. 'Señora -dijo sacando su sempiterno puro de donde lo suele dejar detrás de la barra– lo suyo es pura envidia'.

Ya digo, entiéndaseme. Me parece muy bien esta ley que delimita claramente en dónde se puede y en dónde no se puede fumar. Eso sí, señoras y señores no fumadores, respeten los sitios en los que sí se puede fumar si quieren que se respeten aquellos en los que no se puede. Prediquen con el ejemplo en cuanto al respeto porque llevamos menos de un mes con la ley y me está dando la impresión de que lo llevan ustedes peor que nosotros.

Ah, y a los fumadores, dejadlo, que fumar mata. De fumador a fumador...

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