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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXX)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
miércoles, 8 de febrero de 2006, 00:48 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción

Resumen de lo publicado: Camino de la Fiscalía General del Estado, donde Soberano don Nadie piensa comunicar su autodeterminación de renunciar a ese Estado en el que no se le garantiza nada en verdad, sino sólo se le obliga a pagar impuestos, Pero Grullo cree notar síntomas de que alguien les está siguiendo: un crujir de hojas detrás de ellos, alguien que se acerca, incluso una respiración humana cada vez más próxima... Sin embargo, don Alonso y Soberano aún no han notado nada al respecto.


Capítulo XXI (continuación)


–Diría que incluso he escuchado sonreír a nuestro paso, y hasta alguna que otra risa abierta y desembarazada... Y, si vuesas mercedes me apurasen, acabaría por admitir que he llegado a escuchar comentarios de aprobación o de disconformidad acerca de las opiniones que entre nosotros expresábamos.

–¡Hola! En verdad que hasta el presente tal aventura no me había sucedido –ironiza, adopta un tono burlón don Quijote, convencido de estar asistiendo a la primera muestra de desvarío de Pero Grullo–. ¿Conque fantasmas tenemos que nos siguen a todas partes por donde andamos y de los que ríen e intervienen en las conversaciones ajenas de aquellos a quienes secundan...?

–Fantasmas juzgadores, que aprueban o reprueban la conducta y opiniones de quienes investigan –hiere, satiriza don Soberano, algo más inclemente–.

–¡Y que respiran! –acorrala, concluye don Quijote–.

–Podéis burlaros de mí cuanto gustéis, pero con los datos que poseo intuyo que alguien más nos sigue y que presta mucha atención a todo lo que nos sucede.

–Sólo que no aparece... eso al menos deberá admitirlo maese Grullo, entiendo –reta, quiere concluir Soberano–.

–No aparece, pero está... –replica, sentencia, enérgicamente, Pero Grullo–. Cerca de nosotros y en estos momentos.
Prestó más atención maese Grullo al entorno, observó arriba y abajo, y, de repente, salió a la carrera y gritó a sus amigos:

–¡Aguárdenme vuesas mercedes donde se encuentran o, mejor aún, vengan inmediatamente conmigo...!

Casi había alcanzado ya un seto cercano, donde, removiéndolo, se descubrió la figura de un lector que, al parecer, habiéndose integrado tanto en la narración y sin medir las consecuencias de su impulso, estaba caído de bruces tras la pared vegetal a cuyo lado acababan de cruzar los tres camaradas de nuestra historia. Su posición era más desairada e incómoda que alarmante, por lo que comenzó a interrogarle de este modo Pero Grullo.

–¿Quiere decirme qué hace vuesa merced entre estas ramas y hojarasca, y desde qué extraña altura ha acontecido su descenso hasta la anómala posición que ocupa?

El lector, que aún llevaba este libro entre sus manos, se excusó como supo por su desconsiderada comparecencia y, reconociendo de inmediato a los transeúntes, quiso tranquilizarles respecto a la respiración que habían percibido últimamente, que sin duda era la suya, así como por algunos de sus comentarios acerca de las aventuras que hasta entonces les habían sucedido, si es que estos no les habían parecido excesivamente afortunados.

–¿De manera que era voacé el que pasabas las páginas, como yo me venía percatando desde hace algún tiempo al escuchar un rumor de hojas?
Asintió el lector, sin duda se había involucrado en exceso, pero sus risas no habían sido nunca malintencionadas, ni pretendía causar enojo a ninguno de los allí presentes.

–No obstante –prosigue, continúa, impetuosamente, el lector, tomándose la libertad de la palabra–, si la ilustre concurrencia me lo permite, me gustaría realizar algunas observaciones sobre ciertas cuestiones que se deslizaron entre los discursos del Congreso de los Ciudadanos, así como otras acerca de los tribunales de Justicia y sobre la embajada que ustedes pretenden transmitir a la Fiscalía General del Estado...

–¿Y cómo sabe usted adónde nos dirigimos, nuestra relación con los tribunales y las cosas que hayamos dicho o no en nuestras conversaciones privadas? –se inquieta, inquiere don Soberano–.

–Creo que nuestro visitante no tiene que explicar eso: acaba de exponerlo con claridad suficiente, dadas las aficiones con las que entretiene el tiempo –explicita, precisa lo obvio Pero Grullo–.

–En efecto, he seguido sus pasos y sus desventuras desde aquella mañana en que se conocieron el juzgado, y debo decirles que en tales menesteres no siguen ustedes el camino más acertado para sus intereses –se defiende, suplica todavía el intruso lector–.

–Para quien se enfrenta con la Antijusticia que se hace pasar por la Justicia de un país, todas las orientaciones son pocas. Así que cualquier consejo que usted pueda darme, será bienvenido –concede, anhela, cariacontecido, don Soberano–.

–Todas las orientaciones... menos las legales. Cualquier consejo... menos el consejo legal de los profesionales en darlos –matiza, se define el lector intruso, tal vez esbozando con ello uno de los motivos para haberse implicado hasta tal punto en la narración–.

O, por mejor decir, todas las orientaciones y consejos que les daré serán “legales”, porque ninguno incumple las leyes, pero les pongo en guardia contra quienes quieren confundir las acciones legales con las acciones “judiciales”, que son solamente una parte de aquéllas... y contra quienes solapan los consejos legales bajo una sola de sus formas, los consejos abogadiles, cuando más bien las tretas que ponen en práctica estos últimos son numerosas veces puro delito, mejor o peor camuflado de apariencia legal y rectas intenciones.

–Hasta en eso han pervertido el lenguaje –sentencia Pero Grullo, dictamina, condena–. Tras apropiarse de la “ley” política para su estamento, también se apropian de lo “legal” políticamente, como si fuera sólo suyo... Y parte de la Humanidad es tan roma de entendimiento que cae en una falacia tan burda.

–Y eso cuando no introducen en su argucia el espejuelo máximo: el espejuelo de lo “jurídico”, que esa dicción se la reservan por completo –confirma, ratifica en apelación don Quijote, que recuerda perfectamente el curso de Lógica aplicada que había disfrutado con Pero Grullo, unos días atrás–, siendo así que “ley” y “ius” es lo mismo: un concepto político que no pueden privatizar algunos.

–Aunque, sobre todo –añade, suma, sin otros trámites, el intruso lector–, quiero instarles a que prosigan decididamente con su empeño y cumplan con la misión que les lleva camino de la Fiscalía General del Estado... Me consta que otros muchos lectores sienten curiosidad por saber cómo terminarán las gestiones de don Soberano por conseguir su libertad, y si finalmente puede alcanzarla o se la niegan, o cómo justifican esto último.

–¿Pretende decirme usted que a alguien le importa mi destino, cuando yo tengo la convicción de que sólo le importo al Estado como unidad impositiva, y siempre que me mantenga en mi forzosa posición de sujeto pasivo?

–Eso exactamente quiero decirle... Su caso y propósito es singular, don Soberano; pero puede arrastrar a otros muchos, como usted mismo ha dicho unas páginas atrás, según vaya el resultado de sus gestiones.

–Sí, recuerdo haber pronunciado esas palabras... hace unos instantes. Y efectivamente, dado el nivel de sevicia, negligencia y falsedad con que abusan de nosotros las autoridades, pienso ciertamente que si me concedieran la libertad a mí, serían muchos otros los que me siguieran.

–No le quepa duda, don Soberano... He compulsado la opinión de otros lectores y, entre ellos, es general el criterio de que su libertad o retención forzosa vendrá a ser decisiva para determinar si nos encontramos ante un Estado de Derecho o ante un Estado de Secuestro... Aunque también sé por maese Pero Grullo que ambas cosas y conceptos son puros sinónimos, en un verticalismo.

–También ha leído voacé eso, por lo que veo –asevera, deduce, un tanto espesamente, Pero Grullo-. ¿Y podría adelantarme la opinión de los lectores sobre este asunto concreto...?. Si es que también la ha compulsado, naturalmente.

–Ese ha sido el principal propósito por el que he querido involucrarme en la narración hasta este extremo, maese Pero Grullo... Debo decirle que debe usted perder su natural timidez y decir abiertamente las cosas que piensa, sin temor a equivocarse o a perder su bien merecida fama de persona atinada... Lo que no debe consentir es que ni siquiera sus amigos conozcan la realidad final y completa de su pensamiento, según viene usted haciendo en las páginas anteriores, pues hasta a ellos se hurta.

–Le agradezco a voacé su deferencia para conmigo al decirme que disfruto de fama de persona atinada... aunque no estaría yo tan seguro ni de la fama ni de mi tino.

–Créame, maese Grullo, debe usted perder esa timidez que le reduce a un papel que no le corresponde... Y para que vea que su fama es como le digo, yo mismo me ofrezco a traer conmigo a un nutrido grupo de lectores, que escucharán con gusto sus criterios.

–Doy fe del buen tino y discreción de entendimiento de maese Pero Grullo –terció, alzó la voz don Alonso, en defensa de su amigo–. Y también creo yo que va siendo hora que el mundo conozca sus verdades, que son muy otras de aquellas a las el ánimo apocado que te domina te ha conducido hasta el momento, amigo Pero. Nunca el valor debe faltar a un espíritu discreto y generoso como el tuyo, ni deben los corazones nobles temer a otro cosa que la deshonra o la infamia.

–Me abruman, vuesas mercedes, dándome una relevancia que no me corresponde.

–Tomo yo la decisión por ti, amigo Pero Grullo –determinó, concluyó don Alonso–. Y si el lector asegura que puede traer ante nosotros un grupo abundante de lectores que ya conocen sobre ti más que nosotros mismos, tómesele la palabra y éste la cumpla, que Pero Grullo acudirá a donde se le indique, acompañado de todos nosotros, sus amigos.

–Me comprometo a acudir a ese encuentro con numerosos lectores –ha concluido el intruso–. Dígaseme cuándo y dónde.

____________________

Próxima entrega de la novela: sábado, 28 de enero.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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