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Etiquetas:   La tercera puerta   -   Sección:   Opinión

Sentirse vasco no está escrito

Jabier López de Armentia
Opinión
miércoles, 25 de enero de 2006, 00:29 h (CET)
Sentirse vasco es algo muy complejo y lleno de matices y conceptos subjetivos que hacen de ello una afirmación llena de significado y poder. Sentirse vasco va más allá de un pequeño y rugoso papel con el que, por otra parte, estás encasillado, numerado y controlado de por vida. Es más que un certificado de empadronamiento, es más que un apellido, es un sentimiento que se lleva en el fondo del corazón de cada uno.

Carece de importancia poseer un papel donde se indique tu nacimiento en Euskal Herria si no sientes los colores de la 'ikurriña', si no sufres cuando atacan a tu tierra, si eres capaz de vivir tranquilo con las mentiras que arrojan a esta tierra como si fuera el basurero del Estado. Carece de importancia tener un apellido vasco, ser descendiente de una familia nacionalista o haber nacido en la cuna del nacionalismo. Todo esto no son más que meras circunstancias innatas a nosotros. Jamás podremos comparar un apellido, un papel o una familia nacionalista con la fuerza que emana de los sentimientos.

Merece la pena destacar que los sentimientos son la mayor virtud del ser humano. El ser humano es capaz de sentir, llorar, sufrir, reír; el ser humano es capaz de interpretar una serie aleatoria de datos y transformarlos en sentimientos. Me siento privilegiado al poder afirmar que soy capaz de sentir. Al mismo tiempo pienso que soy incapaz de concebir un mundo donde los sentimientos no tengan cabida, donde los humanos estén más cerca de las máquinas que de las sensaciones que puedan producir los sentimientos. ¡No dejemos escapar nuestra mayor virtud!

El que se siente vasco, siente un cosquilleo nada más escuchar una palabra referente a su tierra; es una sensación de impotencia, muchas veces, frente a situaciones que no se pueden solucionar y que están perjudicando a tu tierra. Es la sensación de sentirse orgulloso de pertenecer a un pueblo que jamás ha bajado ni bajará los brazos frente a la imposición, un pueblo que hace frente a lo bueno y a lo malo, un pueblo que le planta cara a la muerte.

El sentirse vasco no viene escrito, es un sentimiento que sólo unos pocos portan en sus corazones, unos pocos privilegiados. Elegidos, ¿quién sabe por quién?, pero elegidos. Por esto mismo todo aquél que se sienta vasco se debe sentir orgulloso de su tierra, de su lengua, de su cultura, de sus costumbres, del talante como pueblo, de la sonrisa de su gente, de las calles de su ciudad, de las piedras que forjaron su casa, de sus verdes prados, de sus frondosos bosques y de sus preciosos acantilados que ponen fin a una tierra que emana vibraciones de libertad, por muchos momentos atada con cadenas.

Muchos que proceden de tierras lejanas a la nuestra nos han dado verdaderas clases de lo que es amar a una tierra. Han demostrado que para el patriotismo no hay fronteras, que para defender los colores de una bandera no existen barreras, que para ser alguien, basta con sentirlo. Y, ¿qué sucede con esta gente?, pregunto yo. Por no haber nacido en Euskal Herria no significa que sean menos vascos, no significa que amen menos a esta preciosa tierra, no significa que estén en contra de lo que el pueblo vasco quiera.

Nosotros no somos quiénes para decir quién es vasco y quién no lo es. Cada uno que actue conforme a su conciencia y a su alma, ambas dirigidas por el corazón, porque en estas ocasiones la mente no piensa, sólo funciona el corazón.

Sentirse vasco no tiene nada que ver con la ideología que practique cada uno en su vida privada. Habrá republicanos que se sientan vascos, habrá nacionalistas que se sientan vascos, habrá constitucionalistas que se sientan vascos, habrá muchos que se sientan vascos. Sentirse vasco no implica la elección de una ideología, da igual ser de izquierdas o de derechas, lo que de verdad importa es lo que uno siente por su tierra.

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