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'Brokeback Mountain': los puentes de Idaho
Gonzalo G. Velasco
Confieso que como espectador heterosexual particularmente idólatra de los westerns clásicos, recios y viriles, no me hacía demasiada gracia que Ang Lee, traumatizado por su peregrinaje por los siempre dificultosos senderos superheroicos en Hulk, decidiese pegarle una patada en toda la entrepierna a la mitología del género que vio nacer a John Wayne, Clint Eastwood y tantos otros rudos pistoleros, rodando una película acerca de la relación homosexual entre dos cow-boys hechos y derechos con pelos en el pecho. Ahora bien, por otro lado, mi condición de cinéfilo amante de la transgresión bien entendida, me sugería que la idea subyaciente en Brokeback Mountain de dinamitar los pilares del género cinematográfico por antonomasia de una manera tan controvertida, podría resultar harto estimulante.
Aclaro todo esto para dejar constancia de que no las tenía todas conmigo con respecto al neo western gay ganador del León de Oro del Festival de Venecia y de cuatro Globos también dorados esta misma semana. Y sin embargo, aún lastrado por un exceso de metraje (imprescindible para competir en los inminentes Óscars), el director Taiwanés ha obrado el milagro. Si hace poco Tsai Ming-lian convertía el porno en fabula poética con El Sabor de la Sandía, ahora Lee, alquimista impaciente del séptimo arte, logra rizar el rizo y transustancia una historia tan aparentemente espinosa como la de estos dos atípicos Marlboro-Men, en un efectivo espectáculo lacrimógeno para todos los públicos.
La pirueta tiene su mérito, pues conseguir que un drama romántico de tintes gays y una del oeste alcancen el grado de simbiosis que alcanzan en Brokeback Mountain, no está a la altura de cualquiera. Ang Lee sale airoso del reto mediante un manejo contenido, sutil y bello de la puesta en escena aderezado por un respeto reverencial hacia el resto de las constantes temáticas del género: los paisajes espectaculares, la lucha contra las fuerzas de la naturaleza, el cow-boy rudo y solitario etc...
El resultado asombra por su solidez, refinamiento y, sobre todo, por su inteligente elusión del adoctrinamiento progre o políticamente correcto. Tanto es así que el espectador, homosexual o no, se identifica sin problemas con los personajes y comprende que, bajo su apariencia de operación mercantilista de hibridación genérica entre los Puentes de Madison y Mi Idaho Privado, se encuentra una historia inolvidable compuesta de las mismas fibras sensibles que los grandes relatos románticos del Hollywood Clásico, o en otras palabras, de emociones.
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