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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

El Quijote ha muerto. ¡Viva Mozart!

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 22 de enero de 2006, 03:31 h (CET)
Herme Cerezo, compañero de columna, utiliza esta frase que le tomo prestada, frase poderosa y enérgica que lanzó hace una semana para finalizar su escrito como grito de satisfacción o de ánimo para el año musical que se enfila en enero y nos deja, sin darnos cuenta, entre pitos y flautas, no sé si mágicas, una doceava parte del año nuevo ya vivido. Constataba con ello, para bien, más que para mal, que el año quijotesco acababa para hartazgo (y esto lo digo yo) de algunos y satisfacción e insatisfacción de otros. Aún es momento de hacer balance del año del Quijote, pero eso lo harán otros que lo harán mucho mejor que yo, pues me dediqué a leer, a hacer leer, a recorrer su ruta y a disfrutar todo lo cervantino. No sé si se trataba de eso...

Herme aludía, como si de reyes del calendario se tratara, al dicho popular de origen francés “A rey muerto, rey puesto”, derivado de la fórmula de consagración de las monarquías “El rey ha muerto. ¡Viva el rey!”. Aplicándolo a nuestro almanaque europeo e internacional, el rey muerto, el personaje digno de adoración, incluso de sacralización, actitud criticada por expertos eruditos culturales, no es otro que El Quijote. Y el heredero de 2006, el rey puesto de idénticos honores y preocupaciones que ya tuvo el personaje novelesco español más internacional, es el genial Mozart. Es por eso por lo que lanza ese grito cultural, literario y musical a la vez, precedido de un trabajo excelente y extenso sobre su vida y obra. Original y monárquica manera del señor Cerezo de introducirnos en 2006.

Igualmente coincido con José Rivero, también compañero de columna, quien como buen arquitecto sitúa el año nuevo en la ciudad de Salzburgo y sus edificaciones, bajo su titular “Salzburgo 2006”. Nos habla de la horizontalidad de Mozart, y de su ciudad natal, una ciudad vertical, contraste de realidades y de planos en la verticalidad de sus piedras, porque alguien duda que Salzburgo se merezca a Mozart. Sin duda, se merecen, por qué no habríamos de merecernos el lugar dónde nacemos, aunque sea accidentalmente como se empeñan en decir los grandes si nacen en un lugar pequeño.

Al recordar Salzburgo, rememoro uno de mis viajes a Europa. No recuerdo que fuera aniversario de Wolfrang, pero todo el país se había entregado a la “mozartmanía”. Austria era un gran escaparate de color rojo y dorado. Mozart se había instalado allí para siempre y la música recibía por todas las esquinas de sus calles de cuento, los honores de sacralización que reciben las grandes obras y los grandes artistas.

Prepárense, pues, para la “mozartmanía”, y si 2005 lo comenzamos leyendo el Quijote, este año ya hemos tenido la oportunidad de escuchar televisado en Año Nuevo el magnífico concierto de la Orquesta de Viena, acompañada por gráciles y volátiles bailarines que, no diría bailaban, levitaban por las inmensas salas palaciegas.

En un mundo amenazado de peligros y salvajadas, no está mal introducirse en estos patrones de cultura que bautizan los años y nos adentran en el lenguaje universal de los sonidos. Emborrachémonos de Mozart por los oídos, por la calle, por los mp3, por Internet. Asistamos a los conciertos programados en teatros y auditorios cercanos.

No ha muerto Don Quijote porque renace como el ave fénix. ¿Qué tal releer ahora, con más tranquilidad, a Cervantes, mientras escuchamos o alternamos la lectura con obras de Mozart por grabaciones de orquestas de pro, por músicos callejeros, por reputados solistas o por estudiantes de conservatorio? Así, sin cuestionar los mitos.

Mozart nació un 27 de enero de 1756, a los 250 años de su nacimiento es desde mucho un genio de la música. Escuchemos a un Mozart vivo y armónico con todos los poros de nuestra piel, si es que la piel escucha y así queda impregnada. Ni Don Quijote ni Mozart morirán, con aniversarios así, los revivimos. Sigamos resucitando mitos. Más nos vale.

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