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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXIX)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
sábado, 4 de febrero de 2006, 01:03 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción

Resumen de lo publicado: Ha concluido el Congreso de los ciudadanos, con un discurso de don Quijote acerca de la libertad, en el que instó a cada cual a armarse andante caballero de las potestades de sí mismo para, en compañía de otros individuos libres y cosoberanos, defender las facultades de todos. Pero Representante Independiente ha decidido abandonar toda actividad política, mientras que Soberano don Nadie ha comunicado su autodeterminación de excluirse libremente del Estado de Secuestro en que tiene que pagar obligatoriamente imposiciones económicas, sin poder alcanzar ninguno de los derechos que le prometían ni tampoco ninguna potestad práctica.


Capítulo XXI


Donde los personajes notan que les siguen

Unos días después, don Alonso, Soberano don Nadie y Pero Grullo se encaminaban en dirección a la Fiscalía General del Estado, donde Soberano había determinado presentar su solicitud para que se le permitiera darse de baja en ese Estado, en el cual efectivamente no era nadie, salvo un pagador forzoso de los sueldos de sus sediciosos empleados, que le ninguneaban por completo, aunque le llenaran los oídos de fabulosos títulos honoríficos, inasequibles en la práctica.

Por ahora sólo quería expresar verbalmente su solicitud e informarse de los trámites para que fuera cursada por escrito, de manera oficial, seguidamente, en cuanto se pactaran las mutuas condiciones de su desencuentro.

–No parece mucha pretensión –iba diciendo, iba purgándose íntimamente su corazón, don Soberano– la de reclamarle mi libertad a un Estado cuyo primer artículo de la Constitución declama que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad y la justicia, y cuya primera línea asegura que desea establecer la libertad de cuantos lo integran.

Perfecto. Pues la primera libertad que deben garantizarme es la libertad de pertenecer a él, o no... De otra forma, la farsa se probará desde la primera línea, si me mantienen subyugado a él, contra mi voluntad, como un perfecto cautivo, que ni puede abandonarlo libremente, ni siquiera pagar un precio para obtener su rescate.

Por el contrario, el resto de los criterios o normas que impidan mi proclamada libertad primera deberían declararse inconstitucionales: así le presentaré mi caso al señor Fiscal General, para que promueva la acción válida de los principios fundamentales de la Ley de Leyes y persiga y remueva cuantos obstáculos impidan su cumplimiento.

Pese a todo, no se mostraban muy convencidos sus acompañantes de que las gestiones planteadas por Soberano don Nadie llegasen a buen puerto, y como éste notara la expresión dubitativa de su rostro, añadió:

–O bien me consideraré desde este instante en Estado de Secuestro, sujeto a un Estado tan falaz que me nombra soberano del mismo, pero me impide escaparme de él. O sea, que tendré derechos que no quiero, como se le dan a cualquier secuestrado, pero no la posibilidad de evadirme de quienes me secuestran y extorsionan con sus imposiciones.

–No cabe duda de que se trata de un revelador “principio” de los Estados de Impuesto –concedió, sentenció Pero Grullo–: comenzar subyugando la libertad de los súbditos para pertenecer a ellos o no. Todo régimen “de libertades” que comience negando la libertad inicial tendría más verosimilitud si se denominara régimen de “esclavitudes” forzosas...

Si posteriormente los restantes derechos de la plebe también le serán impuestos, dirigidos, regulados y administrados desde arriba, haríamos bien en tenerlos por regímenes de esclavitudes enderezadas por los dirigentes, con menor o mayor longitud de la cuerda pseudoliberatoria.

Bajo esta concepción, los derechos y los impuestos, sin engaño nominal alguno, deberían considerarse dos realidades impositivas... No veo muy factible que le concedan la libertad a voacé, por tanto.

–Probablemente –reconoció, confirmó, se resignó, no lo dudaba don Soberano–, pondrán múltiples obstáculos a mis peticiones, y algunas más de propina, para justificar covachuelas y negociados y así no perder la costumbre de las Administraciones.

Aunque también temo que vean el peligro de la petición que les formulo y me contesten un simple “No” bien rotundo o un silencio administrativo, igual de rotundo: si me concedieran la libertad que les reclamo, detrás de mí correría un tropel de gente hastiada de los políticos y de los funcionarios, solicitando seguir el mismo camino.

En poco tiempo, se quedarían ellos solos, imperando sobre sí mismos, o bien tendrían que reconocernos como sus empleadores, empezando a servirnos y a obedecernos realmente de inmediato, sin necesidad de mayores halagos nominales, ni de otras revoluciones.

En cualquier caso, me agradará conocer en esta ocasión qué excusas ponen los jueces para negarme la libertad que les pido... ¡Tristes Magistrados del Estado de Impuesto que fingen dar derechos a los simples cautivos! ¿De qué modo receptarán esta vez la ignominia de un sistema de ficciones en donde ellos han de ser los perpetuos encubridores consortes?

Tengo curiosidad de saber cuál será ahora su formulismo, aunque pronuncien la coartada formal que pronuncien, ellos saben que, en el fondo, me estarían diciendo, en tal caso:

“Usted nos pertenece. No está manumitido. Le guste o no, permanecerá bajo nuestro dominio de Estado estamental... Excepto por la fanfarria formal que despachamos, usted continúa siendo un siervo de la gleba adscrito al engrandecimiento y al acomodo de nuestros sueldos y beneficios... Pague sus impuestos, someta a nosotros su cerebro y olvídese de libertades, más que las que nosotros queramos concederle graciable y benignamente, según costumbre eterna de los Estados dominicales... Así lo pronunciamos, firmamos y mandamos”.

–Una asociación a la que fuese obligatorio pertenecer desde el nacimiento de la persona hasta su sepultura, que impusiese cuotas forzadas a sus forzosos asociados, junto con toda otra clase de imposiciones, y de cuyo poder nadie pudiese escapar de ningún modo –afirmó, dictaminó Pero Grullo–, entraría claramente entre las asociaciones tipificadas como “fuera de ley”... De manera que los constitucionalistas deberían declarar ilegales a los Estados.

–Eso supondría pedirles a los constitucionalistas capacidad lógica y una brizna de ética –replicó, se lamentó Soberano don Nadie– y me malicio yo que ninguna de las dos cosas tienen los constitucionalistas...

A lo sumo, permiten cambiar de ganadería estatal, pero sin que la persona humana sea nunca “suya”, sino eterna propiedad de los ganaderos que sienten autorizados a herrarla como propia.

–¿Y no creéis que haciéndole ver al pueblo su condición cautiva...? –intervino, opugnó don Alonso–.

–Dudo que se consiguiera que los grupos mafiosos descartasen voluntariamente su admirable invención de los Estados de Secuestro, que les permite vivir cómodamente de los impuestos de los secuestrados –opinó, decretó Soberano don Nadie–.

–Ni diciéndoselo uno a uno se conseguiría nada –confirmó, enarcó las cejas Pero Grullo–. Yo tengo experiencia demostrada en decirles las verdades del barquero, y ¡ni por ésas me entienden...! Y os lo voy a demostrar ahora mismo.

Señaló Pero Grullo a un grupo de personas que se acercaban hasta ellos y, saliéndoles al paso, elevó ambos brazos al cielo, como si clamara en su presencia, adelantó ligeramente el tronco y el cuello, y mirándoles muy fijamente a los ojos les dijo:

–La monarquía no es el gobierno de todos, sino de uno. La oligarquía es el gobierno del algunos. La democracia es el gobierno del demos. Si yo no gobierno, ya no gobiernan todos. Todos los que no gobiernan, ya no son gobernantes, sino gobernados por algunos. ¿Qué poder no será absoluto y en absoluto relativo, excepto el del presidente presidido y el del director dirigido? Las decisiones decisorias decididas en común deciden decisivamente las decisiones comunitarias, y las otras no, sino que particularmente las impiden. Si los fuertes gobiernan puede decirse que gobiernan los fuertes. Cuando la selecta aristocracia gobierna no gobierna la democracia, sino la selecta aristocracia. Y he tenido mucho gusto en saludarles a ustedes.

Rieron los transeúntes las cosas de Pero Grullo y algunos se despidieron de él con mayor malevolencia que alegría, dándole palmaditas en la espalda y pidiéndole que se cuidara, que otras veces le habían visto más ocurrente, por lo que éste retornó hasta sus acompañantes con el semblante serio y compungido:

–¿Lo han visto vuesas mercedes? Están tan programados mentalmente que es inútil que se lo diga, del derecho o del revés... ¡Es superior la alucinación en que les mantienen! ¡Unos auténticos mentecatos, que por si fuera poco estiman o adoran a sus menteca(p)tadores!

Y lo que es peor, corro riesgo de perder mi crédito... Aunque a menudo tengo graves dudas sobre quién sea más necio, incluso por naturaleza, si yo con las obviedades que digo o ellos con las obviedades que no entienden.

Los tres camaradas continuaron su trayecto en dirección a la Fiscalía, con el ánimo abatido y la preocupación en el semblante, aunque a la vez con la firme determinación que mostraba don Soberano por llevar adelante su empeño, siquiera fuese a título individual y ante la incomprensión de todos los que no conocían su caso.

Atravesaban en ese instante una suerte de parque urbano que la especulación aún no había degradado por completo, cuando Pero Grullo rogó a sus compañeros que se detuvieran. Don Quijote y Soberano miraron hacia el hombrecillo, esperando que la innegable cualidad para desvelar sorpresas que había demostrado hasta entonces, se probara nuevamente. Aunque en esta ocasión, maese Grullo permanecía en silencio. Tan sólo escuchaba y observaba a su alrededor, poniendo en ello toda la atención de que disponía.

–¿No oyen voacés lo que yo? –dice, susurra, quedamente, Pero Grullo–.

–¿Qué debemos oír? –replica, se extraña, sin percibir nada, Soberano–.

–¿Ni ahora tampoco? –vuelve a aguzar el oído, señala detrás de ellos, con el índice ligeramente inclinado hacia arriba, Pero Grullo–.

–Nada oímos, sino el tráfico endemoniado de la ciudad, que llega desde lejos y que ni siquiera en este recinto, que los hombres modernos quieren que sea campo, puede dejar de sufrirse –reconoce, se incomoda don Quijote–. ¿Podría saberse a qué viene este repentino sigilo que muestras, Pero Grullo?

Él llevaba algún tiempo escuchando un crujir de hojas, como si alguien les siguiera o acechara sus pasos, sin descubrirse... ¿No lo habían notado sus compañeros...? A él no le parecía un casual crujir de hojas de los árboles o de los setos. Ni ningún otro sonido explicable. Ni tampoco que hubiese atravesado por las inmediaciones algún animal emboscado... No podía ser eso. “Porque en ocasiones ese sonido parece que se acerca”. Y además era continuo... ¿De verdad que no lo habían percibido antes sus compañeros...? “¿Ni lo percibieron voacés ahora, hace apenas unos momentos? ¿No escuchan tampoco una respiración, muy próxima a nosotros...?”.

Nada habían notado. ¿Una respiración? ¿Próxima? ¿En qué momento?

–Hace unos segundos tan solo... ¡Y ahora, ahora otra vez!

¿Tampoco les había llegado la prueba irrefutable de que alguien estaba respirando, junto a ellos...? Y sus acompañantes negaban.

–Atiende, Pero Grullo. ¿Dices que percibes junto a nosotros una respiración... humana? ¿Y en este mismo momento?

Era humana, indudablemente, eso podía asegurárselo, y sonaba rítmicamente, como de alguien que les acompañara.

–¿Y un crujir de hojas...?

También eso, ya se lo había dicho. Al contrario, le extrañaba a él que ninguno de sus camaradas notara un fenómeno tan notorio y que, en realidad, no era la primera vez que le parecía percibirlo.

–Lo más curioso es tener la sensación creciente de que alguien viene detrás de nosotros desde hace algún tiempo, siguiendo nuestros pasos allá por donde vamos.. Un rumor, que a veces se acentúa, como de hojas que pasan.

Otearon de nuevo los tres componentes del grupo el espacio que les circundaba, pero ni entre los sotos, jardines ni arbustos distinguieron cosa alguna que pudiera servir de explicación al misterio, ni tampoco persona que les espiase.

No quedó contento con ello maese Grullo, y aún insistió a sus compañeros de esto modo:

____________________

Próxima entrega de la novela: martes, 24 de enero.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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