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'Everything is Illuminated': Lost in Ucrania
Gonzalo G. Velasco
Liev Schreiber es un joven actor que cuenta con una carrera de lo más variopinta. Entre sus personajes más destacados destacan el joven Orson Welles de RKO 281, el eterno falso culpable de la trilogía Scream, o el candidato presidencial atontolinado del brillante remake de El Mensajero del Miedo filmado hace apenas un año por Jonathan Demme. Ahora, Schreiber suma a su carrera el crédito de director, y lo hace, para sorpresa de muchos, con una road movie tragicómica que ha arrancado entusiastas críticas en su país.
El film, basado en una novela de Jonathan Safran Foer, narra la historia del propio Jonathan Safran Foer (Elijah Wood) en su periplo mnemotécnico por Ucrania a fin de encontrar a la mujer que salvó la vida de su abuelo durante el holocausto. Acompañado por un hip-hopero macarroide enamorado de Michael Jackson (Eugene Hutz), de un anciano supuestamente ciego y antisemita (Boris Leskin), y de un perro mestizo con problemas crónicos de agresividad llamado Sammy Davis Junior II, Safran recorre los decadentes parajes de la ex-república soviética y descubre, a la postre, que todo el presente está iluminado por la luz del pasado.
Muchos críticos han visto en esta película huellas borrosas de Fellini (la excentricidad surrealista del inicio del film recuerda a obras como Amarcord), Bergman (el giro existencial del tramo final) o incluso de otros cineastas tales como Alain Resnais (toda la temática de la memoria perdida y su lucha por conservarla), o Emir Kusturica (la caracterización de algunos personajes y, sobre todo, la música). Sin embargo, quien estas lineas escribe detecta en Everything is Illuminated otras influencias mucho menos halagadoras. Por un lado, el tono estrambótico, anárquico y aparentemente delirante de su primera mitad, evoca con fuerza la tradición “freakie” del cine independiente norteamericano más reciente, ese que se empecina año tras año en recrear microcosmos imposibles donde pululan a sus anchas Napoleon Dynamite, los chavales pendencieros de Larry Clark, las criaturas tangenciales de Todd Solonz, o el enano huraño de The Station Agent. Por otro, y he aquí la conexión más extraña, la manera entre paternalista, tópica e irrespetuosa con la que Schreiber se aproxima a la realidad de un país ajeno (en este caso Ucrania), recuerda, por su irritante superficialidad, al vergonzoso tratamiento con el que Sophia Coppola contemplaba la civilización japonesa en Lost in Translation.
Por supuesto, el director se cubre las espaldas y, en un giro dramático muy, muy estudiado, aprovecha para ensalzar con calzador la humanidad de Ucrania y sus gentes, y encalomarnos de improviso el resabido mensaje conciliador sobre lo iguales que somos todos a pesar de nuestras diferencias. En otras palabras, la película de Schreiber es entretenida, honesta en sus intenciones, y hasta cierto punto original en su planteamiento, pero su pretensión de conglomerar en un sólo film comedia extravagante, road movie iniciática, y drama existencial, termina por desdibujar a los personajes y hacer del trazo grueso el único valor narrativo posible. Ya se sabe, el que mucho abarca poco aprieta, y en el caso de un director novel, por mucho que haya encarnado a Orson Welles con anterioridad, esto es todavía más cierto.
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