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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Tétrico hoy, terrible mañana

Raúl Tristán

viernes, 20 de enero de 2006, 01:20 h (CET)
La otra noche, cenaba con un grupo de recientes compañeros de tinta y papel.

Me tocó en suerte una mesa rebosante de poetas y de escritores de teatro. Si los primeros son los olvidados de las grandes editoriales, los desconocidos, los segundos son los inexistentes.

Hay que tenerle muchas ganas al folio en blanco para escribir teatro: además de desesperarse por llegar a ver plasmada la obra en la blanqueada celulosa, hay que luchar por conseguir llevarla al escenario...

Bueno, a lo que iba. Dejando en el anonimato sus nombres, no vienen al caso, diré que la conversación discurrió por los cauces más insospechados. Si alguien piensa que los bardos no tocan con los pies en el suelo, está muy equivocado.

Rapsodas y vates iniciaron un debate que, cual Phileas Fogg, terminó por dar la vuelta al mundo, aunque en este caso fue en cuestión de horas. Todos los temas de actualidad política, económica y social fueron escudriñados con acierto, con riqueza de opiniones, con sabiduría y sobre todo con respeto y diálogo (que no talante).

Poco tiempo dio para mucho.

El caso es que la conclusión mayoritaria era desasosegadora: esta sociedad nuestra camina hacia la perdición. Mi conclusión, paso a exponerla en las siguientes líneas.

La educación, pilar básico, fundamental, de una sociedad sana, está en crisis y, esa crisis, que no catarsis, está creando monstruos en vez de ciudadanos libres y responsables. Los niños, como pequeños autómatas, son programados por el capitalismo para sucumbir a sus encantos traicioneros. Para ello precisa deshumanizar, aculturizar, desindividualizar. Pero con ello causa un daño colateral, magnífica palabra derivada del ámbito militar, que expresa en sí misma lo que pretende hacer ignorar: efectos secundarios que no interesan a la oligarquía, en nuestro caso. Y ese daño colateral es el surgimiento de una violencia que subyacía soterrada y que, cuando de la potencia pasa al acto, semeja la ebullición del agua en una cacerola al fuego: de la aparente calma, se pasa, sin solución de continuidad, a la eclosión en la superficie de miles de burbujas de aire que dormían atrapadas en el seno del remansado líquido...

Nuestra sociedad está prescindiendo de la cultura y de la educación con mayúsculas, sustituyéndolas con indolencia, con desidia, con una dejadez extremada, por la enfermedad capitalista.

Así, las clases dirigentes se encuentran parapetadas tras el oropel de infinidad de títulos aparentes que se crean de la nada, pues poco importa el fondo, tan sólo la forma, mientras la, para ellos, morralla que ha de alimentarlos mantiene huecas sus cabezas, si acaso llenas de sueños e ideales que poco tienen que ver con lo noble y honrado, sino más bien con los mundos falsos fruto de los creativos publicitarios.

Mientras el poderoso es capaz de alcanzar esa falsa felicidad, el débil, en su incapacidad, atesora rabia y odio, su sangre se ennegrece, sus puños se tensan y en su espíritu no hay lugar para otra idea que no sea la destrucción como forma de expresar esa profunda angustia vital nacida de una errónea percepción de la vida. Una percepción a la que son empujados, o tal vez invitados sutilmente, por el liberalismo, el capitalismo, el consumismo.

Nuestro mundo maravilloso se deshace cuando intentamos atrapar entre los dedos la fatuidad de que está hecho y, entonces, la frustración da paso a la ira...

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