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Fraudes científicos

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 20 de enero de 2006, 01:20 h (CET)
El prestigio de la ciencia, materializado en el respeto al científico, siempre ha sido muy valorado, aún sabiendo de antemano que la gente (¡qué sencilla esta acepción!... contra las de pueblo, ciudadanía, electorado, etc.) nunca ha entendido bien qué es lo que llevan exactamente entre manos. Sólo ha sabido, que, ellos, colaboran en el descubrimiento de misterios de la Creación para mayor beneficio de la Humanidad. Los descubrimientos científicos jalonan la historia contemporánea del hombre como secretos arrebatados a la Naturaleza y han deparado incalculables motivos de bienestar para el hombre. Recuérdense, por ejemplo, la identificación de los microbios y su posterior destrucción con antibióticos.

La aureola que rodea al científico galardonado ha sido motivo de legítimo estímulo para los más jóvenes, y de envidia para los que tuvieron menor fortuna en su quehacer de investigación. De ambas consecuencias se podría hacer una larga lista de ejemplos. Entre los segundos se da otra reacción, ahora en boga, y es la de alcanzar la gloria y sus prebendas, “como sea”, con lo que la deshonestidad, cuando no, delincuencia de juzgado, deshonran la inmaculada reputación de los “sabios”.

Algo de lo anterior ocurre en lo sucedido con el coreano Hwang Woo-Suk, que, recientemente, ha sido noticia de actualidad por este amargo motivo. La Universidad de Seúl lo denunció por falsear sus experimentos con células madre de embriones humanos. El éxito que se adjudicó el surcoreano en el campo de la clonación, tuvo gran repercusión por la esperanza suscitada de su aplicación en enfermedades incurables. Pero no sólo ha sido un descomunal escándalo, sino uno de los ejemplos de manipulación de la ciencia en provecho propio. Desgraciadamente, no ha sido el único, ni será el último.

El ganador del Premio Nóbel, Severo Ochoa, afirmó en una ocasión ante esta misma columna, a propósito de los grande medios materiales de que se disponían en USA, y a la pregunta de si podía ser cierto lo que “se decía” en Estados Unidos, que había “más gente viviendo del cáncer que muriendo de él”, dio su aprobación rotunda. La sociedad, consciente de la redundancia en su favor del trabajo científico, lo ha rodeado en algunos lugares más que en otros, de sustanciosos medios que provocan el interés de los ambiciosos y mediocres, a la par que cumplen su papel para desarrollo de los auténticos valores.

Sea la atracción de la fama, cada día más remunerativa, o sean otros intereses injustificables, la manipulación de la ciencia resulta especialmente detestable. Es una hipocresía elevada al cubo, si esto fuera posible. La benevolencia, y la atención cumplida que provoca la fe en el trabajo científico, no puede ser utilizada para engañar a los hombres que en él tienen puestas la esperanza ante tantas necesidades como les acosan.

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