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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Hábitos mentales

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 18 de enero de 2006, 23:59 h (CET)
Un adolescente se encontraba en la barbería para cortarse el cabello. El local lo oscurecía la neblina producida por el humo de tabaco. El muchacho, tapándose la nariz con los dedos en un gesto de desagrado, dice: -¿Quién ha fumado aquí? El barbero un tanto cohibido afirma con voz apagada: - He sido yo. El chico le responde: -¿No sabe que no es bueno para la salud? El peluquero afirma: - Lo sé. He intentado mil veces dejar de fumar pero no lo he conseguido. El joven le dice: - Le comprendo. He intentado dejar de chuparme el dedo y tampoco lo he conseguido.

Esta conversación nos puede parecer muy infantil. Ilustra, pero, una realidad patente: Lo mucho que nos cuesta abandonar los hábitos a pesar que se sepa que son perjudiciales para la salud. ¿Cuántas veces no nos hemos hecho el propósito de abandonar la costumbre de ingerir dulces de una manera compulsiva, de consumir alcohol de manera desordenada, de llegar tarde a las citas por norma... y, ahora que se ha puesto de moda no fumar por imperativo legal, dejar de fumar? El resultado a tan buenos propósitos ha sido un fracaso estrepitoso, porque en el fondo no se da el deseo de abandonar la costumbre indeseable.

En algún aspecto puntual es posible abandonar una usanza perjudicial. Fumadores empedernidos han dicho que dejan de fumar y han dejado de hacerlo en seco. No han necesitado asistencia psicológica ni la ayuda de fármacos. Ha sido suficiente un acto de voluntad.

El problema de los hábitos tiene que ver con la naturaleza humana natural. La Biblia, a esta condición la llama "carnal" porque es la manera de comportarse el ser humano alejado de Dios. El objetivo de esta manera de ser es la satisfacción de los deseos del cuerpo, la carne. Su meta es gratificar a los sentidos. Si el lector ha prestado un poco de atención se habrá dado cuenta de que las costumbres que le dañan buscan satisfacer el placer que le causan los sentidos estimulados. La insalivación que le produce la excitación de un sentido ocasionada por un olor, una imagen, un sabor, un contacto, hace muy difícil dejar aquello que le produce placer. Aislando al enemigo es posible atacar uno a uno los hábitos perjudiciales y sobrevivir. Lo que no es tan fácil hacer, yo diría imposible, es vencer los hábitos mentales perjudiciales.

De todos es bien conocida la tozudez de personas que se resisten a cambiar de actitud a pesar de los avisos que se les hace de lo perjudicial que es para ellos su comportamiento denunciado. Es como si se le hubiese inyectado una droga que paraliza el funcionamiento cerebral impidiéndole pensar adecuadamente. Esta impotencia para reconocer lo peligroso de su forma de ser se supera cuando por la fe en Cristo y gracias a la iluminación de las profundidades del alma por el Espíritu Santo , uno se hace consciente de la existencia en su persona de la "naturaleza carnal" que le impide razonar debidamente y, en consecuencia, actuar correctamente. La conversión a Cristo provee a quien lo ha hecho de una nueva naturaleza que la Escritura llama "espiritual" que le hace ser consciente de su vana manera de pensar que le incapacita para corregir sus usanzas mentales perniciosas. Al ser consciente de la "naturaleza carnal", la persona "espiritual, reconociendo la dificultad insuperable de cambiar su forma de pensar que le esclaviza y le destruye, exclama: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Romanos,7:24). El combate que se libra en lo recóndito del alma para vencer las costumbre mentales destructivas lo abandonarían al desespero si no hallase respuesta esperanzadora a su angustiosa pregunta. A su agónico interrogante le sigue una respuesta victoriosa fruto de la promesa de Jesús de no dejarle abandonado a su suerte: "Gracias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro" (v.25). La presencia de las dos naturalezas, la carnal y la espiritual, en una misma persona es fuente de duros combates en lo más escondido de su ser. La "naturaleza carnal" con sus hábitos mentales destructivos ya no es soberana. En Cristo, la "naturaleza espiritual" se encarga de someterla e impedir que campe a sus anchas siguiendo haciendo de las suyas. Lo que la voluntad humana "carnal" no conseguía, lo alcanza la "naturaleza espiritual" proporcionada por Cristo.

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