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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Diseño inteligente

Santi Benítez
Santi Benítez
miércoles, 18 de enero de 2006, 23:59 h (CET)
Fue en 1989 cuando leí por primera vez la novel Contact. Era tal la ingenuidad que desprendía que me captó de inmediato. Después la he releído muchas veces, he visto la película otras tantas y he madurado lo suficiente como para darme cuenta de que Carl Sagan escondió, tras esa aparente ingenuidad, el anhelo de toda la humanidad de vivir en paz al obtener un objetivo común por el que luchar, un horizonte al que acceder a través de la razón y la ciencia. Hay quien ve en esta novela los fundamentos que permitirían al hombre vivir con sus creencias y el amor a la ciencia. Algo nada fácil en un mundo en el que las dos religiones mayoritarias ponen en duda algo tan simple como la base evolutiva de la existencia de la vida sobre la Tierra.

Einstein decía que se negaba a creer que dios jugara a los dados con el Universo. O lo que es lo mismo, tenía la profunda convicción de que existen leyes físicas universales que explican el funcionamiento interno de la maquinaria cósmica. Martha Gubert, una de las videntes más asombrosas del siglo XIX, dijo que lo inexplicable no explicaba la existencia de dios, sólo nos decía que pocos metros hemos caminado en la larga senda de la razón y la ciencia desde aquella primera vez que el hombre levantó la cabeza en una noche estrellada y se preguntó que serían aquellos puntitos luminosos a los que terminó llamando estrellas.

Hay charlatanes que llaman a la ciencia la nueva religión del hombre. Lo hacen de forma despectiva, risible, para apoyar esa extraña pregunta de cómo se puede “creer” en algo que dice hoy “esto es cierto” y mañana lo cambia. Pero es que lo cambia porque la ciencia evoluciona, los fundamentos físicos y científicos avanzan, las teorías científicas se suceden. Y eso, al contrario de lo que pudiera parecerle a esos charlatanes, es bueno, no malo. Hay otros que pretenden que la ciencia niega la existencia del alma, cuando precisamente la ciencia es la que dice que la energía ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. Otra cosa muy diferente es que científicamente se pueda creer que el alma religiosa es el motor de la existencia, o del pensamiento y la razón. Y además, esa misma teoría pseudoreligiosa es contrariada por la religión en sí. Si el alma es aquello que anima al ser humano, ¿Sería lógico decir que una ameba no tiene alma? ¿O es que el ser humano tiene un “alma” más evolucionada? – ¿La teoría de la evolución aplicada al alma? – Una ameba no piensa, dirá alguno, pero los delfines sí, y también los primates superiores, estos últimos incluso tienen los rudimentos de una cultura. ¿Ellos si tienen alma?

Y lo cierto, científicamente hablando, es que el ser humano no pasa de ser una colonia de células de organización tremendamente compleja, un simple accidente evolutivo que centró su desarrollo en las células que forman nuestro cerebro. Existen animales cuya evolución se centró en correr más rápido, saltar más alto, nadar más profundamente. Nuestras capacidades físicas, nuestra fisiología como primates no nos permitía ninguna de estas habilidades, a excepción de la que no parecía tener mucha importancia, la inteligencia.

Pero, ¿En que momento pasamos esa tenue frontera entre ser simples animales a convertirnos en seres humanos? ¿Cuándo, tal y como dice Arthur C. Clark, usamos por primera vez un arma para cazar y, por ende, para agredirnos unos a otros? Aquí estoy de nuevo de acuerdo con Carl Sagan. Creo, al igual que lo creía él, que nos convertimos en seres humanos en el momento en que, por primera vez, una fiera atacó al más débil de nuestra manada y, en vez de correr por nuestras frágiles vidas de animales nimios y escuálidos, como hacíamos siempre, nos agachamos a coger una piedra para defender a aquel que era nuestro igual.

La teoría de la evolución fue desarrollada por Charles Darwin, y publicada en 1858. A la pobre le pasó un poco lo que al Estatut; casi nadie la leyó y de los que la leyeron muy pocos la entendieron, lo que no impidió que fuera objeto de los más duros ataques por parte de aquellos a los que les ofendía tener de primos a chimpancés y a gorilas. Era todavía una época en la que poner en duda lo que está escrito en la biblia significaba, como poco, mofa y escarnio por parte de aquellos que aún veían en las enfermedades un castigo de dios a los pecados del hombre. Y tuvo suerte, pocas décadas antes le hubiera costado la hoguera.

La teoría de la evolución no sólo significó un gran avance en el estudio de la vida y sus mecanismos de cambio y adaptación, también fue el espaldarazo definitivo de la ciencia con respecto a las sagradas escrituras. Hasta ese momento los científicos adecuaban sus teorías de forma que no pusieran en duda la veracidad de lo expuesto en la biblia – Ver Lenny Flank y su disertación sobre los fósiles con respecto al “Diluvio Universal” (¿...?) – Darwin consigue, por fin, que la ciencia avance por si misma en pos de la búsqueda de la verdad, una verdad en la que no necesariamente tiene que estar incluido dios, y mucho menos un libro de cuentos y metáforas.

La propia Iglesia dio su brazo a torcer y aceptó la teoría de la evolución. Aunque ello contradice uno de los grandes pilares de su doctrina: “Dios creo al hombre a su imagen y semejanza”. Sin embargo, la Iglesia jamás ha dado un paso atrás con respecto a que la biblia es la palabra de dios, y claro, para según que creyentes, poner en duda la palabra de dios no es un cuestión baladí. En realidad, la aceptación por parte de la Iglesia fue de Perogrullo.

No hace mucho unas chicas me preguntaban si la ciencia y la religión eran complementarias. Yo respondí que no. Y las pobres me explicaron que estudiaban en un colegio privado de carácter religioso, y tenían que hacer un trabajo que expusiera cómo la ciencia y la religión se complementaban. Mi consejo fue que expresaran con sinceridad lo que ellas creían. Siempre he tenido la íntima convicción de que la verdad no puede ser objeto de suspenso (Aunque es cierto que según que profesores no estarán de acuerdo). He expuesto esta anécdota porque me parece muy reveladora con respecto a esa frase del Sr. Rattzinger sobre la laicidad y sus peligros (¿...?).

En Estados Unidos, donde sino, un juez ha tenido que intervenir para poner los puntos sobre las ies con respecto a la enseñanza. Sé que aquí, o quiero pensar que aquí, eso sería impensable, pero resulta que a los estudiantes estadounidenses se les enseña una cosa que se llama “Diseño Inteligente”, hay quién incluso lo califica de teoría “científica”.

El padre del invento, Charles Thaxton, intenta aprovechar lo que él llama lagunas en la teoría de la evolución para explicar la existencia de dios como diseñador de la vida. El juez a dictaminado que se enseñe la teoría de la evolución en las escuelas e institutos. Su razonamiento se basa en que dicha teoría es ciencia, mientras que el “diseño inteligente” no pasa de ser lo mismo que la biblia, iba a decir un cuento, pero lo voy a dejar en una cuestión de fe.

Lo dije en otro artículo, pero es que viene al pelo. Si bien como occidentales se nos llena la boca de fanatismo islámico, ¿Quién nos salvará del fanatismo cristiano?

Si es que meten a dios en cada berenjenal.

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