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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXVIII)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
sábado, 28 de enero de 2006, 22:12 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado

La Asamblea constituyente de los ciudadanos ha establecido la necesidad de un Poder Social de la Gente, como única forma de relativizar el absoluto poder del Estado, en caso contrario. Sólo así los administradores y servidores públicos serán verdaderamente dependientes de quienes costean sus salarios. Pero cuando se habían concretado algunas de las funciones y mecanismos para dotar de operatividad al Poder de la Sociedad, el Representante Independiente anuncia su decisión irrevocable de abandonar toda acción política. El poderío de quienes controlan a su capricho los mecanismos aristocráticos y estamentales del Estado es tan formidable que nunca tolerarán perder ningún poder real para entregárselo a la gente, como jamás lo han hecho de veras a lo largo de la Historia.


Capítulo XX


De las reflexiones que hizo don Quijote al Congreso de los ciudadanos acerca de la Libertad humana, como potestad que corresponde a cada ser humano libre

Al escuchar las últimas palabras de Representante Independiente, con las que parecían cerrarse las deliberaciones del Congreso de los Ciudadanos, de esta forma tan negativa, resignada y desilusionante, una atmósfera de pesimismo envolvió a los allí congregados.

De repente, habían vuelto a ser simples soberanos sin ningún poder, como si los siglos en que el pueblo había accedido a su autogobierno se hubieran reducido a eso, a entregarles una soberanía muerta, sin otra efectividad que la ornamentación de los papeles. Ya no gobernaba absolutamente un monarca y su Corte autócrata de intereses palaciegos y cortesanos, en teórico beneficio del pueblo, pero sin él; ahora gobernaban absolutamente los intereses cortesanos y palaciegos de los autócratas de las Cortes, en teórico beneficio del pueblo, pero también sin él.

Por lo demás, toda la estructura y funcionamiento del Estado y de la Administración seguía como antes, sin ningún cambio, inclusive en sus denominaciones. Tampoco sus potestades habían variado: tan verticalistas y despeñantes como antaño, y tan totalitarias como siempre: todo el poder público seguía en manos del pequeño estamento superior, a ninguno de cuyos componentes gobernada el pueblo y a la mayoría de los cuales tampoco podía elegir nominalmente, aunque fuera para que después los electos hicieran lo que quisiesen, según sus propios provechos.

Al Régimen señorial de unos cuantos sobre la inmensa mayoría, le había seguido el Régimen señorial de unos cuantos sobre la inmensa mayoría, con la sólo novedad de permitirse ahora la elección patronímica de algunas de esas “señorías”. Tan señoriales de sus actos como los antiguos.
Incontrolables y compactados como estamento político, y generadores del poder judicial, el más autárquico y egregio de todos, famular ante quienes les promocionaban, divinizado sobre los justiciables.

El pueblo seguía siendo el único que estaba separado del poder. Totalmente. Y ni Soberano don Nadie, ni doña Soberanía Ninguneada, ni Público sin Presupuesto, ni Fiscalizador de Fiscales, ni Harto de Mentiras Políticas, ni Menestral con Ministros, ni Mandado por sus Servidores, ni ningún otro de los desencantados asistentes a la reunión creía que pudiera hacerse nada dentro de un sistema que les condenaba al mero voto nominal y deponente.

Jamás habían sido entronizados con verdad como dueños de lo público, sólo por eso tampoco podían considerarse depuestos... Únicamente debían cumplir con su papel eterno: soportar todas las cargas y fabulaciones del Estado de los poderosos, tan viciado que hasta cuando hablaba de “participación” mentía, prometiendo lo mismo que obstaculizaba por todos los medios a su alcance y lo mismo que prohibía deliberadamente.

Todo esto que el Congreso de los ciudadanos decía escuchaba don Quijote, que ya se había incorporado a la Asamblea desde algún tiempo antes, después de haber participado lejanamente y como asesor colateral en el acto sobre su Centenario al que habían tenido la deferencia de invitarle. Iba ya a dirigirse a los ciudadanos, según pensaba hacer desde que viera el rumbo indebidamente pesimista que estaban alcanzando los acontecimientos, cuando se le adelantó Soberano don Nadie para comunicar a los abatidos contertulios una resolución personal que no dejó de sorprenderles:

–Vivimos bajo un Estado que impera de tal modo sobre todos nosotros –inició su discurso el señor don Nadie– que, habiendo comprobado la nula consistencia de los derechos teóricos que nos otorga, la verídica carga de las reales obligaciones que nos impone y la ausencia de todo poder que verdaderamente podamos ejercer los que estamos sometidos a él, no puedo por menos que considerarme bajo un arquetípico Estado de Secuestro al que sólo le intereso por las imposiciones económicas que de mí obtiene. En consecuencia, he decidido autodeterminarme libremente de él, renunciando a los presuntos derechos y a las reales obligaciones a las que me fuerza.

Renuncio formal, pública y solemnemente al Estado de Secuestro para mí y mis descendientes, y espero que, a tenor de presentarse declarativamente en sus normas como un Estado de Derecho, que propugna la libertad, la justicia y el bien de cuantos lo integran, me conceda ese inicial y básico derecho de desistir de él, puesto que nada recibo, sino sólo sus inconvenientes.

De otra forma, quedará probado flagrantemente ante mí que se trata de un verdadero Estado de Secuestro, contra la voluntad libremente expresada de mi persona... Y por secuestrado me tendré ante las instituciones a partir de ese instante, sabiendo la falacia de sus presuntas promesas y demostrando que se trata de un simple Estado de Rececho, en donde receptan consortemente contra mi libertad y mi hacienda quienes no desean otra cosa, sino extraerme exacciones económicas, para sostenerse sus apariencias y sus emolumentos, por la pura fuerza.

Esta decisión pienso comunicarla a las autoridades competentes y en uso, no ya de la soberanía que sé que jamás he tenido sino como artificio engañoso, sino de la mera libertad humana, espero obtener mi separación de este Estado. De lo contrario, no tendré la menor duda, como digo, de que me encuentro secuestrado y cargado de cadenas legales, contra mi voluntad y bajo su poder. Y adoptaré una actitud de resistencia pasiva y de desobediencia deliberada ante mis captores.

Miró Soberano don Nadie hacia su esposa, doña Soberanía, con quien había mantenido largas conversaciones al respecto. Y, por su expresión, dedujo que su pretensión de autodeterminarse de donde no quería estar, no sería atendida, pues en tal caso pocos súbditos admitirían permanecer bajo las fábulas de quienes se reservaban todos los poderes para sí, no concediendo realmente ni el derecho a pertenecer libremente a donde no quería pertenecerse.

Así lo pensaba también Pero Grullo, aunque no fue él, sino don Alonso Quijano quien tomó la palabra para replicar a la declaración de libertad individual que acababa de oír:

–La libertad, don Soberano, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre. Por la libertad se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

–Así me veo yo, don Alonso –confirmó don Soberano–, cautivo de un poder absoluto y ajeno que me desposee de lo propio, sin haberme consultado jamás si quiero someterme a él, y sin darme respuesta a las justas demandas que desde hace tanto tiempo le solicito y pruebo.

–En ocasiones semejantes, nunca dudé de ponerme frente a la autoridad injusta para defender a los débiles, ni en desacatar a los poderes de la tiranía, porque es bien cierto que los desafueros que llegan a cometer los poderosos han de inspirar la desconfianza de quienes los sufren y de quienes los contemplan... Nunca el poder ha llegado a limitarse, si no es con el impulso de otro poder que le contrapese, por ello se instituyó la orden de los caballeros andantes, para socorrer a los menesterosos de los abusos y tiranías de los fuertes. Y bien veo que en estos días los menestrales siguen tan cautivos y tan sojuzgados por los poderosos como antaño lo estuvieron.

La Libertad no es un derecho que conceden los fuertes a los débiles, salvo que previamente les hayan capturado.

La Libertad es una Potestad Humana que ya se posee, y que, a lo sumo, puede quitarse por la fuerza.

La Libertad no puede ser sino potestad de cada ser humano libre, y sólo si éste determina asociarse libremente con otros para alcanzar bienes mayores, será legítima la sociedad que allí surja, pero sin que por ello pase a la condición de cautivo o esclavo contra su voluntad de quienes desde ese momento serían sus captores.

¿Cómo puede denominarse libre una sociedad, si no lo son cada uno de sus integrantes? ¿Puede decirse que una sociedad de esclavos está compuesta por seres libres? ¿Por qué habría de perder cada individuo la soberanía original que le corresponde si no fuera para seguir siendo cosoberano de los asuntos comunes y dueño exclusivo de los propios?

¿Cómo no entender que la Equidad puede ser cosa muy distinta de la Justicia si las leyes las establecen y las administran unos privilegiados sobre la mayoría, a quienes sojuzgan?

Con seguridad os digo que la Equidad que anida en el corazón de cada hombre, a menudo tiene poco que ver con la Justicia de los poderosos y con las normas que imponen. Hacia la Equidad ha de tender el hombre de corazón noble aun a despecho de la persecución de las instituciones que regentan los más fuertes.

¡Venturosos días aquellos en que la virtud y la bondad imperaban sobre el mundo, si es que alguna vez existieron! Eran los tiempos que cuentan los antiguos, cuando la divina Astrea, la diosa de la Justicia, creía haber establecido en la Tierra un reino justo, a tenor de los honores y agasajos que todos dispensaban a su nombre.

Pero un día la diosa Astrea decidió descender a la Tierra, acompañada de la Verdad, pensando que ambas sería muy bien recibidas por quienes las invocaban, y más, sobre todo, por quienes había hecho de estas virtudes su estandarte.

No ocurrió así, sin embargo... La Verdad no encontró forma de acomodarse en ningún oficio, por desnuda; ni Astrea tampoco, por rigurosa... Deambularon largo tiempo de país en país, rechazadas por aquellos a quienes no convenían sus servicios. Especial saña contra las advenedizas mostraron los ministros de las religiones y de los tribunales de la ley, inquietos ante aquellas insolentes.

Hasta que la Verdad, de puro necesitada, determinó asentarse con un mudo, para no provocar nuevos enojos en adelante... La Justicia corrió peor suerte: desaprobada por los poderosos, vagó por la Tierra solicitando la ayuda de cuantos se encontraba en su camino, que no osaban acogerla en su casa, porque los tiranos habían mandado requisitorias contra ella.

Salióse de las grandes ciudades, apartóse de los palacios y buscó refugio en las aldeas de villanos, donde por algunos días, escondida en su pobreza, fue hospedada por la Simplicidad... Pero la Justicia, viendo que los poderosos no hacían caso de ella y que le usurpaban el nombre para honrar tiranías, determinó volverse en huida al cielo, sin dejar aquí apenas huellas de sus pisadas...

Los dueños del poder, en cuanto tal cosa supieron, mostraron los códigos, los palacios y los símbolos que habían bautizado con su nombre, de manera que, desde entonces, solamente presumen de “justicia” quienes portan esos símbolos, aunque sus atribuciones y sentencias sean un atentado contra ella.

Porque la Verdad sabe que, en los años fértiles en trampas, no hay graneros en el infierno donde recoger tanto fruto de los malos jueces, oficiales y ministros que enarbolan los estandartes de la Justicia; pero que sólo la aplican contra los débiles: no contra ellos mismos ni contra los poderosos de la Tierra.

Y en un mundo huérfano de Astrea, como sin duda es el que vivimos, la Equidad no puede ser concebida como un regalo de las autoridades, que comienzan por no ser equitativas en relación a los súbditos.

La Libertad es la soberanía de cada individuo para decidir su vida personal sin presiones ni condicionamientos exteriores. La Libertad no la dan los derechos otorgados por los fuertes a los sometidos a su imperio, sino el ejercicio de todas las potestades que corresponden a un ser humano.

Más allá del esclavo (sin derechos) y del vasallo o súbdito (con algunos derechos que otros les conceden y dirigen), viene el ser humano libre (director de sí mismo): el que se autodetermina y dirige libremente.

Pero existe un cuarto estado o situación, mejor incluso que el todavía no alcanzado tercero o propio del “ser humano libre”: el de persona que dirige su acción propia libérrimamente y que, además y sin dejar de serlo, decide compartir potestades comunes con sus semejantes para resolver los asuntos de todos. Compartir potestades activas que a todos pertenecen, no derechos pasivos y limitadores que otros les conceden y les rigen.

Nada de todo eso observo en estos tiempos actuales, tan alejados de la Edad de Oro de la igualdad, de la virtud y del poder compartido como siempre estuvieron nuestros siglos de hierro.

¿Qué potestad se comparte en estos días, si los súbditos se encuentran excluidos de todas ellas, lo cual siempre ha sido garantía del abuso de los poderosos...? ¿Qué libertad puede admitirse para quienes están cautivos del imperio que otros les imponen, sujetos a sus coacciones y forzados a excluirse de las leyes y hasta de pensar en ellas y en quienes las administran?, ¿qué libertad será la de quienes no pueden determinar los actos de quienes les gobiernan, sino que tienen prohibida toda acción oficial válida?

Nunca fue quehacer de los poderosos la lucha por la Equidad, aunque la finjan, ni jamás tuvieron fervor excesivo por el progreso igualitario entre los seres humanos, cosa que desmienten desde el momento en que se sitúan en un plano superior al del resto de los hombres, sino que estas dos tareas incumben a cada uno de los individuos que se han echado sobre los hombros la misión de hacer menos injusto y más libre el mundo en que viven, como los caballeros andantes.

Tal es y ha sido siempre un caballero andante: un individuo que, motivado por una vocación generosa, se lanza por los caminos del mundo, a buscar remedio para todo lo que carece de Equidad en el planeta. Y yo digo que hoy, como en todo tiempo, son necesarios los caballeros andantes que luchen por la equidad y la libertad de los débiles, desconfiando que eso vayan a hacerlo y ni siquiera deseen hacerlo las autoridades.

–¿No estaréis diciendo, mi señor don Alonso –interrumpió en este instante Pero Grullo–, que nos lancemos todos otra vez por los caminos, para desfacer entuertos, como caballeros andantes?

Y como lo temiera seriamente, por la vehemencia que había puesto el hidalgo en su discurso, quiso desaconsejar la hipótesis y mostrarle la imposibilidad de tal tarea con una de sus evidencias:

–Mirad que ser, a la vez, caballero y andante, incurre en imposibilidad física, salvo que situemos dos planos distintos en el espacio: uno para el que anda y otro para la cabalgadura.

–No digo tal, mi buen Pero, amigo mío –se apresuró don Alonso, que había entendido la intención con que le había interrumpido su camarada–, pero sí afirmo que cada uno de los que anhelen la Libertad deberían convertirse en andantes caballeros de sus propios destinos, porque sólo así se alcanza y se mantiene.

–Es posible que si todos los seres humanos o un cuantioso número de ellos decidieran armarse a sí mismos caballeros y dueños de sus destinos fuera realizable esa libertad dirigente que proponéis al mundo, don Alonso –añadió Representante Independiente–. Pero no es éste el caso, en estos momentos, ni ésta la decisión que aquí se debe tomar, sino la mía.

Y, desafortunadamente, debo reiterar a la Asamblea que mi decisión personal ya ha sido dilucidada: abandonaré por entero la representación política, ya que el sistema no me permite desempeñarla con cierta honestidad durante más tiempo. Es una decisión definitiva... Lo lamento, amigos míos, pero si continuara obstinándome, peligraría mi honra, mi hacienda y quién sabe si mi vida, que yo conozco perfectamente a los perros que enarbolan los estandartes de la “Justicia”, para lo primero; y los métodos que llega a desencadenar el poder, si ve atacados sus fundamentos.

Nadie puede pedirme que sea más valiente que la desdichada Astrea, ni recriminarme que, como ella, emprenda la huida.

____________________

Próxima entrega de la novela: sábado, 21 de enero.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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