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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Actores secundarios

Raúl Tristán

miércoles, 18 de enero de 2006, 00:19 h (CET)
Sí, así es como se sienten los ciudadanos de la mayor parte del territorio español: como meros actores secundarios.

Y es que, en la película de terror, pues no la podemos clasificar de comedia aunque quisiéramos que así fuera, que se quedara en tan solo una comedia barata; digo que, aragoneses, andaluces, extremeños y un largo etcétera de habitantes de aquellas comunidades o ciudades autónomas que no se denominan, casi desafortunadamente hemos de pensar a la luz de los hechos, Cataluña, País Vasco o Madrid, no son sino meros segundones, y casi ni a eso llegan, ¡póbrecitos!, en multitud de ocasiones.

Figurantes, eso es, esa debe de ser la denominación real que merecemos todos los que, pese a estar orgullosos de nuestras raíces, no hemos tenido la fortuna de venir al mundo en uno de esos paraísos intrahispanos, uno de esos feudos medievales con leyes y fueros propios que acaban por arruinar la economía de los próximos.

Figurantes aragoneses, figurantes extremeños, figurantes todos los que sucumbimos ante el bochornoso dominio mediático, financiero, legislativo al que, cada día más, nos someten desde minúsculas parcelas independentistas-nacionalistas.

Aun cuando somos superiores en número de habitantes y en extensión territorial, esos símiles de principados monegascos, de andorras y suizas, de islotes de piratas sin ley superior que los gobierne, se apropian del protagonismo absoluto en radios y televisiones de modo que, noticiarios, servicios informativos, rotativos de pago y gratuitos parecen no tener otro tema de conversación más productivo que planes estatuts, o parecidas monsergas y soflamas de nacionalismos irredentos e irreductibles.

Babel de incomprensiones, origen y final de disputas antediluvianas, germen de trágicas y sangrientas ideas reaccionarias paranoico-megalómanas, los nacionalismos tribales devoran como un cáncer hasta la última célula sana de este país. Un país en el que la gran masa desea vivir ajena a cuestiones baladíes, a fútiles fruslerías de niño que juega a ser el “rey de la montaña”.

Porque en el fondo, toda esta marejada idiomática, territorial, estatutaria, es manejada con política mano por cuatro donnadies que aspiran a ser caciques dominalotodo en cuanto logren alcanzar los objetivos previstos en su particular cruzada.

Porque no nos engañemos: todos somos iguales, vengamos de Lugo o de Cádiz, de Lanzarote o de Melilla. O al menos, deberíamos serlo. Si eso no ocurre es porque siempre hay interesados en hacer brotar la semilla de la discordia entre los pueblos, pues ya se sabe que “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

Al gobierno central se le está escapando España, se le escapa de entre los dedos, desde el momento en que embobado abrió la mano, pensando, creyendo erróneamente que todos en esta vieja piel de toro queremos lo mismo: igualdad para todos los españoles, en todos los campos.

Ingenuos. Siempre hay y habrá alguien dispuesto a atribuirse mayor cuota de mercado, a cortar para sí un mayor trozo del pastel, a pisar la cabeza de los que sea preciso con tal de medrar.

La palabra solidaridad ha sido desterrada del vocabulario de nuestro país. Ya no se pretende la solidaridad e igualdad económica, fiscal, financiera, de pensiones, sanitaria, de educación... Ahora lo que se lleva es que determinadas autonomías se sirvan de la debilidad del estado de derecho para devorar a las más débiles, a las más indefensas o a las más pánfilas ya que, en este mercado de abastos tan sui generis que habitamos, de todo hay...

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