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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Un merecido homenaje

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 8 de mayo de 2006, 05:15 h (CET)
En los albores del año 2006, los compradores de libros para regalar afinan más, si cabe, su puntería. Todos los tipos de lectores que retrataba en mis artículos “Cuentas pendientes (I) y (II)”, parecen encuadrarse durante estos días en un solo grupo: los que quieren quedar bien. A este agrupamiento, nada casual, contribuyen, y de qué manera, los vendedores de las secciones de libros de los grandes almacenes y librerías que saben que, al recomendar ciertos títulos no se equivocan.

Y no yerran, no, qué va.

Si uno repasa la lista de uno de los suplementos culturales más prestigiosos del país, omito el nombre aposta, algunos de cuyos puntos de control son, a mi juicio, de escasa solvencia, observa que los consumidores de libros van a tiro fijo, a valores seguros: Pérez-Reverte, Julia Navarro, Miguel de Cervantes – La Mancha existe, no les quepan dudas ya -, Matilde Asensi, Saramago, Ruiz Zafón, etcétera.

Sin embargo, todos los años hago una apuesta conmigo mismo y siempre la gano. Hay una novela que, desaparecida en combate durante algunos meses, sumida en el letargo del olvido injusto, amanece de improviso sobre las mesas de las librerías durante estas fechas. No es un libro turronero que vuelve a casa por Navidad, no, aunque su aspecto, sólo su aspecto, sí que tiene algo de ladrillo por su volumen, más de mil trescientas páginas, y por su contenido, el afán del protagonista por construir una catedral medieval. Y este año, no podía ser menos, de nuevo luce esplendoroso en los principales centros comerciales del ramo.

Se trata de “Los pilares de la tierra”. Y su autor es Ken Follet (Cardiff, 1949).

Si mis fuentes no fallan, el escritor británico lo publicó en 1989, es decir, hace ya dieciséis años, que son muchos. Pero “Los pilares ..” continúa ahí, firme, incólume, haciendo honor a su nombre. Comencé a leerlo en un viaje que efectué a Atenas en el año 1994 y lo terminé cuando regresé a mis orillas mediterráneas, porque esta novela da para varios viajes a la colina del Partenón, idas y vueltas, incluidas.

Recuerdo que atrapó mi atención en seguida y algún día, cuando sea mayor, me daré el gustazo de releerlo. En sus páginas encontré todo lo que no esperaba: ambición, intriga, sexo turbio, pasión, feudalismo, sexo tierno, traición, historia, sexo brutal, venganza, arquitectura, sexo a secas, duelos a espada, acción, ... Como libro de entretenimiento e instrucción a la vez no tiene parangón, porque florituras literarias no contiene muchas. “Los pilares ...” es un relato lineal pleno de aventuras y sobresaltos, pero el trabajo de documentación que llevó a cabo Ken Follet para escribirlo fue arduo, lento y minucioso. El libro le costó de escribir más de tres años, trabajando de lunes a sábado y descansando los domingos. Sus editores desconfiaban del resultado final, hasta tal punto que le exigieron que lo interrumpiera y que volviese a escribir historias de intriga y de espionaje como acostumbraba hasta entonces. Pero Follet se negó. Y visto el resultado, el tiempo le dio la razón. La novela no obtuvo ningún galardón y el mismo autor reconoce en la Introducción que su éxito se debe a sus lectores, al boca a oreja: “Editores, agentes, críticos y aquellos que otorgan los premios literarios pasaron por alto en general este libro, pero no vosotros. Vosotros os disteis cuenta de que era distinto y especial, y vosotros lo comunicasteis a vuestros amigos, y al final corrió la voz”.

Muchas veces me he preguntado por qué “Los pilares ...” no ha sido llevado al cine. En realidad, no cabría en una sola película. Lo más adecuado, sin duda, sería una serie para televisión con un montón de capítulos o una superproducción dividida en varias partes al estilo de “Novecento” o “Los miserables”. Quizá en el filón económico que suponen sus continuas reediciones, ¿cuántas ya?, se encuentre la respuesta a esta pregunta. En la misma Introducción aludida anteriormente, Follet reconoce que “Pilares vendía cincuenta mil ejemplares semestralmente”, lo que no está nada mal, ¿no creen?

Desde aquí me gustaría homenajear a esta inmensa catedral de papel, que sabe vivir de modo latente en los top ten para resurgir en los momentos precisos y adecuados. Su actual versión, como libro de bolsillo, es manejable y con un tamaño de letra – el tamaño, como ya habrán podido comprobar es mi caballo de batalla, mi obsesión (ya se harán mayores ustedes, ya) – más que aceptable. Por supuesto, también se vende en edición de lujo, con tapa dura y unas gárgolas algo siniestras en la portada.

Ken Follet comenzó su carrera como periodista, pero en 1980 publicó su primera novela “El ojo de la aguja” con la que cosechó un gran éxito editorial. Después vinieron “El valle de los leones”, “Escándalo Modigliani”, “El hombre de San Petersburgo”, “Noche sobre las aguas”, “Una fortuna peligrosa”, “Un lugar llamado libertad”, “El tercer gemelo”, “En la boca del dragón”, “Alto riesgo” y “Doble juego”.

Si alguno de ustedes no lo ha leído todavía, cálcense la chaqueta y la bufanda, estos días hace frío, salgan a la calle y corran a comprarlo. Si quieren lo regalan pero yo les recomiendo que se reserven un ejemplar para su uso y disfrute personal. Léanlo. Pasarán por una experiencia lectora especial, entretenida y agradable. Seguro, oigan, seguro. Aunque sea un best-seller.

P.S. No me resisto a copiar el párrafo inicial de la novela. Dice así: “Tom estaba construyendo una casa en un gran valle, al pie de la empinada ladera de una colina y junto a un burbujeante y límpido arroyo”. Lo demás deben leerlo ustedes.

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“Los pilares de la tierra”, de Ken Follet. Ed. Debolsillo.

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