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Opinión

Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

The fanatic stour

Santi Benítez
Santi Benítez
lunes, 16 de enero de 2006, 01:26 h (CET)
En su artículo “El año nuevo de Emilio”, Almudena Grandes nos habla de las lágrimas como cura emocional a la presión de una cotidianidad que asfixia, sobre todo en esta época de fiestas que hemos pasado; familia, hipocresía, economías caseras que hacen equilibrios para soportar los gastos, recuerdos de aquellos que ya no están y acuden a la memoria cuando menos hace falta. Le pasa a mucha gente. Yo tenía una amiga que lloraba a la más mínima presión. Ella lo llamaba desahogo emocional.

Si hago memoria creo que he llorado muy pocas veces en mi vida, y no precisamente por tener una vida tranquila, poco azarosa y libre de desgracias. Es porque intelectualmente llorar me parece una absoluta pérdida de tiempo, como dormir. No veo que ventaja tiene llorar cuando la vida te aprieta el gaznate. Esa amiga que era raro el día que no llorara, se llamaba Ana que no magdalena, decía que racionalizo demasiado las cosas, que a veces es mejor sentarse y llorar. Ha pasado mucho tiempo desde que me lo dijo, y yo sigo sin verle ninguna ventaja, como no sea el auto compadecerse. Y no sé si es algo innato en mi, o es porque en mi trabajo aquel que se sentaba a llorar terminaba palmándola o volviendo a su país con varios años de psicólogos por delante, la idea no me seducía ni me seduce en lo más mínimo.

Además, eso de tener que sentarse delante de alguien que no conoces de nada, simplemente porque tiene un diploma colgado de la pared, a contarle tu vida para que al final te diga que estás traumatizado por cosas que te han pasado en esa misma vida, como si estuviera descubriendo la pólvora, me parece una absoluta pérdida de tiempo. Es más, conozco a una que se las da de psicóloga que a todas luces precisa de un profesional médico en la especialidad de psiquiatría. Y no estoy diciendo que no haya psicólogos buenos y gente a quien le sean de utilidad. Digo que como profesión está más cercana a la de Rappell que a la de Hipócrates. En eso coincidimos Thomas Harris y yo, la psicología no es una verdadera ciencia.

Recuerdo como si fuera ayer a un psicólogo que nos impartió unas charlas, obligatorias por cierto, a aquellos y aquellas que empezábamos a trabajar en el trepidante mundo de las ONGs con presencia en conflictos bélicos latentes. Recuerdo que habló de lo normal que era el miedo, que tenía su razón de ser como respuesta psicológica para preparar fisiológicamente al cuerpo. El miedo forma parte del instinto de supervivencia, aunque tiene un problema, nos prepara para huir en caso de necesidad. Y existe una línea muy fina entre huir en caso de peligro y no ser capaz de racionalizar dicho miedo para que a las primeras de cambio no salgamos corriendo. La misma línea que existe entre la racionalización del miedo y la temeridad. Claro que aquel que diga que intentar sacar a veinte personas de un pueblo en el que dos ejércitos se están matando entre sí no es temerario, si que precisa de un psicólogo.

Y hay algo muy cierto, la razón, la racionalización del las situaciones, permite superarlas mucho mejor que el miedo y, por descontado, que las lágrimas. Ya lo dice el dicho, todo cobarde tiene un héroe pugnando por salir en su interior, y todos los cementerios están alfombrados de héroes. Es el término medio lo que permite sobrevivir.

Hoy día la política se ha convertido en la explotación del miedo. Hay demasiado psicólogo preparando discursos en las sedes de los partidos políticos. Como también los hay intentando explotar nuestra empatía. Lo vemos a diario: “El Estatut es un engendro del Averno que viene a defenestrar nuestro ya maltrecho estado de las autonomías”, mientras, desde la esfera mediática afín a las gaviotas, nos bombardean con aquello de que más vale malo conocido... Por otro lado, Batatasuna saca una manifestación en Euskadi, “multitudinaria”, aunque yo todavía no veo en las fotos más de esos doscientos mil que normalmente les votan. Esa manifestación se supone que era para pedir el acercamiento al país vasco de asesinos, financiadores de asesinos, y demás morralla. Pobrecitos ellos. Y tiene su gracia, porque a esta panda encarcelada son llamados “presos políticos” en los dos panfletos que tienen. Tanto una cosa como la otra explota el miedo del ciudadano. La primera el miedo a que terminemos inmersos en una nueva guerra civil. Y la segunda es una demostración de poder ante la ciudadanía vasca, una forma de decirle a los vascos que cada vez tienen menos miedo a los pasamontañas y chapelas, que cada vez se cortan menos en decir que quieren vivir en paz, de decirles que aún existen.

De ahí que sea tan importante racionalizar el miedo, no dejar que lo obliguen a dar un paso atrás. Si alguien le dice que Estatut quiere destruir la Constitución, pregunte “¿En que artículo?”, y si alguien le responde, que no lo harán, lea ese artículo con tranquilidad, racionalícelo, y sino es verdad, diga con toda tranquilidad “Y una leche”. Si alguien le dice que los etarras son presos “políticos”, coja la lista de más de novecientos asesinados y lea sus nombres, mire la cantidad de niños muertos, de madres de trabajadores, mire la composición del Parlamento vasco, lea la cantidad de votos que recibe cada formación política. Y si llega a la conclusión de que el calificativo de preso “político” es tan aplicable a un asesino a sangre fría como el de buena persona, diga con toda tranquilidad “Y una mierda”.

En los dos casos tenga en cuenta a donde le ha llevado la razón a la hora de ejercer su derecho al voto, porque el voto es, además de otras muchas cosas, el mejor instrumento para hacer desaparecer a aquellos que se aprovechan de nuestros miedos. Al fin y al cabo, fanáticos.

Suena de fondo “Veinte años”, de Bebo & Cigala.

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