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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Complicaciones graves por la gordura

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 16 de enero de 2006, 01:26 h (CET)
Al contrario de las apariencias, no conocemos tantas cosas como pudiera parecer. No sólo quedan desconocidas muchas circunstancias vitales, se descubren novedades y estas abren un sin número de nuevas incógnitas. Eso de que conozcamos a fonde un asunto permanece en el entorno de las utopías. ¡A ese nivel, qué podemos disputar! Son circunstancias que obligan a la modestia y al estudio permanente. Esto, que ya es sabido, pero olvidado, es una ley de vida importante.

En el último número del Annals of Internal Medicine, varios autores de la Universidad de California publican un ilustrativo trabajo relacionado con la obesidad y sus consecuencias. Su valoración estadística se incrementa, gana en precisión, al comprender en su estudio a más de 300.000 personas. Vienen a confirmar unos resultados preocupantes, hasta ahora sólo intuídos por trabajos previos.

Antes de continuar convendrá precisar el término médico "Enfermedad renal terminal (ERT)", indicador del fallo irreversible de los riñones. En esa situación, sólo los trasplantes, hemodiálisis y diálisis peritoneal, pueden permitir la permanencia con vida de esas personas. Por lo tanto, es una grave culminación en el deterioro progresivo de los riñones. Además de generar un prolongado sufrimiento para el paciente, genera un gran coste económico, y aún peor, una mayor mortalidad.

El trabajo referido menciona en primer lugar, como este trastorno renal se ha duplicado en la última década, con unas previsiones alarmantes para el 2010, en afectados, complicaciones y costes. ¿Inevitable? Habrá circunstancias que no puedan esquivarse, pero vamos a comentar otra, concretamente la obesidad, modificable y que repercute muy directamente en este deterioro renal.

Poniendo en un apartado los sujetos con PESO NORMAL, citan una incidencia de 10 nuevos casos de ERT por cada cien mil personas y cada año. Cuando recogen los mismos datos referidos a personas de GRAN OBESIDAD, surgen 108 casos nuevos por esa misma cifra de cien mil personas y cada año. En resumen, el incremento de peso supone una grave repercusión en contra del funcionamiento renal. Afectando a más personas cuando ese aumento de peso va siendo mayor; a más peso, más riesgo.

No es este el sitio para una valoración a fondo de los mecanismos fisiológicos implicados. Aunque convendría recalcar que los datos pueden empeorar si esos mismos sujetos, fuman, son diabéticos, hipertensos o sufren del corazón. Todas esas circunstancias coincide que son muy frecuentes en los obesos. Por esas repercusiones, se trata de una información significativa para la población en general, para que cada persona pueda efectuar una valoración adecuada; sólo será posible si conoce los datos. A partir de ahí, la actitud adoptada ya dependerá de los criterios particulares.

Se trata de un dato relativamente novedoso y por ello poco conocido. Esto no es óbice, al contrario, para que resaltemos su gran repercusión social, en especial para la prevención de posibles involucrados en este padecimiento. Hasta 10 veces más fallos renales en aquellos sujetos con sobrepeso marcado. Este es el dato, para sumarlo a las demás complicaciones conocidas de la obesidad. Un auténtico cúmulo de sufrimientos.

Si partimos de una información clara, procederemos en la buena línea de cara a los ciudadanos. Su autonomía personal se convierte en el pivote central, para desde allí administrar los conocimientos. Enfrentarse al peso excesivo supone una actitud que implica muchos condicionantes, unos genéticos, otros sociales, formas de vida, gustos y costumbres. Eso sí, siempre girando en torno a los criterios individuales.

De cara a los obesos, mucho me temo una actuación socio-económica-sanitaria más coactiva y atosigante. Ya existen ejemplos en normativas legales. Y vista la apabullante campaña contra los fumadores, no extrañarán futuros excesos en las presiones sobre los portadores de unos kilos de más. Son demasiados los ejemplos en los cuales se fuerza a los sujetos para adaptarse a una norma concreta, de costumbres, de peso, de consumo. Parece existir un especial regusto en mangonear y prohibir, a los demás, claro.

Como mínimo, exigiría la franqueza cuando se proclame la exposición de motivos si se van a adoptar medidas reguladoras. ¿Es la economía, son los datos, o es la comodidad del simple poder, quienes promueven las disposiciones? Son muy escasas las decisiones tomadas en el sentido opuesto, desde la actitud elegida por los ciudadanos, desarrollemos las medidas oportunas para adaptarnos a esas personas, sus deseos y sus actos. ¿Quién está entonces al servicio del otro? Sale muy desfavorecido el ciudadano en estas tesituras, antes, ahora, y probablemente se trate de unos comportamientos permanentes.

Es indudable, tenemos conciencia de comportamientos diferentes -a la hora de comer, fumadores, cazadores, conductores-; la genética es variopinta -obesos, deformidades, taras-; y por ende, unos repercuten en otros, con ciertos costes sociales. Pese a todo, parece más fascinante el camino de la información, de la educación y la colaboración cívica. Los planteamientos, estudios rigurosos y el ofrecimiento de los datos al público deben ser el camino.

No obstante, parecen gustar más los comentarios frívolos, las opiniones no sustentadas en trabajos serios y unos debates más vocingleros que fundamentados. Y como reacción aparecen normativas limitando la financiación de asistencia a ciertas situaciones de la obesidad, prohibiciones (Que si deben ponerse menos hamburgueserías), intromisiones y chivateos en ciertos comportamientos; ya faltan únicamente los comisarios. Anacronismos, cuando precisamente, se frivoliza la información.

Es un curioso contraste, para la información hacemos caso de todo -sin filtros-, para la corrección se instauran demasiadas normas coercitivas.

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