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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Mutilar a los ángeles

José Francisco Sánchez (Valencia)
Redacción
lunes, 16 de enero de 2006, 01:26 h (CET)
Gorriones, tórtolas y estorninos asisten, entre atónitos e intranquilos, al insólito espectáculo de los diligentes guardianes del orden trabajando hasta en domingo por la mañana para exigir la retirada absoluta de jaulas de canarios y jilgueros de rastros y mercadillos por lo que pudiere pasar. La alarma sanitaria internacional que se esta constituyendo estos días para enfrentarse a la eventualidad de la extensión de la peste aviar, podría ser ejemplo de la voluntad de independencia y del compromiso expresado por el juramento hipocrático, que consagra especialmente a los profesionales de la medicina mediante la declaración de defensa de la vida en contra de cualquier fuerza que la amenace.

Lo realmente extraño de este mundo, sin embargo, es que, habiendo llegado a tan esforzados extremos de vigilancia en pro de la salud, no se hayan llegado todavía a establecer alarmas pertinentes para epidemias comprobadamente mucho sanguinarias y mortíferas, cuales son las pestes de ideas y prácticas humanas que atraviesan el Planeta por sus cuatro costados, avasallando y masacrando al personal en nombre de la tradición, la familia, la religión, la modernidad, la cultura, el Estado, el Derecho, o incluso, la propia Medicina...

La práctica de la medicina no es tan digna ni tan íntegra como pretende en sus juramentos. Ni mucho menos. No de otro modo puede entenderse que se reúnan en determinado lugar pública y sistemáticamente, todos los años, desde tiempo inmemorial, tres millones de personas para vestirse de verde, ponerse a darle vueltas a un meteorito, ayunar, repetir a coro interminables sartas de incomprensibles palabras y arrastrarse por los suelos, afirmando seriamente que siguen órdenes divinas, sin que la prestigiosa revista médica “El bisturí” (The Lancet), haya publicado estudio psiquiátrico alguno sobre los el desajuste de la salud mental evidenciado?.

Menos todavía puede concebirse que, acercándose al paroxismo, cada individuo de tamaña marabunta humana continúe su ejercicio de locura compartida lanzando con furia trece guijarros al pozo de Satán, y finalice la ceremonia acuchillando impunemente a todos los niños pequeños que encuentre en su jurisdicción arrancándoles el prepucio sin que jueces, policías y fiscales de todo el Globo tengan nunca nada que decir al respecto. Quiero ser gusano.

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