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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXVII)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
sábado, 28 de enero de 2006, 02:32 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado

Mientras la Asamblea constituyente de los ciudadanos se pronuncia a favor de un Poder Social de la Gente, que supervise el cumplimiento de sus obligaciones por parte de todos los servicios, servidores y asalariados públicos, Juzgador de Jueces ha planteado un problema irresoluble hasta estos momentos: ¿Quién juzga a los jueces...? Si nadie, son absolutos. Si ellos mismos, son absolutamente corporativos. En su opinión, es la pregunta clave que sirve para reconocer a un Régimen verticalista, a un sistema anclado en el Antiguo Régimen, no democrático, sino estamentalmente regido por los pocos.


Capítulo XIX (continuación)


–Por obvio, no cabe pensar que los jueces, que desconocen la democracia en su elección, tutelen después con verdad la democracia de los demás, paternalmente –aseveró Aprendiza de Política–, salvo que creamos en la bondad de los ángeles.

–No nos los presentan como ángeles –señaló Juzgador de Jueces–, sino como miembros benéficos de la Iglesia de la Ley... de la Ley Política, por aceptar la precisión de Pero Grullo.

¡Sorprendente sociedad la nuestra! Propugna firmemente el laicismo y, sin embargo, se paraliza ante el clericalismo más evidente de nuestra época: la credulidad que debe mostrarse ante la Iglesia de la Ley Política, mucho más poderosa que la antigua o religiosa... ¿Para cuándo el “laicismo judicial” y todos los demás laicismos que deben introducirse en las dependencias del edificio público?

Por otro lado, si la fe crédula en la bondad intrínseca de algunos es la base de nuestro sistema judicial, ¿para qué hemos abandonado el absolutismo en otras cosas? La legítima desconfianza en las autoridades... fue el motor que llevó a buscar la democracia, y la democracia debemos seguir buscando, puesto que no hemos abandonado ese punto de partida de la credulidad en ningún aspecto... prácticamente.

–La “confianza” es lo que piden todos los políticos a los votantes a lo largo de las campañas electorales, y desde luego, siempre terminan el mitin final solicitando la “confianza” cuando los votantes se acerquen a depositar el voto en la urna –corroboró Aprendiza de Política–.

–Prueba palpable de que no hemos salido del absolutismo: la confianza en la autoridad sigue siendo nuestra única garantía permitida; luego no hemos avanzado ni un paso desde el punto en que salimos. A la hora de la verdad, han de apelar a la fe, ya que no nos conceden ningún otro mecanismo ni nos otorgan ninguna potestad real para verificarles –terció Pueblo sin Poder–. Y claro está, lógicamente... ¡nos engañan después!

–La confianza puede admitirse, pero como valor añadido. No debe constituir la única “garantía” del sistema –retomó la palabra Juzgador de Jueces–. Y, sin embargo, vivimos bajo un régimen tan falaz que presume de garantista, no dando otra que la propia del absolutismo.

Na hay ninguna, salvo la fe ciega en la minoría política y en la minoría judicial, que presuntamente actuarán siempre de manera benéfica y sin pensar nunca en sus propios intereses.

–Menos que en el mundo antiguo –ironizó Pueblo sin Poder–, porque aquéllos estaban sometidos al juicio de Dios, pero los aristopolíticos y los aristojueces de hoy se tienen por dioses de las leyes.

–Para que el poder se relativice es necesario un poder superior, que impida que los anteriores se conviertan en absolutos, pero que al mismo tiempo sea también relativo y dependiente no ya de Dios, sino de la sociedad –indicó Juzgador de Jueces–. En consecuencia, estamos hablando de un verdadero Contrapoder, tanto en sus funciones como en su concepción.

Mientras no alcancemos ese Poder Social capaz de moderar, corregir y juzgar, si es preciso, a las administraciones y a los delegados relativos... viviremos en el Estado viejo, que gira sobre sí mismo.
Debe elegirse a los jueces. Debe elegirse, con mayor claridad, sin duda, a los fiscales públicos...

(Para que lo sean realmente, y no estatales ni gubernamentales –confirmó mentalmente Pero Grullo–).

Ahora bien, sobre todo, deben elegirse ciudadanos o comisiones formadas por ciudadanos que, en un momento establecido y según unos criterios determinados, verifiquen, supervisen y juzguen si es preciso, a cualquier funcionario público, incluidos los jueces, tanto en su productividad laboral corriente como, llegado el caso, si se le imputa algún delito... Podemos llamarlo Tribunal del Jurado, o de cualquier otro modo; lo importante es que establezcamos la necesidad del concepto.

Corroboro, pues, el dictamen anterior de Público sin Presupuesto, esas Comisiones Independientes de Investigación o esos Jurados, como preferiría llamarlos yo, elegidos de entre la sociedad o incluso sorteados entre sus componentes, con el simple requisito de cumplir unas condiciones prefijadas, serían el órgano final del Poder Social para aquellos casos en que deba verificarse el ejercicio de un delegado público en el ejercicio de su mandato, de una institución cualquiera o hasta en la hipótesis de que un juez deba ser enjuiciado legalmente, lo que nunca debe quedar en manos de sus propios compañeros de profesión, o se producirá corporativismo...

Y desde luego, los Jurados o las Comisiones de Investigación, formadas por ciudadanos, son necesarias para que el Estado se ponga al servicio de quienes le sostienen, verdaderamente. El resto, también será el Estado antiguo, autosuficiente, porque reserva todo el poder a los privilegiados.

–Unos Tribunales de Cuentas también serían necesarios, dentro de ese Poder de la Gente, y no nombrados digitalmente por quienes supuestamente van a ser contabilizados –intervino Público sin Presupuesto–.
A lo que doña Soberanía Ninguneada añadió:

–Verdaderamente, estáis planteando una situación que poco tiene que ver con la pasividad sistemática en la que nos movemos, en la que el pueblo no tiene ningún grado de competencias propias ante los administradores.

–Ese es el problema, doña Soberanía –entendió Vecino en Trance de Estallar–, que vivimos en una situación pasiva, donde todos mienten y ninguno deja que nosotros hagamos lo que nos pertenece.

–Tan pasiva que, para dinamizar la democracia e irla convirtiendo en algo vivo, no sólo habría que elegir a los Fiscales Públicos, sino también fiscalizarlos posteriormente, a través de ese Poder Social de la Gente, que relativice a todos los que sirven al pueblo, desde un cargo y sueldo del Estado –amplió Fiscalizador de Fiscales–. Aparte de esas Comisiones Independientes de Investigación o de esos Jurados, que ocasionalmente puedan constituirse, es preciso que el Poder de la Gente incluya organismos estables, ante los que puedan presentar recursos los ciudadanos, o que actúen de oficio... Pero, atención, también estos órganos verificativos han de estar sujetos a la posibilidad de sufrir la investigación de una Comisión Independiente, o de un Jurado elegido o sorteado, para que no se compacten jamás con los del Estado.

De otra forma se incurriría en la grotesca e infantil contradicción actual de unas Fiscalías Anticorrupción o Fiscalías Antimafia que son verdaderos arquetipos de lo mismo que supuestamente combaten, y que, si miraran debajo de sus mesas, o en la de sus compañeros de profesión... difícilmente dejarían libres ni a uno sólo de sus integrantes: porque esas dos son las mejores palabras que definen la estructura militarizada de su Ministerio, al servicio de los gobernantes políticos. Tanto como si fiscalizaran de verdad a los otros gremios cofrades que acaparan la ley y la jurisdicción.

–La pasividad mayor a la que nos reduce el sistema nulificador y suplantatorio que padecemos –prorrumpió Harto de Patrañas Políticas– no la veo yo en nada de lo que hasta ahora se ha dicho.

¿Puede haber algo más vergonzoso y explicativo de la pasividad en que se nos mantiene que la figura de los “Defensores del Pueblo”...?

Unos personajes de esta índole prueban al menos que la propia autocracia verticalista que gobierna desde arriba percibe el vacío de potestades en que se encuentra el ciudadano ante la Administración. Pero en lugar de solucionar por una vía adecuada el mismo problema que nosotros estamos señalando, la autocracia verticalista ha preferido reconducirlo una vez más por el rumbo de la apariencia.

El poder verticalista, que ahora se hace llamar “democracia avanzada”, pero sin cambio estructural alguno, ha obsequiado a la población con “Defensores del Pueblo”, que vienen designados por los propios políticos, de cuyas administraciones debieran defendernos... Y los designan digitalmente entre sus propios afiliados o correligionarios, a cuyos conmilitones deben el puesto, el cargo, el sueldo y el palacio, los cuales pueden destituir a los “defensores”, si por un azar incomprensible, se pasan algún día en eso de “defender al pueblo”.

¿Estamos ante un sistema tan nominal y tan pasivizante de la población, tan ayuno de sustancia y contenido democrático, y, lo que es peor, tan programar de las mentes de los súbditos que ni siquiera causa maravilla el nombramiento digital de un “defensor del pueblo” por parte de los mismo aristos de quien debe defendernos?

¿Quién defenderá al pueblo del Defendedor que dice defenderlo? ¿Quién protegerá al pueblo de las pompas presupuestarias y de las glorias palaciegas en que se instalará este miembro interno de la propia nomenclatura?

No Defensores del pueblo indefenso, sino el pueblo defendiéndose a sí mismo en estado de defensa de la democracia y de los bienes públicos. Así veo yo a ese Poder de la Sociedad, frente al Estado auxiliar y relativo, que aquí se está apuntando.

(Un Poder Verificativo de la Sociedad, para supervisar permanentemente las obligaciones de todos los administradores, funcionarios y representantes del Estado –tradujo mentalmente Pero Grullo, que esta vez no encontró ninguna objeción a la expresión “bienes públicos”–. Mediante elección directa de sus órganos por la sociedad, con competencias eficaces frente a todos los servidores públicos y bajo la supervisión de sus actos por parte de Jurados o Comisiones de Investigación que puedan formarse, en una hipótesis concreta.)

La electividad democrática de los “Defensores del Pueblo” podría ser el origen de ese Poder Propio de la Sociedad frente al Estado, a condición de que una vez electos sigan dependiendo de sus electores –continuó diciendo Harto de Patrañas Políticas, al mismo tiempo que lo pensaba Pero Grullo–, los cuales, llegado el caso, puedan nombrar Comisiones de Investigación o sortear la creación de Jurados Populares, que dispongan de la potestad de revocarles, si no cumplen sus compromisos y obligaciones.

–Lo cual, por otra parte, habría de ser una potestad de la gente ante cualquiera de sus representantes o de sus administradores –añadió Vecino en Trance de Estallar–.

Parecía que la Asamblea Constituyente había llegado a algunas conclusiones definitivas, toda vez que el acuerdo entre los congresistas era general sobre este punto, a tenor de los dictámenes que cada cual estaba emitiendo e intercambiando con su vecino de escaño, cuando tomó la palabra Representante Independiente, para formular esta moción de censura a las autodeterminaciones que estaba alcanzando el cónclave:

–¡No se dejarán...! ¡Es inútil cuanto el pueblo diga, el sistema quiere desactivarlo por completo deliberadamente, como bien sabe cualquier miembro de la clase política y todos los diseñadores del régimen!
De nada sirve la lógica con que aquí se ha hablado cuando frente a nosotros tenemos a todos los poderes del Estado, a la nomenclatura económica, a los medios de desinformación y a la Administración de AntiJusticia.

Agradezco la colaboración que he encontrado entre vosotros, asistiendo a esta reunión y procurando hallar medidas que solucionen el conflicto y el chantaje en que me encuentro. Pero me siento desfallecer. Han sido muchos años de lucha desde dentro del sistema para que no conozca sus métodos, su ilimitado influjo y su falta de ética.

¿Cómo plantear una lucha, con los argumentos de la verdad y de la lógica, frente a un mundo político tan hipócrita que, tras cercenar alevosamente todas las atribuciones y propiedades del pueblo, genera unos dirigentes que, en el máximo de la concesión y si el clamor popular es unánime en algún punto, afirman que una democracia moderna ha de ser “sensible a la opinión de la gente”?

¿Cómo decirles que una democracia que quiera merecer este nombre ha de reconocer poderes efectivos al pueblo y, a lo sumo, ser “sensible a la opinión de los dirigentes”?

No me siento capacitado para ello. Me laminarían en ese combate, fulminantemente. Ya me amenazan con hacerlo, cuando necesitan tan sólo algunos testaferros para aplacar la crisis y las tramas que ellos mismos provocan constantemente.

Debo comunicaros que mi decisión de dimitir de toda actividad pública es irrevocable. Así se lo comunicaré a quienes me presionan para hacerlo. Han triunfado, como siempre. Desde el inicio de la Historia, triunfan ellos. La minoría de los fuertes.

____________________

Próxima entrega de la novela: martes, 17 de enero.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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