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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La virtud sigue estando en el medio

Mariano Estrada (Alicante)
Redacción
sábado, 14 de enero de 2006, 04:40 h (CET)
Entre el radicalismo de Zapatero y el radicalismo de Aznar, hay un conglomerado de políticos que debiera ser razonable, puesto que la sociedad que les vota lo es. El radicalismo de Aznar y de sus huestes se escora francamente hacia una de aquellas dos Españas de las que hablara Machado. El radicalismo de Zapatero y de sus cómplices se escora realmente hacia la otra. Pero hay una mayoría de gente que está hasta la coronilla de estos dos fanatismos maniqueos, de estos dos fantasmas retroalimentados, de estos dos cadáveres obligados a resucitar por las autoritarias voluntades de sus mentores. Y esa gran mayoría no quiere que ninguno de ellos le hiele el corazón, como predijo el poeta. El señor Aznar, con su guardia pretoriana desautorizada, debería ir a la Alianza Popular reconstituida de Valladolid y el señor Zapatero al Partido de la vieja guardia marxista-leninista, que está en las mazmorras de la civilización. Y que allí se batan el cobre hasta que sus egos revienten de rivalidad hipertozuda y enfermiza, pero que dejen en paz a las personas razonables y abandonen la idea de resucitar a los muertos que ya jugaban al mus en los cementerios en la etapa de Felipe González, como los borrachos del norte cuando Mari Luz les apagaba la luz.

Aznar es un valor amortizado y Zapatero, de seguir así, va a serlo muy pronto, a pesar de que ambos sean jóvenes, amor, y puedan todavía seguir ligando bronce en Torremolinos, a la manera de Alfredo Landa, de Mariano Ozores y de Manolo Gómez Bur. El uno, salvapatrias venido a menos mediante derrota electoral, y el otro, Iluminado precoz al que se le ha ido quemando el serrín de la mollera en la medida en que ha tenido que alumbrar a la estantigua nacionalista para que España se convirtiera en una pasión de pasiones.

Y que arrastren en la caída libre de sus cuerpos, gentiles y políticos, a lo más granado de las oligarquías nacionalistas de Argamasilla de Don Dinero, que aspiran a un poder perpetuo y omnímodo, y a lo más rancio del independentismo maximalista y endogámico de las islas Cíes, Noes, Nozabes y Noconteztas.

Si esto sigue así, tirando cada uno para un lado y permitiendo que ciertos egoísmos deshilachen poco a poco los tensos filamentos de la convivencia, no me extrañaría nada que ésta se acabara por romper y, unos hacia Asia otros hacia Europa, todos cayéramos finalmente en Estambul, pero de culo. No faltarían listillos que nos estuvieran esperando en la caída, aunque no precisamente como otros esperaban a Godot.

El radicalismo de la derecha lo personalizo en Aznar y sus huestes (Acebes, Zaplana, Trillo) porque creo que Rajoy, de naturaleza más moderada que ellos, podría conducir a la derecha por caminos que no sean de confrontación.

Zapatero fue ciertamente una esperanza, pero está cayendo en la misma trampa que Aznar: pasar por encima de la gente para meterla en berenjenales de los que es difícil salir, o en charcos de los que no sabe salir, como dijo Felipe González. Su parcialidad con el Estatuto de Cataluña le puede hacer candidato a la presidencia de la Generalitat, pero le inutiliza de hecho para el buen gobierno de España., que está formada por otras 16 autonomías, además de Ceuta y Melilla. Antes de él, los nacionalistas españoles estaban más o menos localizados y, en cierto modo, dormidos. Ahora los tiene con el ojo avizor, incluso entre los suyos..

Un presidente que mantiene sus errores por encima de la voluntad de los ciudadanos, contrastada en múltiples encuestas, acabará derrotado en las urnas. Le ocurrió a Aznar y le ocurrirá igualmente a Zapatero.

En estos momentos difíciles para la convivencia e inciertos para nuestro futuro, yo abogo por el entendimiento del PP y del PSOE, a través de sus bandas más moderadas. El ochenta y cinco por ciento de la población ha votado y vota por la convivencia, no por la crispación ni por la confrontación ni por el odio. El PSOE tiene la responsabilidad de haber levantado, junto con los nacionalistas, unas pasiones destructivas en uno y otro lado de la barrera y, por lo tanto, tiene el deber de la rectificación y de la reconducción de las aguas que se han salido de madre. El PP tiene la obligación de moderar sus posturas y de reconocer que la patria, nuestra patria, no es la idea que de ella tienen sus elementos más radicales, sino otra más diversa que acoge a ese ochenta y cinco por ciento de españoles que quieren vivir en armonía y en paz, lejos de la bronca y del odio, y también a ese otro quince por ciento de personas cuyos representantes, en estos momentos, sufren de delirios inmoderados mediante los que se quieren imponer a las mayorías con proyectos de insolidaridad y asimetrías diversas que redundan exclusivamente en su beneficio.

Y si ellos (PP Y PSOE) no se avienen a un mínimo, pero necesario entendimiento, que no es otra cosa que avenirse a razones, nosotros, los ciudadanos, debiéramos utilizar el sentido común para ponerles en su sitio, que no es otro que el que les otorga el hecho de ser temporalmente nuestros representantes legales, cosa de la que se olvidan a menudo. La Historia demuestra que los males los provocan los políticos, a veces con una incomprensible alegría, pero las consecuencias las pagamos siempre los ciudadanos, y en ocasiones de maneras muy trágicas. Y no se lo debemos permitir.

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