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Etiquetas:   Presos de la libertad   -   Sección:   Opinión

Ayuda humanitaria

Eduardo Cassano
Eduardo Cassano
@EduardoCassano
sábado, 14 de enero de 2006, 04:40 h (CET)
Ya han llegado a Barcelona. Después de 20 horas de viaje, y mucho tiempo de espera, los 40 niños procedentes de Irak han vuelto a nacer. Cada uno tiene su historia, su problema, y gracias a la iniciativa de un periódico gratuito, todos comparten la misma ilusión.

El hospital de Vall d’Hebron, el mejor de toda España según una encuesta reciente, junto con Cruz Roja y otras comunidades autonómicas, se han unido para ayudar a unos niños enfermos a los que aún les quedan fuerzas para sonreír y dar las gracias.

Cuando Bush declaró la guerra a Irak, según él para ayudar a su población, no pensó en los civiles. Han sido muchos los muertos, que se han ido sin heridas que cicatrizar. Otros, como estos niños, han quedado huérfanos y con recuerdos. Además, muchos tienen enfermedades de todo tipo, la gran mayoría producidas por los efectos de la guerra.

Vivimos en una sociedad donde tenemos la suerte de poder gastar y derrochar. Esto parece una ventaja, pero pienso que es todo lo contrario. Como ocurre con el amor, cuando llega el desamor, las personas no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo hemos perdido. Tener dinero y derrocharlo mientras se puede, en muchas ocasione, se convierte en un derecho “por el cual trabajamos”.

Yo entiendo que la gente quiera vivir bien, todos lo merecemos. Lo que no comprendo es la ansiedad que hay por comprar todo lo que sale. Siempre hay una excusa diferente para comprar, por ejemplo, un móvil de nueva generación. No importa que el de siempre funcione, éste es nuevo y si la gente lo compra, nosotros también. Lo peor es que muchas veces se compran cosas que no se usan, y nunca se piensa en que hay gente que pasa hambre.

Recuerdo cuando era pequeño, le di mi bocadillo a un mendigo del barrio. Su respuesta fue que él quería dinero, y sin preguntarle el motivo, los cartones de vino a su alrededor y el aliento me lo dijeron todo. Desde entonces nunca doy dinero a la gente que pide, casi todos en edad de trabajar. Muy diferente es el caso de los que ofrecen algo a cambio. Los músicos del metro o los artistas de la Ramblas siempre merecen una propina, a pesar de que mucha gente se la da por pena, sin valorar su trabajo.

Recuerdo también mi viaje a Rio de Janeiro, ahora hace dos veranos. Todo lo que se pueda leer, ver por la televisión o decir yo, es muy poco. Hay que ir y ver lo mal que están allí. Sin embargo, es mucho más fácil que aquí encontrarse con gente feliz, amable y agradecida. Fui con una persona que no tenía inconveniente en tirar a la basura lo que sobraba de su plato, mientras al salir del restaurante veía a los niños buscar comida en la basura. Comer en Rio es muy barato, además de mucho más sano. Yo solía pedir papel de plata y aprovechar los “buffet libres” para dar algo de comida a esos niños, y aún así hoy, me siento que hice muy poco como persona, pero mucho más que la mayoría de turistas.

Hace poco menos de un año conocí a una chica llamada Ana, de Córdoba. Desde entonces y hasta hoy apenas la he conocido por culpa de la distancia. El otro día, de forma casual, estuvimos hablando y me dijo que se iba a Perú. Yo creía que era un viaje de placer, pero se trataba de un viaje de ayuda humanitaria. Cuando le pregunte con que ONG colaboraba, me dejó anonadado, “no voy con ONG, voy con una gente que vamos a una población cada año y ayudamos en lo que podemos”.

¿Alguien se imaginaba que a estas alturas del cuento del siglo XXI, quede personas así? Yo no, sinceramente. Sé que hay muchas ONG, mucha gente solidaria que envía dinero, se siente mejor, y se despreocupa. Pero con eso no basta. Ana trabaja de forma temporal varios meses del año, ahorra y se paga su billete. Llega allí, compra medicinas y todo tipo de objetos necesarios para la población y los reparte casa por casa. Allí no hay mirillas que te dicen “estoy ocupado y no puedo abrir” o “no me interesa”, la gente está agradecida y la felicidad de Ana, mucho mejor que cualquier otra por encima del dinero, debe ser inmensa. Yo espero poder hacer lo mismo el próximo año. Necesitaba conocer a alguien así, saber que todavía hay que se sacrifica por los demás sin pedir nada a cambio.

Ojalá que alguno de los lectores que tengo, no sé si muchos o pocos, reflexionen sobre este asunto. Si cada persona fuera al menos una vez en su vida a ayudar a un país del Tercer Mundo, se podrían salvar muchas vidas. Del mismo modo que van a rezar los peregrinos islámicos a la Meca, al menos una vez en su vida, podrían hacer lo mismo que mi nueva, y espero que para siempre, amiga Ana. Gracias.

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