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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Inseguridad en las calles

Raúl Tristán

viernes, 13 de enero de 2006, 00:00 h (CET)
Corren tiempos revueltos. Tal vez de revueltas, como ha sido el caso francés, o de revoluciones.

La cuestión es que las calles de la Vieja Europa se están convirtiendo, a marchas forzadas, en auténticos campos de juegos incívicos, unas veces, y de batalla otras. Por suerte, esto último las menos.

Antes los críos jugaban a tirar piedras a los cristales, a llamar a los timbres de las casas, a tirar petardos o a coger lagartijas. Los críos he dicho.

Pero el problema nace hoy porque los que deambulan por nuestras calles no son tan críos, al menos en la inocencia. Los jóvenes que asaltan e invaden aceras y calzadas, portales y garajes, salas de juegos y locales dudosos, son auténticos pandilleros. Unos pandilleros al uso de lo que tantas veces antes habíamos visto en las películas americanas. Grupos de delincuentes organizados que lo mismo insultan a la gente, que les atracan, que violan a muchachas, que apalean a mendigos, que roban coches, que asaltan pisos, que dan palizas; o que circulan en monopatín por las aceras, atropellándote, mientras se dirigen raudos hacia el lugar de su última fechoría. Lo menos que pueden hacer es llenar de garabatos de colores las fachadas, los escaparates, cualquier “lienzo” urbano les sirve para dar rienda suelta a su mala educación, a su falta de respeto, a su incivismo.

Y ya están comenzando a ir peligrosamente armados, ya están empezando a dar muestras de una agresividad que no conoce límites; de una maldad despiadada y asesina.

Muchos de estos jóvenes son los marginados de toda la vida. Otros son niños bien, de familias con posibles que han malcriado a auténticas bestias. Pero la mayoría son inmigrantes, o hijos de inmigrantes. ¡Basta de demagogias, basta de ocultar la otra realidad!. Sí, porque hay dos, una la de la mano de obra, la de la gente de bien que ha venido a nuestro país como antes, eran otros tiempos, nosotros fuimos al suyo. La otra realidad nos dice, nos confirma en datos de la policía, que la inmigración ha traído hasta la puerta misma de nuestras casas una nueva forma de vida que, como he dicho antes, sólo conocíamos por Hollywood. Las pandas de Ñetas, Latin Kings o similares sudamericanos; las de rumanos u otros ciudadanos del este; las de las mafias chinas; etc. Todas ellas son un triste pero sólido ejemplo, son reales, están ahí, agazapadas, al acecho, creciendo y prosperando al calor de un Estado débil, que prima el interés del delincuente antes que el del ciudadano.

La debilidad de los padres y de las escuelas han dado como resultado el germen de unos niñatos consentidos capaces de prender fuego a un mendigo, de jugar a juegos de rol macabros o de asesinar a sangre fría a sus propios compañeros de clase.

La debilidad del Estado está dando lugar a la proliferación de cientos de bandas de inmigrantes delincuentes o asesinos.

Para confirmar mis palabras, basta echar un vistazo a los datos. Estudios del centro de Análisis y Prospectivas de la D.G de la Guardia Civil, en base a información del Ministerio del Interior, decía ya en 1999 que, y cito textualmente:

“En todos los países de Europa occidental la tasa de encarcelación de los residentes extranjeros es mucho mayor, entre tres y diecinueve veces mayor, que la de los autóctonos” y que “Es necesario pues preguntarse por los factores que conducen a ese elevado índice de delincuencia que presentan los inmigrantes. He aquí algunas respuestas:

- En primer lugar hay que descartar cualquier tipo de pseudo explicaciones racistas. El racismo está totalmente desacreditado científicamente y ni siquiera el concepto mismo de raza tiene validez.

- Un factor estrictamente demográfico tiene en cambio una gran importancia: la composición por sexo y por edad de la población inmigrante. Entre los inmigrantes se da una proporción muy alta de varones jóvenes, que son por razones obvias el sector de la población que presenta la tasa de delincuencia más alta en todas las sociedades del mundo. Pero si este factor pudiera incluso explicar que la tasa de delincuencia de los extranjeros sea varias veces superior a la media, lo que no puede explicar es que sea diez veces superior. Hay que considerar por tanto otros factores.

- Un sector muy minoritario pero significativo de la población inmigrante acude en busca de oportunidades lucrativas de delito. Es el caso de delincuentes profesionales como los traficantes de droga. Y frente al peligro de que la prosperidad de un país atraiga a un número excepcionalmente elevado de delincuentes profesionales no hay más respuesta que la eficacia de las fuerzas de seguridad.

- También existe el peligro de que caigan en el delito inmigrantes honestos, por falta de mecanismos adecuados de integración social. Es un hecho constatado universalmente que quienes disponen de un empleo regular, comodidades básicas, un entorno familiar satisfactorio y el respeto de sus convecinos propenden en mucha menor medida al delito. No es por tanto sorprendente que entre aquellos inmigrantes que carezcan de posibilidades de empleo legal, vivan en infraviviendas, estén aislados de sus familias y se enfrenten a un entorno xenófobo se den tasas más elevadas de delito. Por ello la política de integración social del inmigrante constituye también una excelente política de prevención de la inseguridad ciudadana.

- Por último no debe descartarse la incidencia de factores culturales. La propensión al delito está condicionada por la cultura. Es por ejemplo bien sabido que la utilización de la violencia es más común en unas culturas que en otras y que la cultura española actual no es especialmente proclive a la violencia. Por ello la integración social de los inmigrantes puede tener también un efecto positivo de prevención del delito, en la medida en que facilite la asunción de valores culturales favorables a la convivencia. “

Desde entonces hasta ahora, la situación ha cambiado, pero a peor. La delincuencia y la inmigración han aumentado, pero más lo ha hecho la ramplonería demagógica simplona que acusa de racismo a los españoles. La realidad de mide con cifras, y las cifras están ahí, en los estudios, en las detenciones, en los presos de las cárceles.

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