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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Religiosidad barroca

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 11 de enero de 2006, 23:47 h (CET)
Dístraete. No pienses. Manténte siempre ocupado para no ver la realidad que te envuelve. Los gobernantes se las piensan todas para que estos propósitos se hagan realidad atiborrando a la gente con excesivos deportes y espectáculos de ínfima calidad que les distraen de la realidad circundante. Estos buenos propósitos gubernamentales son contraproducentes porque la realidad es tal como es y hacer el avestruz no la hace desaparecer. Momentáneamente puede dar esta impresión, al rato se descubre que sigue envolviéndole con toda su fealdad. Joan Barril describe así la condición humana: "El hombre solo siempre buscando para no tener que buscarse". Las consecuencias de esta filosofía enajenante tan extendida y creída por muchos, impide alcanzar la madurez personal. La consecuencia lógica de impedir la maduración como persona es el infantilismo extendido por todas ls capas sociales. La evidencia de esta anomalía es el hecho de que la gente alimenta a sus mentes con entretenimientos infantiles propios de una etapa pasada que tendría que haberse diluido en la neblina de la lejanía. El infantilismo propio de la infancia y de la adolescencia es una grave enfermedad que se manifiesta en muchas personas adultas. El culto a la televisión degradante es una muestra de lo mucho que está extendido el infantilismo emocional en muchas personas físicamente adultas.

El infantilismo que se da en los adultos no es exclusivo de personas iletradas. También se manifiesta con exuberante firmeza entre personas cultas y de formación universitaria. La razón de dicha deformidad se debe a que la ilustración adquirida en las aulas se utiliza exclusivamente en la mejoría de la situación laboral, es decir, económica y, así escalar peldaños más altos en la esfera social. La capacidad de leer y de poder interpretar la lectura que se ha adquirido en el aula y que sirve para poder seguir ampliando el conocimiento, queda arrinconado su uso en lo que hace el cultivo de la personalidad. Este desplazamiento de prioridades lo provoca el hecho de creer que uno ya ha recorrido todo el camino. Esta suposición puede tenerla quien no puede ver nada más que aquello que está al alcance de sus ojos. Aún así, jamás uno puede afirmar que ya lo sabe todo en lo referente a las cosas tangibles. De hecho, tal como dice Quim Monzó: "La madurez no existe: es aquel horizonte que siempre ves lejos, andas hacia él pero nunca llegas, porque cuando llegas al lugar en donde antes veías el horizonte, el horizonte ha ido más allá".

El horizonte que marca la diferencia entre el infantilismo y la madurez no es material. Es espiritual. Es Dios, el Infinito. Cada paso que se da en conocerle, no es que el horizonte se aleje sino que se abren profundidades insondables de Dios que hace que el explorador del espacio eterno se lance decididamente a la exploración del Dios infinito que se hace visible en su Hijo Jesucristo. Esta exploración del Dios Infinito permite el inicio de una investigación eficaz que siempre produce progresos estimulantes. Este esfuerzo de índole espiritual hace que el investigador no caiga en una religiosidad barroca, es decir, limitada a celebraciones litúrgicas más o menos elaboradas que le mantienen en la inmadurez espiritual, porque la fragancia del incienso y el boato de las vestimentas religiosas entumecen los sentidos espirituales, apagando los deseos del alma de conocer más profundamente el Dios que es espíritu y verdad.

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